Las cosas, las cosas y el poder sindical

Imprescindibles son las cosas del comer, el cobijo y el yacer con pareja placentera. Necesarias la solidaridad, la cultura, el progreso profesional. Pero, avanza el deterioro moral y político que iguala la libertad con la ley del más fuerte, subordina lo público a lo privado y se menoscaba el estado de bienestar.

Esaú, obediente a su padre Isaac, volvía hambriento y cansado de trabajar en el campo. Jacob, preferido de la madre, vivía il dolce far niente y se disponía a comer un plato de lentejas. Esaú pidió a Jacob que se lo cediese y éste le propuso cambiárselo por la primogenitura. ¿De qué me va servir si muero de hambre? se preguntó Esaú y accedió al intercambio.

Son contraprestaciones tan difíciles de entender como algunas que se acuerdan, en la actualidad, en convenios colectivos. Se cede en libertad, cantidad de trabajo y deterioro profesional, por una expectativa de permanencia, limitada a una parte, en función de un plan mundial de decisión desconocida.

O la casi exclusiva preocupación, de alguna cúpula sindical, por el mantenimiento del poder adquisitivo y la permanencia en el empleo. Sin referencias a la contraprestación laboral (qué, cómo, cuanto, cuándo, dónde y quién) que decide el empresario a su libre albedrío.

La mención a la “lucha de clases” se ha evaporado. Arriba y abajo, ricos y pobres, género y nacionalidad. Sin embargo, un reputado financiero afirmó, recientemente, que sí existe y que la están ganando.

Los dueños de los medios de producción, sus gestores de fondos, quieren que se trabaje lo máximo, que los sueldos sean los mínimos y se reduzca toda clase de costes, incluso de seguridad y medioambientales, más el saqueo de recursos naturales no renovables. Incrementan sus beneficios privados, al vender los productos y servicios lo más caro que pueden. Con abusos, como la electricidad más barata al precio de la más cara, impulsando variaciones en la oferta-demanda y al acaparar productos básicos. Pretenden que se rebajen o eliminen impuestos, mientras piden subvenciones.

Los trabajadores, suelen buscar el equilibrio entre trabajar lo suficiente y la mejora del nivel de vida. Que el entorno laboral sea humano, seguro, acotado temporalmente y que proporcione satisfacción, estatus y posibilidades de promoción profesional y social. Servicios públicos adecuados, costeados mediante una tributación progresiva y equitativa.

Intereses contrapuestos cuya negociación formal, informal o de facto, da lugar al pacto social. El resultado depende de la correlación de fuerzas que asista a cada parte, en cada lugar. Con el acuerdo, de grado o por fuerza, no acaba el forcejeo. La parte que beneficia al trabajador se suele escamotear. Un ejemplo reciente es el cambio en la contratación precaria por la estable. Lo incumplen usando los periodos de prueba, discontinuidades y demás artilugios de “hecha la ley hecha la trampa”. Se lo facilita la organización del trabajo, diseñada, desde antiguo, para prescindir de trabajadores con cerebro o hacerlos inocuos a la producción. Hace más de un siglo, el ideal era gorilas amaestrados, hoy son robots con algoritmos diseñados a su gusto. Pero las máquinas ni compran ni crean plusvalía.

La fuerza de los trabajadores es la unidad y la organización sindical. Se cimenta en la permanencia continuada en el trabajo en condiciones laborales similares, en los conocimientos profesionales que hacen funcionar la producción y en la confrontación con el patrón para el que trabajan.

Para dificultar la unión y la solidaridad, se descompone el centro de trabajo en “cadenas de valor”. En un mismo lugar, los trabajadores dependen de empresas diversas y tienen condiciones laborales diferentes.

La organización capitalista del trabajo hace superfluos los conocimientos profesionales. Los puestos de trabajo se accionan mediante instrucciones simples que da la empresa, que hace pasar por formación. Sustituyen la promoción profesional por la salarial sin más requisito que el paso del tiempo y la sumisión. La inteligencia humana, emocional y autónoma, la sustituyen por la artificial, algorítmica, automática y diseñada a su conveniencia.

El amo se difumina. Los gestores deciden ante tableros electrónicos según las ganancias. Desconocen a los trabajadores y sus necesidades y turbaciones.

Es lógico que cada vez haya menos personas que quieran trabajar en esas condiciones.

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