¡Tarjeta roja!

Mal imitando a John F. Kennedy, cuando en plena guerra fría, de visita al Berlín occidental, se presentó con la ya célebre frase «Ich bin ein Berliner» (yo soy berlinés), el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, sermoneaba el otro día en la inauguración del Mundial con las siguientes palabras: “Hoy me siento qatarí, me siento árabe, me siento africano, me siento gay, me siento discapacitado, me siento trabajador migrante”, y añadía: “Sé qué significa ser discriminado y acosado por extranjero, de pequeño me discriminaron porque era pelirrojo, tenía pecas, era italiano y hablaba mal alemán”. ¿Se puede emitir un discurso más desafortunado?

En realidad, lo que debería sentirse Infantino es hipócrita, caradura, gusano y ridículo, como mínimo. Tiene la desfachatez de afirmar que se siente gay de boquilla, pero al mismo tiempo da instrucciones a los árbitros para que sancionen con tarjeta amarilla a los capitanes de las selecciones que luzcan un brazalete con los colores del arco iris y con las palabras “One love”, en solidaridad con el colectivo LGTBI, perseguido en Qatar. Y lo hace apelando respecto a las costumbres del país anfitrión. Es un cínico.

Compara la experiencia propia, le discriminaron por ser pelirrojo de pequeño, dice, con la de ser gay en Qatar, cuando allí la homosexualidad es ilegal, y los homosexuales son perseguidos y encarcelados, incluso castigados con pena de muerte. ¿Eso son costumbres respetables? Igual no le discriminaban por pelirrojo, sino por cretino. En su día, Albert Einstein describió muy bien a los ‘infantinos’: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”.

Pero lo que más rabia me da -me da o me daría, la esperanza es lo último que se pierde…-, no es ya la desvergüenza de Infantino, que también, sino que ningún capitán de ninguna selección no se ponga la pulsera prohibida y desobedezca abiertamente; y si algún capitán lo hace, que el árbitro no desobedezca también, y no le saque la tarjeta amarilla, aquella con la que se sanciona normalmente el juego sucio. Esto es lo que da más rabia. Quien se atreva a desobedecer ganará el Mundial. ¿Dónde queda lo que decía Nelson Mandela?: «El deporte tiene el poder de inspirar. Tiene el poder de unir a la gente como pocas cosas tienen. El deporte puede crear esperanza donde alguna vez hubo sólo desesperanza. Es más poderoso que el gobierno para romper barreras raciales». ¿De verdad que la discriminación y persecución de los homosexuales y de las mujeres o las 6.500 personas que han muerto en la construcción de los estadios no merecen una triste tarjeta amarilla? No hacerlo, merece tarjeta roja directa.

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