La política que viene

“Todos los puentes destinados a resistir están destinados a transformarse” (Juan Claudio de Ramón)

«Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron», escribía El Roto hace ya más de una década. El texto viene a resumir de forma muy gráfica los nuevos tiempos marcados por las grandes trasformaciones tecnológicas, culturales y sociales que estaban emergiendo en la sociedad española y en las sociedades modernas occidentales. En paralelo, se estaba produciendo igualmente otro fenómeno de gran importancia en nuestro país como era el final de la generación de la Transición y su relevo por los hijos de la democracia, los nacidos a partir de 1976.

En este sentido,  van a ser los nuevos discursos políticos de esta generación los que hegemonizaran la agenda política. Unos discursos cargados de utopía e idealismo, que buscaban “asaltar los cielos” o el “sueño de Ítaca” y que han terminado llevando, por diversas causas, a la desilusión cuando no a la desafección. Aunque lo peor ha sido la vuelta a ese lenguaje del pasado cainita y guerracivilista que ha dificultado el dialogo y la colaboración, cuando más necesitados estamos de contacto personal y de conocernos mejor, ante la complejidad de la vida humana y de los problemas sociales.

Susana Alonso

Qué nos ha pasado, se pregunta más de uno, cuándo se pensaba que llegaría un tiempo de mayor civilidad y progreso. Estamos en la civilización del espectáculo, con su enorme capacidad de seducción, donde las plataformas digitales han tomado el mando y en la que el mundo mediático y político se ha instalado y acomodado a él con toda naturalidad. Desde luego, los diagnósticos no son muy halagüeños: “Crisis de la democracia”, “el eclipse de la razón”, “tiempos de confusión”, “la gran fragmentación”, “inestabilidad política”. Son algunas de las palabras que vienen a definir el mundo en el que vivimos.

El resultado de todos estos cambios se ha visto reflejado en las nuevas retóricas políticas antagónicas, en una dialéctica frentista que estigmatiza al oponente y que crea desasosiego y pesimismo. Ese es hoy el discurso dominante en las redes y en una parte importante de los medios y de los grupos políticos. Al mismo tiempo, y alrededor de todo ello ha crecido toda una legión de activistas, los ingenieros del caos, los alquimistas del malestar, como algunos les llaman, convertidos en los grandes sostenedores del sistema. No es una crítica ni a la pluralidad ni al conflicto, base de una sociedad democrática plural, sino a las malas maneras y modos que se han impuesto.

Nos tememos que los tiempos de la calma, no volverán, a pesar de haber inspirado, según el escritor Valentí Puig, los dos grandes momentos de la historia moderna de España: la Restauración canovista y la Transición democrática. El peligro potencial que se presenta podría venir de la frustración y el resentimiento de estas élites y su tendencia al extremismo. El científico americano Peter Turchin lo explica en su ensayo Final de partida: élites, contraélites y el camino a la desintegración política,  donde llega a vaticinar, incluso, la posibilidad de una guerra civil en EEUU.

Ante estas nuevas realidades, ¿es posible otra política más pragmática y realista? Nada hay seguro, ni es posible vaticinar un futuro claro. Sin embargo, los caminos de la lógica o del sentido común nos dicen que en una sociedad instalada en el bienestar y el consumo, la vuelta a la moderación sería lo normal, pero para ello haría falta encontrar el discurso político adecuado y los líderes capaces de llevarlo a cabo. Aquí hay un trabajo importante por delante.

Desde luego, se hacen necesarios cambios, no solo de mentalidad, sino también del ropaje ideológico y emocional en el que estamos instalados. Habría que dejar a un lado la política en su concepción más heroica y de fe para llevarla a terrenos más analíticos. O, lo que es lo mismo, menos ideología y más evidencias empíricas. Mientras tanto, seguir con la política de puentes y conciliación. “Una nueva cultura política más relacional y cooperativa en contraposición al darwinismo social y la lucha por el poder que parece haber calado en los valores colectivos” como muy bien señala Daniel Innerarity.

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