La Barcelona de Jaume Collboni

La organización territorial de Cataluña es una asignatura pendiente que, más temprano que tarde, habrá que abordar. El objetivo es obvio: adaptar la administración a la nueva realidad económica y social del país.

La división en comarcas, promulgada por Jordi Pujol en 1987, se superpone con la histórica división provincial de España del 1833, la Ley de veguerías del 2010 y la Ley del Área Metropolitana de Barcelona, también del 2010. Esto conforma un laberinto burocrático que multiplica las administraciones y complica la gestión al ciudadano.

Por ejemplo, hoy un vecino de Sant Boi de Llobregat soporta seis niveles de administración: el Ayuntamiento, el Área Metropolitana de Barcelona, el consejo comarcal del Baix Llobregat, la Diputación de Barcelona, la Generalitat y el Gobierno del Estado. Sencillamente, surrealista y demencial.

Hace falta que nos aclaremos y, en este sentido, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, ha dado un paso valiente al propugnar la articulación de la Región Metropolitana, que englobaría a 5,5 millones de habitantes que viven o pivotan sobre la capital. Lo ha hecho en un acto organizado por el foro RethinkBCN en la sede de Fomento del Trabajo.

Esta Región Metropolitana sería una ampliación de la actual Área Metropolitana de Barcelona, que reúne a 36 municipios, con una población de 3,3 millones de habitantes. Incluiría, además, las ciudades y localidades del segundo cinturón, como Mataró, Granollers, Terrassa, Sabadell, Vilafranca del Penedès, Vilanova i la Geltrú… que mantienen un vínculo dinámico de relación económica y social con la capital de Cataluña.

Tiene razón Jaume Collboni cuando afirma que Barcelona, con 1,6 millones de habitantes, no deja de ser una ciudad “pequeña” y sin peso específico para jugar en el tablero europeo y mundial. En cambio, articulando la Región Metropolitana, sería una conurbación de 5,5 millones de habitantes, que ya puede competir de tú a tú con Madrid, París, Londres o con las grandes megalópolis de los Estados Unidos y China.

Pasar de la antigua Barcino a la nueva Región Metropolitana de Barcelona significa un importante cambio de chip. Para realizar esta transformación haría falta una profunda reforma de las estructuras administrativas, de forma que la Diputación, la Generalitat y el Estado le transfirieran competencias y presupuestos para poder desarrollar, de manera coherente, las funciones de planificación y gestión que requiere el funcionamiento de una entidad de estas dimensiones.

Después de la fracasada y traumática experiencia del proceso independentista -que ha comportado, entre otras desgracias, una imperdonable pérdida de tiempo y de energías- Cataluña necesita proyectos ambiciosos para salir del callejón sin salida en el que está y encarar, con valentía, su proyección de futuro. Sin duda, la reorganización territorial, con la idea que ha lanzado el alcalde Jaume Collboni, es un buen acicate para combatir esta esclerosis, que nos lleva a la decadencia, y tener nuevas coordenadas para impulsar la imprescindible revitalización de la sociedad catalana.

Obviamente, la estructuración de la Región Metropolitana de Barcelona levanta y levantará muchos recelos e incomprensiones. No solo en el Madrid de Isabel Díaz Ayuso, que es la competidora más directa. También, y sobre todo, en Cataluña. Cohesionar administrativamente 5,5 millones de habitantes bajo un mismo paraguas en un territorio que tiene 8 millones de habitantes puede suponer, sobre el papel, un contrapoder demasiado potente a la Generalitat.

Barcelona no puede ahogar a Cataluña, pero Cataluña tampoco puede ahogar a Barcelona. Cataluña necesita una capital fuerte que cuente en el Mundo globalizado. Así ha sido históricamente y esta es la clave para el desarrollo económico del país. Si la “bolsa suena” en Barcelona, esto beneficia al conjunto de la población catalana.

Tenemos que superar, de una vez, la diabólica dicotomía Barcelona/Cataluña, heredada de las disputas políticas protagonizadas, en el pasado, por Jordi Pujol y Pasqual Maragall e implementar el paradigma Barcelona & Cataluña. Articular la Región Metropolitana de Barcelona que propugna Jaume Collboni no es ir contra Cataluña ni contra las comarcas del interior. Es, sencillamente, adaptar nuestra realidad demográfica a la organización pragmática de la administración.

El diagnóstico del equilibrio territorial de Cataluña tiene dos “puntos negros”: el Pirineo y las Tierras del Ebro, que son las zonas más despobladas y con menor PIB per cápita. En cambio, las conurbaciones de Girona, Lleida y Tarragona son potentes y presentan un buen crecimiento. A esto contribuye, sin duda, el hecho que sean capitales provinciales.

En la nueva organización territorial de Cataluña, además de la Región Metropolitana de Barcelona, habría que dotar de más poder y competencias a las comarcas del Pirineo (con la capitalidad repartida entre Vielha, Tremp, la Seu d’Urgell y Puigcerdà) y de las Tierras del Ebro (con capital en Tortosa). Crear y dotar con recursos estos nuevos focos de capitalidad seguro que ayudaría a revitalizar estas zonas.

Pasar de cuatro provincias a las siete regiones o veguerías que ya dibujó el Gobierno de José Montilla. He aquí un proyecto inteligente e ilusionante para despertar a Cataluña de su actual melancolía y dinamizar las enormes potencialidades geoeconómicas latentes que tenemos.

Cataluña, después de las últimas elecciones generales, tiene poder. No solo por los 17 escaños de ERC y JxCat, que condicionan la gobernabilidad de España; también los 19 diputados que consiguió el PSC marcan la “chance” de Pedro Sánchez.

Este poder se debería traducir –más allá de la amnistía de los independentistas encausados o condenados– en la capacidad para organizar el territorio de manera soberana y sin injerencias del Gobierno central. Esta exigencia la pueden subscribir la totalidad de las fuerzas políticas del Parlamento, quizás excepto Vox. Sería bueno que los partidos “ruralistas” -en especial, JxCat y ERC- entendieran la importancia estratégica trascendental de trabajar y dar respuesta, sin sentimentalismos ni viejos esquemas heredados ni oportunismo electoralista, a esta cuestión palpitante. 

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