Otro juicio inducido por el laportismo pone a Rosell y Bartomeu ante los tribunales

El acoso judicial desencadenado tras el fichaje de Neymar se ha saldado hasta ahora con absoluciones y una enorme frustración en el entorno azulgrana donde coinciden los intereses de Florentino, Laporta y Roures

Rosell i Bartomeu
Rosell i Bartomeu

Otra vez se ha puesto en marcha la ruleta jurídica y mediática que desde hace varios años -curiosamente, desde que el Real Madrid se sintió engañado, irritado y resentido por el modo y la forma como el FC Barcelona le arrebató a Neymar en sus propias narices- viene acosando a sus dos principales responsables directivos, Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu, además de acosar permanente a la institución.

Este lunes pasado ha empezado el segundo juicio en torno a esa operación, el fichaje de Neymar, mediáticamente mucho mejor preparado por la acusación que los fundamentos jurídicos en los que los presuntos afectados basan argumentos que, a simple vista, resultan surrealistas y anacrónicos. Tanto como la propia querella de esta segunda versión del caso, que no asomó en el horizonte hasta que no se hubo cerrado el primer juicio, igual de rocambolesco y frustrante para quienes pretendían causar un daño irreparable al honor, el prestigio y la economía del Barça, pero sobre todo, obsesivamente, a Sandro Rosell con prioridad y, de forma colateral, a Josep Maria Bartomeu, después, como heredero de la presidencia azulgrana.

Visto desde fuera, la sensación es que este juicio de hoy no es sino la consecuencia del fracaso del primer ataque judicial de hace unos años a través de la Audiencia Nacional, arruinado jurídicamente por la naturaleza compulsiva de la querella y la ausencia de ningún indicio de delito en el ámbito penal. Ni pudo demostrarse en el juicio como pretendía el querellante ni parece que en esta repetición de la jugada haya surgido ningún elemento nuevo que apunte en esta dirección. Una visión global y objetiva de la secuencia de todos estos juicios parece indicar su origen en la voluntad de terceros, y en esas fuerzas ocultas que mueven los peones necesarios desde la trastienda del barcelonismo, de perseguir por tierra, mar y aire a Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu.

El expresidente Rosell ya acumula, desde su dimisión, varias causas que lo pusieron en el blanco de la opinión pública, principalmente a causa de la demostradamente injusto encarcelamiento preventivo de casi dos años del que fue víctima por el capricho y el abuso de poder de la juez Carmen Lamela. Luego le cayó el primer juicio de Neymar, una querella por espionaje de parte de Jaume Roures, otra de la Fiscalía por un delito fiscal y ahora el Neymar 2, un cuatro frente después de tres inapelables absoluciones que han venido a demostrar esta especie de conspiración.

El propio excomisario José Manuel Villarejo autorregistró en sus grabaciones el interés de incluir a Rosell entre los objetivos de la Operación Cataluña a sugerencia de políticos catalanes del Partido Popular. Pero también han aparecido otros colaboradores necesarios de esta especie de conspiración que lleva ardiendo espontáneamente por la concurrencia también evidente de los intereses personales, quixa incluso vengativos y corporativos de personajes como Florentino Pérez, Joan Laporta y Jaume Roures.

El empresario de Mediapro fue cazado recientemente en una comida, con mucho coleguismo según testimonios, junto al propio Villarejo, personajes de notoria influencia mediática de Madrid y la periodista catalana Mònica Terribas.

Para una trama que ha sido capaz de remover las cloacas del poder central y de utilizar la propia Audiencia Nacional para ir cambiando los cargos a la carta y provocar, finalmente, que fuera Hacienda quien acabara convirta en un juguete acusatorio en manos de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado, ha sido necesaria la participación e implicación directa, desde el entorno del barcelonismo, de personas vinculadas a Joan Laporta que hicieran el trabajo sucio como el denunciante Jordi Cases y todo su aparato legal.

También ha actuado como un solo hombre la prensa laportista, mayoritaria, liderando, una detrás de otra, apasionadas oleadas mediáticas de información calculadamente desviada, alarmista y cargada de prejuicios contra el expresidente azulgrana, que ha llegado a ser presentado como un delincuente socialmente peligroso, una especie de personaje con tentáculos en medio mundo capaces de blanquear dinero, urdir grandes estafas, corromper a cargos públicos y hasta de traficar con órganos en una mafia de trasplantes ilegales.

A Sandro Rosel, a base de confiar en abogados competentes, le ha sido relativamente fácil demostrar su absoluta inocencia en todos y cada uno de los casos. Lo que le ha costado realmente ha sido combatir esa condena de telediario, la imagen pública deformada por una prensa nada escrupulosa y entregada a la oposición -o sea, a Joan Laporta- desde que ambos rompieron su relación en 2005 tras coincidir dos años en la directiva azulgrana ganadora de las elecciones de 2003.

El posterior cambio de blanco en el centro de la diana para ese entorno barcelonista que agrupa también las corrientes guardiolistas, cruyfistas y ahora también xavistas empezó con la victoria de Josep Maria Bartomeu en las elecciones de 2015, en las que hubo de acreditar su legítima presidencia por esa presión exterior que no le reconoció el derecho estatutario a serlo tras la dimisión de Rosell.

Para echarlo de la presidencia (después salir ileso, al igual que Rosell, del primer caso Neymar por las razones obvias de su no implicación ni como investigado), el laportismo hubo de recurrir a los recursos del soberanismo, su aparato ciudadano y político, para fabricar el Barçagate, además de promover un absurdo e inoportuno voto de confianza -manipulado por el propio gobierno de la Generalitat- y, finalmente, utilizar a lo grande aparato mediático laportista, su potencia en las redes sociales, y a los propios Mossos d’Esquadra, actuando al margen del poder judicial, para situar a Bartomeu como el enemigo público del barcelonismo.

Sin ese decorado, Laporta no podría reinar con el totalitarismo y la rendición social con la que, además de provocar la ruina del club en apenas diecinueve meses de mandato, ha podido inducir al entorno a esta otra realidad en la que Rosell y Bartomeu comparecen permanentemente ante los tribunales por delitos y acusaciones que, hoy en día, nunca han podido ser demostradas.

Y no será porque, de forma directa, pública y tendenciosa, Laporta, su junta y su prensa, además de los poderes fácticos que juegan a su favor, no haya intentado llevar al expresidente ante la justicia.

El juicio ante la Audiencia Provincial que ahora es noticia no es más que otra farsa promovida por ese entorno barcelonista dominante al que no le alcanza con su propia gestión para gobernar el club con éxito y personalidad. Necesita continuas distracciones y señalar a Rosell y a Bartomeu ante la opinión pública para mantener su popularidad. Como siempre.

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