Una decepción catalana

Vivir en Cataluña significa vivir instalado en la decepción. La decepción es el bajo continuo de Bach pero en plan desagradable, monocorde y aburrido. Irritante a veces, pero más tedioso que otra cosa. Me pregunto para qué sirve defender los valores ilustrados en los foros públicos, esforzarse en escribir una y otra vez en favor de la democracia, contra el pensamiento prepolítico del nacionalismo, contra el identitarismo. La respuesta es, invariablemente: no sirve para nada.

Y no sirve para nada porque a mis conciudadanos les encanta ser dirigidos por líderes que son auténticos fantoches fanáticos, provistos de discursos tan grandilocuentes y pomposos como vacíos. Les encantan solo porque les repiten que los catalanes son mejores que los vallisoletanos, que los cordobeses. Y que, por consiguiente, merecen más derechos. A todos los niños les gusta que su abuela les diga que son el más guapo y más listo de la clase de Primaria. Y que se merecen un diez, un rato más de recreo que los demás, una felicitación pública, un diploma más grande. Eso les gusta a los niños.

Susana Alonso

El problema desasosegante es que eso les sucede a muchos adultos en Cataluña. A adultos a menudo muy adultos, que deberían haber superado la adolescencia y las supercherías románticas. Son personas de clase media y alta que responden a los retos del mundo globalizado con un grito identitario, exigiendo privilegios para distinguirse. La última exigencia es la amnistía para los delitos que se cometan con la patria como excusa.

La tragedia catalana es la prevalencia del pensamiento irracional, de las ideas mágicas, de la historia edulcorada por el mismo romanticismo que llevó tanta muerte y destrucción en la Europa del XX, de las leyendas fundacionales de una patria ilusoria.

Cataluña está detenida orgullosamente en un momento impreciso de la segunda mitad del siglo XIX.

Mientras escribo estas líneas, des de Madrid nos quieren convencer de la bondad de la amnistía y de la necesidad de la reconciliación. Mientras los nacionalistas catalanes se jactan de haber arrodillado al Estado, renuevan sus antorchas y sus banderas y resurgen de la tumba cual zombis patriotas. Pero el nacionalismo no ha pretendido nunca ninguna reconciliación, su ideología solo es viable en el conflicto. Necesitan hablar de un pueblo enfrentado a otro, y para ello dicen que los catalanes queremos, los catalanes somos, los catalanes tenemos. Y me incluyen a mi en su sermón, sin haberlo pedido.

He ahí el aburrimiento infinito: parece que solo me queda una salida: dejar de ser catalán, para que así no me cuenten entre los suyos. Ya que no admiten que se puede ser catalán de mil formas distintas, y que solo una de ellas es ser catalán nacionalista, lo mejor será dejar de serlo. Puedo pedir un traslado o falsificar mis documentos y decir que soy, por ejemplo, de Guadalajara. De la Guadalajara de Madrid o de la de México, o chileno de Viña del Mar, o cántabro de Mataporquera, o castellano de Talavera de la Reina.

– ¡Caramba! -me dirían- Te felicito por tu buena dicción catalana, no pareces español.

– Es que se me dan muy bien los idiomas -diría yo. Y luego adiós.

De haber nacido de veras en Talavera de la Reina quizás sería de derechas y taurino, y las exigencias del nacionalismo catalán en las negociaciones con el PSOE serían, para mi, estupideces superfluas, lejanas, pasajeras.

Lo malo de vivir en Cataluña y ser ciudadano catalán con apellidos catalanes es tener que soportar, durante décadas, que formo parte de un pueblo que piensa y actúa de una forma única, y aceptar que el representante político de la región se cree con el derecho de hablar en mi nombre para pedir lo opuesto a lo que yo quiero. Soportar que una minoría (pero una minoría poderosa y atávica, una oligarquía sostenida por miles de prosélitos infantilizados) me imponga sus manías es algo muy pero que muy cansino.

Vivir en esa Cataluña sometida a la uniformidad nacional perjudica la salud y le recluye a uno en su casa, y le encierra con sus libros y sus películas, temeroso de las banderas y las tonterías que ondean por la calle. El exilio interior de Vicente Aleixandre. Un día se me ocurrió parafrasear a Calderón de la Barca en «La vida es sueño» y escribí en una libreta: El delito mayor del hombre es haber nacido catalán.

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