Excomulgar con hisopo antifascista

El 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa, el británico The Guardian recordaba que en el 70 % de los países la libertad de prensa se encuentra en una situación precaria debido a las diferentes prácticas del autoritarismo. Ese mismo día sabíamos que en un país que figura en buena posición en el ranking de las democracias, una editorial, El Viejo Topo, con un legado singular en la órbita cultural de la izquierda, había sido vetada por los organizadores de Literal, la feria del libro político que se celebra anualmente en Barcelona. Las razones invocadas para esa decisión se resumen en el desacuerdo con ciertas líneas ideológicas de su catálogo.

Una de las dificultades para situarse en las coordenadas de nuestro ecosistema sociocultural estriba en que parte de los conceptos movilizadores del repertorio de la izquierda (rebeldía, libertad, inconformismo…) son ahora blandidos por la derecha, mientras que ciertas prácticas de tintes inquisitoriales como la censura, la cancelación o el ostracismo se han instalado en el repertorio de cierta izquierda. La excomunión de El Viejo Topo es un caso particular, apenas un síntoma de los derroteros que ha tomado cierta izquierda en la estela de las vicisitudes del posmodernismo, por eso es importante desvelar las entretelas de la deriva desde el radicalismo crítico al fundamentalismo dogmático. Un inconveniente para ello es que la argumentación a la contra requiere grano fino mientras que las tesis de los inquisidores trabajan con brocha gorda: amordazamos por el bien de la colectividad, para protegeros de las asechanzas de Satanás. La imprimación religiosa es parte de la autoridad argumentativa: quienes cancelan se consideran titulares de las esencias y guardianes de la ortodoxia.

Resume Alan Sokal, un físico teórico e intelectual situado a la izquierda, en su prólogo a Cynical Theories que el posmodernismo ha experimentado un giro completo desde un relativismo radical a un absolutismo dogmático. Si en un primer momento desafiaba la existencia misma de la verdad y sostenía la tesis de la construcción social de la realidad, lo que finalmente desemboca en los aledaños de la posverdad y los “hechos alternativos”, el posmodernismo reificado de hoy sostiene que los conceptos identitarios que arbolan los defensores del woke son datos objetivos y quienes los discuten merecen ser amordazados. La izquierda woke se codea con la derecha de las guerras culturales y, como ella, condena a las tinieblas exteriores a quienes no comulgan con su catecismo. Lo que cambia es la divinidad acreditadora: para unos, los valores eternos; para otros, los referentes nobles herederos de las Luces, pero como se dijera de la libertad, usados de manera perversa. Los autoproclamados defensores de los grupos oprimidos y las causas de los débiles han creado una suerte de religión secular, de modo que, como escribe Eszter Kovátz algunas de sus prácticas, como los rituales de estigmatización, la sacralización de conceptos como la identidad de género o la exclusión de los herejes,  son comparables a las del  fanatismo reaccionario en que se justificaba la violencia contra los impuros y heterodoxos. La magia de ciertos términos y usos tiene valor performativo: basta con pronunciarlos para situarse en el lado virtuoso.

El componente religioso da cuenta de una serie de rasgos: iliberalismo, relativismo, autoritarismo, dogmatismo, sectarismo, antihumanismo y antiuniversalismo. Buena parte de ellos se resumen en dos que precisamente caracterizan a ambos extremos del espectro ideológico.

Uno es de carácter epistémico,  el irracionalismo, acaso el problema político fundamental porque impide el abordaje cabal de todos los demás, como observa en un detallado análisis John Bellamy Foster.

Otro es de carácter ético-religioso y se resume en la convicción de la rectitud moral que justifica todos los atropellos en cuanto precio necesario para el apostolado del bien. Un ejemplo de ello es la posición de la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en la cámara de representantes norteamericana,  según la cual lo “moralmente correcto” debe imponerse a lo “semánticamente correcto”; y “en cualquier caso [a diferencia de Trump, si yo cometo errores] es por el bien”.

En nuestro patio particular lo que es llamativo es la colusión de este marco mental con los nacionalismos subestatales. Si el veto a El Viejo Topo hubiera venido de Vox las voces de la izquierda habrían sido unánimes; pero la izquierda woke y el nacionalismo secesionista constituyen una alianza de facto de modo que si se critica la ideología trans o el independentismo se incurre en delito de leso fascismo.  La vena identitaria informa ambos constructos ideológicos; en palabras de Norbert Trenkle, es un “avance hacia la regresión”. Así cabe leer la decisión iliberal de Literal.

 

Martín Alonso Zarza es autor, con F. Javier Merino Pacheco, de Alquimistas del malestar. Del momento Weimar al trumpismo global (2022).

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