Al clásico de este domingo, como ocurre con casi todos, no le faltan alicientes, por no decir que le sobran, sobre todo al Barça de Joan Laporta y todavía de Xavi, pues representa el último asidero al que la afición, el presidente y el vestuario se puede agarrar antes de dar carpetazo a la temporada.
Es un escenario de terror y de cierto pánico no menos clásico que, en el fondo, al Barça le puede convenir, pues existen no poco precedentes de situaciones parecidas, en las que el equipo ha viajado a Madrid poco menos que condenado y ha vuelto triunfal.
Las cartas están marcadas y sobre la mesa: el Madrid llega fatigado (por la prórroga), resacoso (por la celebración más que merecida tras echar al defender Manchester City de Guardiola) y con un margen de ocho puntos sobre el Barça. Es decir, sin urgencias. Todo lo cual no significa que el Bernabéu no vaya a ser una caldera y ni el equipo de Ancelotti un enemigo dócil y poco agresivo, aunque sí son condicionantes mentales importantes.
También un arma de doble filo porque esa seguridad y confianza se puede transformar en efectividad y buen juego. El Barça, por el contrario, llega verdaderamente con esa sensación de que morirá ahogado en la orilla, roto más anímicamente que futbolísticamente, presionado porque se trata del último cartucho y con cierta marejada interna por las declaraciones cruzadas de Gundogan y Araujo, además de saber que este será el último clásico de Xavi, también señalado como uno de los culpables por perder los nervios y borrarse del partido cuando más lo necesitaba el equipo.
Se dan, por tanto, las circunstancias idóneas para una de esas conjuras y reacciones extremas y épicas de Barça. Xavi y el equipo, además, aún recuerdan el dolor de la goleada en la Supercopa y el impacto de la derrota liguera en Montjuic, motivos añadidos para sacar orgullo, fuerza y determinación.
Por su parte, Laporta no ha desaprovechado la ocasión de dar por hecha la victoria y de proclamar nuevamente sus «ganas de volver a veros» en las declaraciones previas, aprovechando que pasaba por el Godó y algo tenía que decir, eso sí, renunciando a valorar ni comentar el balance del futbol español, las dos caras de la moneda, de la semana de Champions. «Vamos a Madrid a ganar», ha dicho escuetamente.
Lo que no ha hecho, por suerte para la imagen del club, es ir al entrenamiento, como hizo el lunes pasado, a intentar ser el protagonista del rondo y de la previa ante el PSG, buscando el baño de masas y el masaje mediático aprovechando la ventaja de la ida y dando por hecho, celebrando de hecho anticipadamente y con una actitud eufórica, el pase a semifinales. Otro error de cálculo y de exceso de soberbia.
Quizás lo que ahora toca, y no ha hecho ni hará Laporta, es bajar al vestuario discretamente y poner un poco de orden, seriedad y darle un toque al entrenador y a su descontrolado staff porque ahora sí que toda la temporada va a depender de las sensaciones y resultado que deje el clásico. ¿O es mejor para el equipo que el presidente no monte otro espectáculo de los suyos?

