«No hay humanidad»

La noche de este sábado fui paseando hasta la playa del Bogatell para ver el ambiente de las fiestas de la Mercè. Había amenaza de lluvia pero bastante gente se había desplazado también allí. Era temprano, las diez de la noche, y actuaba el primero de los grupos anunciados. Mientras lo hacía en el cielo aparecieron fuegos artificiales. Todo muy agradable, entretenido, amable y festivo. Como ya tengo una edad volví a casa pronto y a medio camino vi que en la entrada al aparcamiento subterráneo de un gran centro comercial había un hombre tumbado en el suelo, acurrucado, como durmiendo, con una botella de cerveza de pie cerca de él. Estaba tumbado arrinconado en la pared pero en el recorrido que seguiría un coche que quisiera salir del aparcamiento.

Desde la calle se le veía perfectamente. Apenas estaba un par de metros más allá de la puerta de acceso. Fuera había un montón de gente, muchos jóvenes. Algunos se sentaban y cenaban en las mesas de un restaurante situado junto a la boca de salida del aparcamiento. Otros se habían reunido allí para ir juntos hacia la playa o compraban bebidas o comida en un supermercado cercano. Nadie se mostraba interesado o preocupado por el hombre que yacía en el suelo, de cara a la pared del aparcamiento.

Estuve unos minutos allí. No tenía claro si los coches entraban y salían por esa boca del aparcamiento. Sabía que había otra operativa al otro lado de la manzana. Un conductor me tocó la bocina de su vehículo para que me apartase porque quería entrar. Lo hizo pasando cerca del hombre tumbado en el otro carril. Me quedaba la duda de si los coches entraban pero no salían del aparcamiento por allí o si, realmente, aquel hombre se exponía a que le golpeara alguno al salir. Pasaban los minutos y nadie de los que estaban enfrente o de los que pasaban camino de la fiesta movía un dedo por él.

Retomé mi camino hacia casa con mala conciencia. Unos metros más allá me detuve. ¿Y si al día siguiente me enteraba de que aquel hombre había sido atropellado mientras dormía donde lo había dejado? Di marcha atrás y decidí buscar al vigilante de seguridad del centro comercial para aclarar si los coches salían del aparcamiento por el carril donde estaba tumbado o si había que decirle que tenía que irse para que no lo atropellasen. Al principio no lo encontré y cuando iba a llamar a la policía vi a una encargada de seguridad del recinto. Llevaba un palo de hierro en la mano. No me dejó casi ni hablar. Cuando empecé a explicarle el motivo por el que la interceptaba empezó a vocear: «No hay humanidad». Lo decía una y otra vez. Yo intentaba darle a entender que la habría ayudado en la medida de mis posibilidades pero estaba demasiado indignada como para escucharme. “No hay humanidad”, repetía una y otra vez.

Tenía toda la razón del mundo. La gente que vio a ese hombre en situación de riesgo estaba más pendiente de si la lluvia desluciría la fiesta que de su seguridad física.

“No hay humanidad”, gritaba enfadada. Quizá por eso suben el populismo, la extrema derecha, el egoísmo y la insolidaridad.

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