Documentales: La ficción como traición

Es reconocido el papel valiente de TV3 en la programación y difusión de documentales, superando aquel tópico de que éste era un género para segundos canales, y no una oferta en horario principal. Documentar o ficcionar: el cine nació con estas dos almas. Las primeras películas de los Lumière y las de Edison. Los Lumière (utilizando una afirmación muy cahiers de cinema) creían en la vida, y los americanos en el cine: ésta ya era la característica intrínseca del dispositivo cinematográfico, tanto para documentar la realidad como por sus inmensas posibilidades de narrar.

Observo la deriva del documental hacia una voluntad de establecer fuertes vínculos emocionales con el espectador utilizando recursos ficcionales. Evidentemente, todo son opciones y lo que propongo es plantear algunas reflexiones. Primera, la utilización de la música. Unas músicas que tienen tendencia a reforzar y/o crear entornos emocionales que muchas veces parecen forzar la realidad, y llevan al espectador a «acentos» de exaltación, de miedo, de expectación, de tristeza, de emotividad. .. con un uso continuado de la banda sonora que no deja silencios, reforzando el tono más o menos épico del narrador. Y no dejando aparecer una atención más neutra, atenta a las imágenes y a los contenidos informativos en sí mismos. Desde una perspectiva, que reconozco algo doctrinal, poner de fondo a una opinión de un entrevistado una determinada música, suplantando su estado de ánimo, tiene algo de traición al mismo. Si en ocasiones, los participantes reclaman un cierto trato en el encuadre y en la edición de su discurso, que estén también atentos a qué música, llegado el caso, adhieren a su discurso. Comentario aparte requiere el tipo de texturas musicales, que adolecen de una estandarización mantenida: músicas entre sinfónicas y electrónicas, que a veces parece que estamos vemos una película de ciencia ficción, o de intriga psicológica.

Segunda: comprensible, pero la presencia del narrador con clara voluntad de identificación de su estado de ánimo con el espectador, buscando empatías y proximidades. Una insistencia en el «yo» y su particular sentimentalidad respecto a lo que ve y muestra. El documentalista debería estar más cerca del antropólogo o del sociólogo con una visión más descriptiva, dejando que cada receptor se construya su visión, incluso emocional (resulta pertinente la recomendación que Manuel Castells le hizo al joven periodista Manuel Campo Vidal de ir a formarse a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París). En esta línea personalista imitamos los documentales más «americanos» en los que el tema del star-system (como Michael Moore y otros) se marca de fábrica. Estas características, sin querer ser maximalista, podemos señalarlas en el documental «Ucrania, viaje a los demás frentes» (Lluis Caelles, 17/2/2023), donde sus innegables virtudes y su valentía, tienen a cambio estas limitaciones, según mi parecer. Es obvio que la tragedia del tema, que nos tiene golpeados, es un elemento de fuerza mayor, pero creo que «el fin no justifica los medios» cinematográficamente hablando.

Tercera: resulta inevitable que el género documental intente, en manos de buenos operadores, tener una óptima resolución de imagen, con recursos de gran calidad fotográfica y una buena utilización de movimientos de cámara. Pero a veces este «manierismo» resta credibilidad, dando la sensación de contar con una parafernalia más propia de una retórica de rodaje de cine, que de la austeridad del enfrentamiento «a pelo» con la realidad. Cierto que la optimización de los equipos digitales lo hace muy fácil, y que equipos personales mínimos (incluso sobreexplotados profesionalmente) tienen mucha capacidad resolutiva. Mención aparte es el uso y abuso del dron, siempre resolutivo y espectacular, pero que estos sobrevuelos distancian enormemente y espectacularizan incluso las imágenes de un terremoto devastador. Cabe recordar la frase de J.L. Godard «hacer un travelling es una cuestión ética”.

Cuarta y última: la introducción desnuda y cruda de ficción (con recreaciones con actores y entornos teatralizados) para reforzar o hacer avanzar la información documentada. No negaremos la eficacia de este recurso, que nos acerca a la docuficción. Pero hay que ser muy cuidadoso, aquí la línea informativa/ficcional es totalmente difusa. «Negrers: la Catalunya esclavista» (Jordi Portals, 14/2/2023) quizá sea un caso paradigmático. Más allá de la habilidad para controlar los momentos ficcionales (tópicos en la interpretación, un cierto «cartón piedra», etc.), el refuerzo de los sitios comunes con contenidos demasiado narrativos respecto a los datos que aportan los especialistas historiadores, no ayudan a una lectura más autónoma por parte del espectador (en mi opinión le alejan y desvirtúan el contenido informativo). Y dejaremos a un lado el papel excesivamente personalista del conductor de este documental, que buscando una identificación con la causa (noble y necesaria) resulta excesivamente involucrada.

Información, dejar que el espectador pueda construir su visión sin recursos ficcionales tan atractivos. Quiero recordar la propuesta de Bertold Brecht (sí, un autor del siglo pasado) con su «distanciamiento» aplicado a la práctica teatral, buscando un respeto al intelecto del espectador con la voluntad de darle herramientas para ser él «autónomamente crítico».

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