Carles Puigdemont, destino Suiza

Su futuro personal y el de su familia –aquello que realmente importa– penden de un hilo. La decisión en caliente de Carles Puigdemont de renunciar a volver a presentarse a las elecciones europeas de este 9 de junio –en las cuales, fácilmente, habría revalidado el escaño para los próximos cinco años– y jugársela con la apuesta por encabezar la candidatura de JxCat en las elecciones al Parlamento de Cataluña, con el objetivo de conseguir la presidencia de la Generalitat, se ha demostrado que ha sido un grave error. Uno más.

Las urnas han hablado y el supuesto sorpasso al PSC imaginado por el aguerrido Carles Puigdemont no se ha producido. El candidato socialista, Salvador Illa, se ha impuesto claramente, con 42 escaños y más de 200.000 votos de diferencia sobre JxCat. Además, el nacionalismo/independentismo –dividido y enfrentado– ha perdido la mayoría absoluta que tenía en la Cámara catalana desde el año 1984.

Ahora, la única esperanza para Carles Puigdemont es que el Congreso de los Diputados valide, definitivamente, la Ley de amnistía este próximo 30 de mayo y que se pueda beneficiar de manera rápida, para asistir, como prometió, al pleno de investidura, previsto, como máximo, para el 25 de junio. Los líos judiciales que arrastra el ex-presidente y la inquina declarada que le tienen los magistrados de la Audiencia Nacional y del Tribunal Supremo hacen pensar que, en su caso, la aplicación de la amnistía se demorará durante largos meses.

Por consiguiente, si Carles Puigdemont vuelve a Cataluña el 25 de junio, sin ser amnistiado antes, será detenido y, muy probablemente, enviado a prisión, un escenario que él rechaza totalmente. Además, el expresidente es prisionero de sus palabras, puesto que, antes de la campaña electoral, aseguró que se retiraría de la política si no obtenía la investidura, confiando que las fuerzas independentistas revalidarían la mayoría absoluta en el Parlamento y le apoyarían. Pero no ha sido así.

La dura derrota que ha sufrido ERC en las urnas, donde ha perdido 13 de los 33 escaños que tenía, ha provocado un terremoto interno en el partido republicano y ha dejado al binomio Oriol Junqueras & Marta Rovira herido de muerte. En esta situación de extrema precariedad -en espera del congreso anunciado para el próximo 30 de noviembre, que tendrá que elegir a una nueva dirección-, imaginar que ERC apoyará una hipotética investidura de Carles Puigdemont resulta quimérico.

Algo parecido pasa con la CUP, que también ha quedado muy tocada por los resultados electorales adversos. Su candidata, Laia Estrada, ha convertido la oposición frontal al complejo del Hard Rock en una de las banderas de su campaña, a la vez que JxCat se ha posicionado abiertamente a favor. En este sentido, la esperanza de Carles Puigdemont de obtener los votos de la CUP para optar a la presidencia de la Generalitat es, sencillamente, una alucinación.

Una condición sine qua non para conseguir la investidura sería, además, que el PSC se aviniera a renunciar a su histórica victoria en unas elecciones al Parlamento de Cataluña para «regalar» sus 42 escaños a la coalición Junts + Puigdemont x Catalunya, que consiguió 35. Salvador Illa ya ha descartado, rotundamente, esta posibilidad y tanto Pedro Sánchez como el PSOE han avalado la posición intransigente del líder de los socialistas catalanes.

En el escenario de una futura investidura de Carles Puigdemont, sabe que solo podría contar con los dos escaños, totalmente insuficientes, del partido independentista de ultraderecha Aliança Catalana, que ya ha mostrado su predisposición a hacerlo. Pero JxCat, además del PSC, ERC, Comunes y la CUP firmaron, antes de las elecciones, un pacto solemne en el cual descartaban cualquier tipo de trato con el partido xenófobo de Sílvia Orriols.

Carles Puigdemont cree que tiene un as en la manga: hacer caer el Gobierno de Pedro Sánchez, sumándose a una moción de censura que pueda presentar el PP. Pero el calendario tampoco le acompaña y, en todo caso, llevar a JxCat a votar junto a Vox en contra del presidente del Gobierno que ha concedido los indultos y ha impulsado la Ley de amnistía para los independentistas es una locura. Una más.

El expresidente siempre ha afirmado, con vehemencia, que supedita y sacrifica sus intereses personales a los del partido al cual pertenece y, por extensión, a los de la causa independentista. Pero Carles Puigdemont es del tipo de políticos que hace todo lo contrario de aquello que predica. Su carácter imprevisible y voluble acaba desconcertando a sus colaboradores y a sus interlocutores, convirtiéndose en una persona que no es de fiar.

Intentó enfocar la pasada campaña electoral como un plebiscito para avalar su retorno a Cataluña. Pero, una vez más, fracasó en su propósito y las urnas le dejaron muy lejos de este objetivo. Solo se pudo anotar una victoria pírrica en el duelo particular que mantiene con Oriol Junqueras por el liderazgo del espacio independentista, pero que tampoco le servirá de nada, puesto que es ERC quien tiene, en realidad, la llave para la investidura de Salvador Illa como próximo presidente de la Generalitat.

Ávido de un protagonismo compulsivo e insaciable, Carles Puigdemont se encuentra en un complicado laberinto vital. Después de renunciar a repetir como eurodiputado, en Waterloo ya no tiene nada a hacer, se quedará sin la inmunidad del Parlamento europeo y, además, Bélgica no es un país seguro ante las posibles embestidas judiciales que lancen contra él la Audiencia Nacional y/o el Tribunal Supremo, en espera que quede amparado por la Ley de amnistía.

Si se instala en cualquier otro país de la Unión Europea, también pintan bastos. El Parlamento europeo se ha tomado muy en serio la amenaza de las injerencias rusas en la política interna de los estados comunitarios y ya ha quedado suficientememnte demostrado que Carles Puigdemont y algunos colaboradores de su entorno más inmediato hicieron -de manera consciente o inconsciente- de caballo de Troya de las estrategias desestabilizadoras del Kremlin.

En el nuevo Parlamento europeo que surja de las elecciones del 9 de junio esta cuestión a buen seguro que merecerá el máximo interés. Por consiguiente, es del todo pertinente que Carles Puigdemont huya de Bélgica para zafarse del marrón que, tarde o temprano, le caerá encima por sus conexiones con la «trama rusa» del proceso. ¿Para ir a dónde? Suiza, que tiene declarada la «guerra» con España por el caso Falciani, parece el destino más probable, haciendo compañía a los otros imputados por la organización del Tsunami Democrático que ya se han instalado en el país helvético (Marta Rovira, Ruben Wagensberg, Josep Campmajó, Oleguer Serra y Jesús Rodríguez). Carles Puigdemont debe aceptar que ha perdido las elecciones, que su investidura fake no tiene ningún sentido y que es un estorbo para JxCat y Cataluña. Los catalanes -y, en especial, su familia- le agradeceremos que nos deje tranquilos y en paz una buena temporada. Nos lo merecemos.

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