La escalada armamentista

En febrero de 2022, se hizo público que Alemania destinaría más de 100.000 millones de euros extras a su ejército para estar preparada para el desafío que representaba a una Rusia liderada por Putin y, también, con la excusa de garantizar la paz en Europa.

También hemos sabido que el gasto militar en España alcanzó el 2,1% del PIB en 2023, siendo el total del gasto militar, el presupuesto y su impacto en la deuda pública, superior a los 27.000 millones de euros.

Susana Alonso

Según un informe publicado por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) la venta de armas y servicios militares de las 100 mayores empresas del sector ascendieron a la escalofriante cifra de 531.000 millones de dólares 2020, lo que supone un aumento de 1,3% en términos reales en comparación con el año anterior.

El informe también destaca que la venta de armas aumentó por sexto año consecutivo incluso cuando la economía mundial se contrajo un 3,1% en el primer año de la pandemia.

Es importante destacar que la escalada armamentista no es una situación exclusiva de Europa, sino un fenómeno global. La pandemia de Covid-19 ha afectado a muchas industrias, pero la armamentista ha sido una de las pocas que ha sobrevivido y prosperado en el 2020.

No hace falta señalar los países que más gastos invierten en armas en el mundo, entre ellos tres europeos (Alemania, Reino Unido y Francia), más bien conviene recordar que, mientras eso sucede, la pobreza y las desigualdades en el mundo siguen creciendo exponencialmente.

Es una vergüenza que mientras se dedican enormes recursos a la producción de armamento y a los conflictos bélicos, la miseria sigue creciendo de forma alarmante y se agrava la brecha entre los países desarrollados y los países subdesarrollados.

Los países subdesarrollados son los más vulnerables a las guerras, ya que a menudo son el escenario en el que se producen los conflictos armados.

Esta situación les impide avanzar en su desarrollo y les expone a graves violaciones de los derechos humanos. Por el contrario, los países desarrollados se benefician de las guerras, puesto que pueden vender armas, controlar recursos naturales e influir en la política de los países afectados.

Además, después de la guerra, los países desarrollados suelen participar en la reconstrucción de los países devastados, obteniendo así más beneficios económicos y poder.

Esta situación es insostenible e inmoral y requiere una acción urgente y coordinada de la comunidad internacional para garantizar los derechos humanos y el desarrollo sostenible de todos los pueblos.

No podemos quedarnos indiferentes ante lo que ocurre en Palestina, donde el pueblo palestino sufre una brutal y criminal represión, con miles de muertos y desaparecidos, por parte del ejército israelí. Ésta es una situación intolerable que vulnera los derechos humanos y la legalidad internacional.

Además, este conflicto alimenta el auge del extremismo y la intolerancia en todo el mundo, poniendo en peligro la paz y la convivencia. Por eso, desde nuestra posición de ciudadanos comprometidos con la justicia y la solidaridad, debemos denunciar esta violencia y exigir una solución política que garantice el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino.

No podemos ignorar que las guerras son una de las principales causas de la violencia, el sufrimiento y la injusticia en el mundo. Las guerras no resuelven los problemas, sino que los agravan y crean nuevos conflictos.

Las guerras sólo benefician a unos pocos que se hacen más ricos con el negocio de las armas y la explotación de los recursos, mientras que la mayoría de las personas sufren las consecuencias de la destrucción, la pobreza y el desplazamiento.

Por eso, debemos rechazar las guerras como medio para afrontar las diferencias e intereses. Debemos buscar otras estrategias basadas en el diálogo, la cooperación y el respeto a los derechos humanos. Debemos trabajar para eliminar las desigualdades y construir un mundo en paz, donde todo el mundo pueda vivir con dignidad y libertad.

La paz es un valor fundamental para el desarrollo humano y la convivencia armoniosa entre las naciones. El diálogo y la solidaridad son las herramientas imprescindibles para construir una sociedad más justa y sostenible, en la que se respeten los derechos humanos y el medio ambiente.

Las guerras sólo generan violencia, sufrimiento y destrucción y no resuelven los conflictos ni las desigualdades. Por eso, desde nuestra responsabilidad ciudadana, debemos rechazar cualquier forma de agresión militar y exigir a nuestros gobiernos que apuesten por la diplomacia, la cooperación y el multilateralismo.

Sólo con diálogo y solidaridad entre los pueblos conseguiremos un mundo más justo y sostenible. No a las guerras, sí en la paz.

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