«El ser humano siempre tendrá sus mismas glorias, vicios y virtudes»

Entrevista a John Carlin

John Carlin

Escritor y periodista.  Es conocido, sobre todo, por lo que ha escrito y sus documentales sobre Nelson Mandela. También es autor de Rafa, mi historia, sobre Rafael Nadal, y otros muchos más títulos. Ahora, publica El futuro es lo que era (Editorial Folch & Folch)

¿A qué responde un encabezamiento tan filosófico como El futuro es lo que era?

Fue la editorial quien lo eligió, pero es el titular que le puse a una columna que hice para La Vanguardia. Estábamos en pleno confinamiento por el COVID y se especulaba mucho en los medios sobre la posibilidad de que el mundo iba a cambiar de manera drástica y yo me dije “una mierda”. El mundo sigue igual, habrá más tecnología, más desarrollo en medicina, pero en cuanto a nuestro comportamiento como seres humanos nada ha cambiado desde tiempos de Homero o mucho antes. Como se ha visto, ha pasado el confinamiento y prácticamente seguimos igual. Otro título del libro podría haber sido “Nada nuevo bajo el sol”. El ser humano siempre tendrá sus mismas glorias, vanidades, vicios, virtudes… Eso no va a cambiar. 

 

¿Esta conclusión procede mas bien de tu propia experiencia, de lo que sabemos del pasado, de cómo nos imaginamos el porvenir…?

Cuestiones como la inteligencia artificial van a tener un impacto importante que no podemos prevenir, pero en lo esencial no creo que nos afecte. El Eclesiastés, escrito hace 2.000 años, dice “todo es vanidad” y eso sigue siendo una gran verdad. Eso no cambia. Tampoco las emociones, que guían nuestro comportamiento. Los resentimientos, la nobleza, la generosidad…, son permanentes. Seguiremos siendo conflictivos y tribales, en el más amplio sentido de la palabra: el equipo de fútbol, tu nación catalana, tu nación española, una ideología, una religión… Es tu tribu. Y tú no eliges la tribu. La tribu te elige a ti por circunstancias de la vida. Así, vas con esa tribu, eliges los argumentos para apoyarla, descartas a los que la cuestionan… Y así seguirá. Lo digo en base a mi experiencia personal, de haber viajado mucho, visto muchas cosas (he hecho reportajes de más de  sesenta países, he vivido en diez ciudades…), y también de haber leído mucho, empezando, por ejemplo, por el  Antiguo Testamento.

El libro constituye un recorrido por distintos escenarios, a lo largo de una década ¿Cuál de ellos podría reclamar especial protagonismo?

La mayoría de los textos son columnas publicadas en La Vanguardia, desde hace cuatro o cinco años. Hay también reportajes anteriores que hice para El País. No creo que en la vida todo se reduce al dinero, digamos. Las grandes corrientes históricas no se guían solo por cuestiones económicas. Esto es una herejía en el mundo comunista, por ejemplo. Creo que los individuos influyen mucho en los grandes eventos de la humanidad. El típico análisis marxista de la guerra, ahora, en Ucrania, es que obedece a cuestiones económicas. Que Putin va a conquistar ese territorio minero que hay en el oriente de Ucrania. Puede ser parte del asunto, pero creo que un componente muy importante en esa guerra es la personalidad de Putin y, a su vez, como encarnación de un país acomplejado y resentido. Una guerra fratricida, en que se sufre tanto, parte de cuestiones muy banales, como lo fue el fenómeno de Hitler, que nació del resentimiento que sentía Hitler personalmente y el pueblo alemán, como consecuencia del injusto tratado de Versalles, después de la I Guerra Mundial. Hitler transformó ese resentimiento en poder político y ya vimos lo que pasó. A mí me interesa mucho la dimensión personal, psicológica, que hay detrás de los grandes acontecimientos. En algunas circunstancias pesa más el factor económico, claro, Muchas guerras imperiales partieron de la avaricia. 

Hablando de factores psicológicos, de personalidad, además de Putin, también Trump parece dar bastante de sí…

En los últimos años, los personajes que más me interesan son Putin y Trump, que creo tienen bastantes cosas en común. Son tipos resentidos, fundamentalmente inseguros que, as su vez, expresan resentimientos de una buena parte de la población. En el caso de Trump una parte de EE.UU. siente resentimiento hacia las élites, por simplificarlo, que en una especie de alquimia (que tiene su mérito, su brillantez) él convierte en poder político.

¿Vargas Llosa, por ejemplo, asocia la democracia al libre mercado? ¿Van por ahí las cosas?

No reduciría la democracia a la libertad de comercio, sino más bien a la libertad de expresión. Democracia es lo que tú y yo estamos haciendo ahora mismo. Yo te digo lo que pienso, sin ningún tipo de censura o temor a que haya consecuencias nefastas por decir lo que pienso. Eso lo valoro mucho. Algo que mucha gente hoy no entiende, porque lo acepta como parte de la naturaleza, como el aire que respiramos, pero no está garantizado. Como yo he vivido en países tiranos, como en la Argentina del siniestro régimen militar, se algo de lo que implica. En ellos no se puede hablar, expresar lo que se opina. Eso es para mi lo fundamental. Como dijo un presentador de televisión americano, “la prensa libre es la democracia”. Algo que está en riesgo y hay que cuidarlo. Me ofenden personas como Putin, que son lo opuesto a todo esto, Y como Trump, que también tiende a ir en esa dirección.

Algo que parece estar acusando el propio sistema de libertades de los EE.UU.…

El nivel del discurso político está muy deteriorado en EE.UU. Ese desapego de la verdad empírica y que la gente se pueda inventar cualquier realidad resulta alarmante. Es el caso de Trump que dice que perdió las elecciones de manera fraudulenta. Algo muy grave, porque un principio básico de la democracia es el traspaso pacífico del poder. Trump ha hecho que EE.UU. se empiece a parecer a países dictatoriales. Dicho todo eso, en EE.UU. hay libertad de prensa. A regañadientes, admiro cosas de EE.UU. que es un país de una ética despiadada hacia la gente desafortunada en la Tierra. No acepta que uno pueda ser pobre. No has trabajado duro, no has aplicado la ética protestante del trabajo. No me gusta todo esto, pero si me dan a elegir entre Rusia y EE.UU. no lo dudo: EE.UU.

¿El Brexit, un objeto volante no identificado?

Por circunstancias de la vida, un sector importante de la población británica, particularmente la inglesa, es antieuropea, en general, no solo anti-Unión Europea. Gente prisionera de cierta visión histórica, nostalgia imperial, algo de envidia… Mi hijo, con 12 años, me dijo “lo que sienten los ingleses hacia los españoles es envidia”. Hay algo de eso. Cuando digo en Inglaterra que vivo en Barcelona, me responden “Qué suerte”. Pero a través de la cultura, de las familias, de los colegios… se transmite una cierta noción de superioridad, absurda, vistas las circunstancias. Las fuentes de quienes votaron a favor y en contra en el Brexit es un sentimiento. Después, se buscan argumentos lógicos, razones… Antes del referéndum hubo muchas discusiones supuestamente intelectuales con posiciones a favor y en contra, pero, al final, todos expresaban sentimientos.

¿Y Europa? ¿Construcción interesada, sentimiento de pertenencia…?

Soy muy europeísta. He vivido muchos años fuera y valoro Inmensamente a Europa. Particularmente desde aquí, desde los países mediterráneos. Aquí la gente tiene un saber que no tienes, por ejemplo, en EE.UU. Me encanta la riqueza de la cultura, que ha sido la cuna de toda la civilización occidental. En Europa occidental tenemos una fórmula mejor de cómo ocupar nuestro tiempo en la tierra. En España veo un término medio muy agradable entre EE.UU. que es todo trabajar, triunfar, y ganar dinero y América Latina, que es un desmadre. Aquí la gente vive más o menos bien. Ha logrado un equilibrio. Es también algo de sentimientos. La Unión Europea es una construcción con fines económicos, pero el impulso inicial fue el deseo de superación de las guerras.

¿El cambio climático, realidad científica, caldo de cultivo de distopías, apocalipsis…?

No soy científico, ni tengo todos los datos, con lo cual hay un elemento de fe. Pero estoy convencido de que hay una crisis, que hay que frenar. Pero, por otro lado, está la gran duda de que, si se aplican a rajatabla determinadas medidas, por ejemplo contra el carbón o el petróleo, estás salvando el mundo a largo plazo, pero a corto la gente se puede morir de hambre. Es fácil predicar desde los países ricos, pero si eres pobre no lo ves igual. La ingenuidad del ser humano es tal que nos inventaremos algo para solucionar el problema como, por ejemplo, hicimos con la vacuna contra el COVID. Hay progresos quizás pequeños, pero significativos. Se ha avanzado mucho en cuestiones como el racismo, las mujeres, la homosexualidad…Pero todo esto es también cosas, sobre todo de los países ricos. Soy escéptico con grandes soluciones, pero tener nobles ideales no es una pérdida de tiempo. Hay que seguir en eso.

 

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