Tatyana es una mujer afortunada dadas las circunstancias. Su familia es originaria de Rumanía, así que dispone de un pasaporte de la Unión Europea que le permitió salir sin demasiados problemas de Ucrania poco antes de que el ejército ruso llegara a Mariúpol, durante los primeros compases de la invasión, para instalarse en casa de su hija que lleva varios años viviendo en Barcelona. Detrás quedó su vida, su piso y el despacho en el que ejercía como notaria en esta ciudad que antes del conflicto tenía cerca de 450.000 habitantes y de la que ahora quedan poco más que ruinas, el 90% de sus edificios han sido arrasados, y cerca de 100.000 personas que sobreviven cómo pueden entre la destrucción.
Una propiedad arraiga a la gente en un territorio. Arrasados o no por la barbarie putinista, un piso y un despacho tienen su valor y, además, simbolizan la esperanza de volver algún día a casa. Ahora Tatyana ve cómo está a punto de perder incluso eso.
A primeros de junio, el alcalde proruso de Mariúpol, Oleg Morgun, antiguo jefe de la policía local que al inicio de la revuelta del Donbass, en el 2014, desertó para unirse a las fuerzas separatistas, firmó una orden que declara 1.234 bienes abandonados y exige a sus propietarios que se dirijan al Departamento de Comercio y Servicios de la ciudad para llevar los documentos que acrediten los derechos sobre los inmuebles en un plazo de tres meses, de lo contrario la propiedad pasará a manos de las autoridades ocupantes.
Se trata en su inmensa mayoría de pequeños comienzos, como peluquerías, tiendas u oficinas, en ocasiones pequeños centros de negocios, donde trabajaban muchas de las personas que huyeron de la agresión rusa para preservar sus vidas y que ahora se quedarán sin nada. Como es lógico, nadie que haya buscado refugio en Occidente se arriesgará a volver a Ucrania en cuanto, de hecho, se trata de una expropiación que se hace extensiva también a aquellos que no han huido de la ciudad. Poco después de emitir esta orden, las autoridades ocupantes dictaron otra que obligaba a los residentes a demostrar que las casas en las que viven son suyas para evitar ser expulsados de éstas.
Lo que las autoridades rusas buscan con el robo de estos edificios es acelerar un proceso de reconstrucción de la ciudad que, de paso, también servirá como ejercicio propagandístico y para ocultar una diversidad de crímenes de guerra que van desde el bombardeo del teatro de Mariúpol, donde fueron asesinadas 600 personas, hasta la deportación forzada de miles de ciudadanos al Extremo Oriente ruso y la sospecha de fosas comunes donde podrían encontrarse miles de cadáveres.
Según las autoridades rusas, en marzo de este año ya se habían restaurado 1.829 edificios de la ciudad, 36 bloques residenciales habían sido reconstruidos y 321 propiedades declaradas en ruina demolidas.
Los destinatarios de estas viviendas no son los habitantes originarios de la ciudad, sino ciudadanos rusos. Según explica el diario Meduza, disidente respecto al actual gobierno del Kremlin, la página web VKontate -el Facebook ruso- tiene cerca de un centenar de grupos que contienen anuncios de compra, venta y alquiler de inmuebles en Mariúpol ocupada. Y encuentran compradores incluso para las casas que hay que reparar por haberse visto afectadas por los bombardeos.
Se trata, según el mismo medio, de personas como Olesya o Eldar, que creen que se trata de una gran oportunidad de inversión en una ciudad que en un futuro será un centro turístico de primer orden para los rusos sedientos de mar y playa y que están seguros de que lo peor de la guerra ya ha pasado y nunca volverá. Otras motivaciones son las de Irina, que además de la posibilidad de vivir cerca del mar, se siente atraída por las buenas condiciones económicas ofrecidas a los trabajadores que deciden trasladarse a la ciudad, los precios bajísimos de las propiedades y una calidad ambiental que, todavía hoy, sigue siendo mucho mejor que en las grandes ciudades de Rusia.
El objetivo no declarado es el de rusificar Mariúpol, colonizarla con ciudadanos rusos, tal y como el Kremlin ya hizo en el 2014 con Crimea, inmediatamente después de ocuparla, con los mismos argumentos: las inversiones a buen precio en un lugar privilegiado por la naturaleza y lleno de oportunidades, especialmente en el sector turístico.