En Occidente se mostró como una muestra del creciente aislamiento de Moscú en el mundo. Fueron muchos jefes de Estado que no asistieron por la incomodidad que produce hacerse una foto junto a Putin, pero lo cierto es que en la cumbre entre África y Rusia celebrada en San Petersburgo el 28 de julio no fue precisamente un fracaso. Participaron 49 de los 54 estados africanos, el Kremlin cerró acuerdos militares con 40 de estos países y Putin pudo permitirse el lujo de aparecer como salvador del continente al anunciar el regalo de miles de toneladas de trigo para aliviar el hambre que él mismo originó al romper unilateralmente el acuerdo que permitía la salida de los puertos ucranianos de barcos cargados de cereal y empezó a bombardear los silos en los que ciudades como Odessa almacenan el grano destinado a la exportación.
También se dejó ver por San Petersburgo, saludando a numerosos líderes africanos, Evgeni Prigozhin, el propietario de Wagner, la milicia utilizada por Putin para controlar los recursos naturales y dominar militarmente un territorio convulso y rico en recursos naturales, donde se esconden grupos de Estado Islámico, que abarca Mali, Burkina Faso, la República Centroafricana, Sudán y, ya cerca de la costa mediterránea, Libia.
Con la precisión de un reloj, la cumbre coincidía con el golpe de estado en Níger, que pretende arrebatar el último país que todavía queda en la zona de influencia francesa -es decir europea-, en los límites del Sáhara. No se trata sólo de los recursos que se encuentran bajo el suelo de este país. Se trata también de su papel como sitio de paso estratégico para los inmigrantes subsaharianos que pretenden cruzar el desierto camino de Europa. Los afortunados que no sean abandonados en medio de la arena o vendidos como esclavos permanecerán en las playas de Libia o Argelia, un aliado incondicional de Moscú, hasta conseguir que alguna mafia les embarque en una patera en dirección a Europa.
Para poder operar, estas mafias deben contar con la connivencia de las autoridades o hombres fuertes que controlen el territorio desde donde operan. En Libia uno de estos líderes es el general rebelde Jalifa Haftar, que domina la ciudad de Bengasi y la región de Cirenaica, un personaje que debe buena parte de su poder al apoyo recibido desde 2019 por los mercenarios de Wagner.
En noviembre de 2022 Haftar se reunió con el ministro griego de exteriores, Nikos Dendias. En marzo de este año se vio con la subsecretaria de Estado de Estados Unidos por Oriente Próximo, Barbara Leaf, y finalmente el pasado mayo llegó su gran momento de gloria y se entrevistó en Roma con la primera ministra italiana Giorgia Meloni.
Las reuniones siempre tuvieron el mismo guión, una advertencia de los peligros de Wagner como elemento desestabilizador y oportunista -advertencia no muy útil para un oportunista que vive precisamente de la desestabilización interminable de Libia-, un ruego de que acabe de una vez con la inmigración que llega a Europa desde sus costas y una oferta más o menos vaga de apoyo en forma de dinero o barcos de vigilancia, para controlar la inmigración. Una ayuda que no necesita para nada, pues el auténtico interruptor que activa la llegada de inmigrantes al Viejo Continente se encuentra en la regulación de la actividad pesquera. Así se desprende de los informes de la Organización Mundial para las Migraciones, que ha detectado un fuerte aumento de la salida de pateras desde Cirenaica, debido a la prohibición de pescar en la zona, lo que ha arruinado a los pescadores y les ha obligado a vender o alquilar sus embarcaciones a grupos de traficantes y contrabandistas.
Haftar controla la inmigración, pero Wagner controla a Haftar y lo hace en función de los intereses de Putin, que no son otros que desestabilizar a la Unión Europea creando oleadas migratorias que fortalecen el discurso de fuerzas antieuropeístas de extrema derecha; partidos que cuentan con el apoyo, y a veces la financiación, de Rusia, como el austríaco FPÖ, el francés Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen, la Liga de Salvini en Italia, el alemán AFD, el Fidesz húngaro de Viktor Orban, y también su opositor Jobbik; o el Partido del Brexit, actualmente Reform UK, fundado por Nigel Farage.
Ucrania y Níger no son más que dos escenarios de una guerra que Putin mantiene con la Unión Europea, a la que quiere ahogar dificultándole el acceso a las materias primas y desestabilizar con la inmigración. De momento controla buena parte de África y sus recursos, y de aliados en Europa no le faltan.