¿Perdemos un meteorólogo y ganamos un político?

Confieso que tengo una gran tristeza por lo que ha hecho Tomàs Molina. Para mí, Tomás es como si fuera de casa; durante muchos años, ha sido invitado a la hora del almuerzo para explicarnos qué tiempo ha hecho y cuál hará. Los meteorólogos son como los economistas, a menudo describen mejor el pasado que adivinan el futuro. Pero he aquí que ahora el hombre ha decidido ir de número dos de la candidatura de ERC a las elecciones europeas. El espacio del tiempo ya no será el mismo sin Molina, que ante las críticas por el aprovechamiento de la imagen, ha decidido no salir más. Al estruendo del cambio climático hay que añadir ahora el cataclismo del cambio de meteorólogo.

La inclusión de mediáticos en las listas electorales es un fenómeno que siempre me ha interesado. Y normalmente, quien da este paso invariablemente declara que no es político, y lo justifica diciendo que su compromiso con la sociedad le ha impulsado. ¡A ver, no fastidiemos! Quien cura enfermos es un médico y quien hace de diputado (en Europa, en el Parlamento o en el Congreso) es un político, por mucho que se avergüence de ello. En cualquier caso, recomendaría a los electores no votar para hacer de político a alguno que no quiere ser político; sería como poner de segundo violín de una orquesta sinfónica a quien de ninguna manera quiere ser músico.

Y dar por excusa «que contribuiré decisivamente a la lucha contra el cambio climático» parece algo exagerado para un parlamentario entre 751 y cuando la Unión dispone de un amplio arsenal de políticos que se reconocen como expertos en cambio climático y de técnicos que hace muchos años que no paran de hacer Directivas y hojas de rutas para revertir la situación de alteración del clima. No pienso que Tomás, si sale elegido, pueda hacer algo importante.

Cuando se producen estas transmutaciones tan radicales, el protagonista se hincha a hacer declaraciones, a la vez que quien lo ha puesto en la lista se frota las manos. Claro, con tanta palabrería es fácil que se escape alguna afirmación poco esmerada y recientemente ha declarado ser un firme partidario de los parques eólicos para producir energía renovable y afirma «que ve bien» su implantación. Aporta, como gran argumento, que «mi hija vive en Países Bajos, y allí, mires donde mires, está lleno de hongos» (se supone que significa aerogeneradores).

El argumento de la hija y los Países Bajos lo veo poco consistente. En primer lugar, porque el paisaje de estos países y el del Empordà (por poner un caso) es francamente distinto; en realidad, los molinos de viento forman parte del escenario de Holanda desde hace siglos. Y menos mal que la hija no vivió en Sudáfrica en la época del apartheid porque la hubiera visto lleno de racistas, nada deseable para extrapolarla a nuestro país.

Tomàs seguro que está suficientemente informado para poder discernir entre la necesidad de realizar una transición energética y el modelo que quieren aplicar. No cualquier forma es buena y llenar el paisaje de aerogeneradores (cuando la demanda eléctrica baja y todavía no hemos resuelto la forma de hacer el cambio en la parte de energía que no es eléctrica) es repetir el modelo de los combustibles fósiles, con grandes centros de producción alejados de los puntos de consumo y con butifarras de cables que conectan un punto con otro, con grandes pérdidas de energía. La transición debe basarse en el ahorro energético y la producción distribuida, y muy probablemente en un cambio de modelo en la sociedad que pretende un crecimiento infinito. Nada es infinito en un mundo finito; la energía del Sol y del viento pueden parecerlo, pero son muy escasos los elementos necesarios para construir las máquinas que hacen la transformación de la energía solar (la eólica también lo es) en electricidad.

Poner aerogeneradores a troche y moche, sin considerar los condicionantes de biodiversidad, paisaje y medio social de un territorio, es un error. Me sorprende que personalidades que en el pasado han trabajado en favor de la conservación de los valores naturales (como Jordi Sargatal, Pep Puig o Xavier Pastor, por poner sólo tres ejemplos) ahora se apunten al discurso de acelerar al máximo la generación renovable; incluso, hay quien afirma que «en el Alt Empordà, no debería construirse un parque eólico, deberían construirse docenas».

Tomàs Molina parece que se ha apuntado a la tribu de los apocalípticos: o ponemos aerogeneradores o el caos. Olvidan que es necesario hacer compatible la transición energética con la conservación de la biodiversidad. Quizás si va al Parlamento Europeo se lo harán ver claro.

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