Pioneras de entreguerras

El París de los años 20’ resuena en nuestros oídos a sinónimo de liberación, cabarets, clubs y bailes de máscaras. Sin embargo, representó mucho más que eso. Fue escenario también de una explosión artística sin precedentes en el que las mujeres tuvieron por primera vez en la historia del arte un rol protagónico como creadoras y no simplemente como musas representadas por los hombres.

Nombres como el de Mela Muter, Tamara de Lempicka, Sonia Delaunay o Tarsila do Amaral estuvieron en el epicentro de un movimiento que utilizó todo tipo de materiales y soportes para crear y en los que sus vidas y sus cuerpos se convirtieron también en herramientas para reinventar. Escenas de sexo, de masturbación o de sensualidad se hicieron desde la mirada femenina y por primera vez el desnudo o el erotismo fue visto y representado no a través de los ojos de los hombres. Sus obras visibilizan mujeres naturales, sin adornos ni puestas en escena, momentos de lactancia protagonizados por trabajadoras o sirvientas que expresan de una forma hasta entonces desconocida (y no idealizada) la dificultad de la maternidad.

Varias iniciativas han intentando en los últimos años reescribir este periodo histórico para reconocer el papel primordial de estas mujeres en el desarrollo de los grandes movimientos artísticos de la modernidad, como el cubismo y el surrealismo. Pero también para poner en valor el hecho que sus creaciones influyeron a generaciones enteras de artistas y recordar que, aunque sus nombres no suenan como los de Picasso o Braque, ellas fueron las primeras mujeres en ser reconocidas como artistas, en dar clases de arte o en abrir sus propias galerías. Y que esta creatividad las llevó a innovar tanto o más que ellos.

Estas pioneras de entreguerras lo fueron también en otros campos. Por ejemplo, fueron las primeras mujeres en vestirse como querían, utilizando ropas masculinas como forma de transgresión pero también para visibilizar abiertamente su homosexualidad o su ambigüedad respecto al género. En esta época se generalizó la expresión “tercer sexo” que abarcaba realidades como el travestismo, la homosexualidad o la sexualidad marginada, y que se convirtió en tema de muchas novelas de la época. Fueron mujeres capaces de vivir su sexualidad libremente, de transgredir pero además de representar esta intimidad sin pudor en sus creaciones.

Quizás porque venían saliendo de una guerra y tenían el recuerdo de las penurias que habían pasado sus madres y abuelas, o porque sentían la fuerza reaccionaria del fascismo y el nazismo que se hacía fuerte en Italia y Alemania, se lanzaron a vivir con absoluta intensidad.

Muchas de ellas habían reemplazado a los hombres durante la guerra en las fábricas y en los negocios y el hecho de convertirse en mujeres activas les permitió seguir siéndolo para conseguir la autonomía financiera que necesitaban para crear. Fue así como Sonia Delaunay, pionera del arte abstracto, tuvo la idea de abrir una boutique donde los estampados de las prendas eran una extensión de sus pinturas con formas geométricas. La pintora Marie Vassilieff, una de las primeras promotoras del cubismo, destinó parte de su creatividad a diseñar decorados para teatros y ballets y muñecas-retrato. Así, participaron en el cuestionamiento de la separación entre las artes, moviéndose libremente de un medio a otro, y contribuyendo a romper los límites tradicionales entre el arte y las artes aplicadas que formaban parte de la tradición masculina.

Esta efervescencia creativa acabó con la llegada de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial que abrió un periodo que restringió la visibilidad de las mujeres y provocó un retroceso en la emancipación femenina. La oscuridad y el horror en el que se sumergió Europa tuvo como consecuencia que hoy se hable muy poco de esta década en que las mujeres tuvieron voz propia.

La historiadora especialista en arte femenino, Camille Morineau, ve, un siglo después, paralelismos entre el periodo actual y el que vivieron estas pioneras de entreguerras. En ambos casos, señala, un nuevo siglo ha llegado envuelto en derivas identitarias, crisis financieras, desigualdades sociales crecientes y el efecto de una pandemia. El cambio tecnológico y científico que vivimos sólo es comparable al de principios del siglo XX y, entonces como ahora, se siente la urgencia del debate sobre el papel de la mujer en la sociedad pero también en la cultura y el arte que sigue siendo una gran asignatura pendiente.

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