Las consecuencias de la derrota

La contundente derrota de Putin en Járkov ha debilitado su figura y ha dado alas a los halcones del régimen, que quieren contentar como sea a un ejército desprestigiado y desmoralizado. Unas tropas enfurecidas por la derrota y que se preguntan en voz cada vez más alta dónde está el dinero destinado a modernizar sus equipos. «No tenemos ningún visor de imagen térmica, no tenemos chalecos antibalas, no tenemos equipos de reconocimiento, no tenemos equipos de comunicación seguros, no hay suficientes helicópteros, no disponemos de equipamientos de primeros auxilios», dice el soldado Igor Guzenko en Telegram, donde explica sus aventuras y pide dinero para comprar comida y equipamiento.

El pánico entre los militares es tal que incluso explicitan su temor a perder ciudades en territorio ruso, como Belgorod, lugar clave en su línea de aprovisionamiento. Lo cuenta otro combatiente, que cree que “Belgorod se convertirá en un objetivo deseable para el enemigo, que intentará ocuparlo y tiene bastante fuerza para hacerlo; deberíamos estar preparados para ello”. No le falta razón, ésta y otras localidades rusas cercanas a la frontera están siendo bombardeadas con frecuencia, y sus habitantes ya empiezan a preguntarse si el ejército es capaz de defenderlos. Algunos soldados rusos exigen «incinerar Ucrania con bombas atómicas». El propio Guzenko pide, como mínimo, «hacer una advertencia con un misil nuclear en Kiiv», y cree que «para salvar vidas rusas, esto no sería nada exagerado». La anexión de los territorios ocupados, hasta hace poco postergada por el insuficiente control del terreno, abre la puerta legal a este escenario.

La movilización parcial decretada por Putin responde a las exigencias de esos militares que desconfían cada vez más de él y que empiezan a escuchar a Dmitri Medvedev, el hombre que se mostró moderado mientras calentó el trono presidencial de Putin interregno en el que el sátrapa del Kremlin no podía ostentar la presidencia, una vez agotados sus dos primeros mandatos, hoy convertido en uno de los más firmes defensores de la guerra y una de las voces más agresivas contra Occidente.

El decreto de movilización parcial tiene un misterioso apartado séptimo que se mantiene secreto y que, aparentemente, haría referencia al número de soldados a reclutar, que se estima sobre los 300.000, pero que algunas voces alargan hasta la exagerada cifra de un millón. Sea como fuere, son cantidades que vienen a confirmar que el número de bajas rusas en combate está mucho más cerca de las 65.000 que reclama Ucrania que de las 6.000 que reconoce el Kremlin. La movilización también ha llevado a Putin al escenario que quería evitar. La guerra ya afecta a las clases medias de las principales ciudades del país. Entre los antiguos militares a los que afecta el decreto hay muchos que viven en Moscú, Kazán o San Petersburgo, para los que la guerra era algo molesto que salía de vez en cuando por la tele. Ahora son ellos quienes irán a morir al frente para defender los intereses de una cleptocracia corrupta.

Saixa vive en San Petersburgo y espera la carta de movilización. A los 20 años se incorporó a los servicios de inteligencia militar. Ahora tiene 35, está casado y tiene un hijo de seis. Tiene claro que no irá a la frente. Se plantea irse al extranjero, pero no es fácil. Su ventaja es que la dirección a la que irán a buscarle es la de casa de su madre, lo que le permitirá ganar algo de tiempo mientras decide qué hacer. Huir del país también le da un cierto miedo. Su esposa y él creen que sus hijos no están preparados para ello. No saben si podrán encontrar trabajo en otro sitio, pero no ven otra alternativa que irse.

Los sectores más nacionalistas tampoco están muy contentos con Putin, por decisiones como la de intercambiar a los supervivientes del batallón de Azov que resistieron hasta última hora en Mariúpol. El único símbolo victorioso de Rusia en esta guerra, la única prueba de que sostiene su falaz lucha contra el fascismo. Svetlana, de Moscú, no se priva de decir que se siente “furiosa por el intercambio de los asesinos de Azov y los mercenarios extranjeros; son cosas que destruyen nuestra confianza”.

Está claro que, según la propaganda oficial, Rusia ya no lucha ahora contra los nazis, sino que combate a una alianza euroatlántica que quiere destruir el país.

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