“Savoir revivre”

En 1973 apareció publicado un libro peculiar de la mano de Jacques Massacrier (1933-2020), un publicista de éxito en París que decidió iniciarse en un modo de vida radical marchando a vivir a Ibiza el año 1968. Su gran éxito editorial «Savoir revivre» es un libro peculiar, con tipografía manual y lleno de ilustraciones hechas por el mismo autor. La idea clave era tender hacia la autarquía: no exento de cierta ingenuidad, se explicaba cómo hacerse la casa, la ropa, los objetos más necesarios, la autosuficiencia alimentaria, la salud, etc. Era la época, la revolución contracultural estaba en plena ebullición: abandonar el capitalismo creando espacios lejos del consumismo, de la dependencia del mercado, y con la máxima convivencia con la naturaleza. Justo la visión del hipismo que menos ha trascendido. En cambio, la foto-fija del movimiento ha sido la tríada «sexo, drogas y rock and roll», con la imagen decadente de Eivissa que todos tenemos en la cabeza. Pero Jacques, con su esposa Greta y sus hijos, continuaron fieles a esos principios.

«¡Qué sentido tiene gritar alarmados contra la sociedad de consumo y la industrialización, contra la contaminación que se deriva, si seguimos apoyando a las industrias que nos envenenan y agotan los recursos naturales de nuestro planeta!» (Massacrier, 1973)

Parece que volvemos a la casilla de salida, sólo que ahora la crisis climática pone sobre la mesa actitudes y responsabilidades en las que nos va nuestra supervivencia, mientras que a principios de los 70 era la voluntad utópica de cambiar el rumbo de un sistema que ya intuíamos peligroso: recordemos que es en 1972 que, bajo los auspicios del Club de Roma y del Instituto de Tecnología de Massachusetts, aparece el informe «Los límites del crecimiento» (D. Meadows y alt.).

Desenchufarnos del sistema de vida al que nos hemos acostumbrado será complejo, pero cada vez parece más imperativo. Y la «verdad incómoda» (parafraseando a Al Gore, 2005) nadie quiere liderarla. Y menos los responsables políticos que ven peligrar su aceptación demoscópica (y es comprensible: ¿quién le pone el cascabel al gato?). No podremos viajar de forma compulsiva, no se podrá construir casas de más de 30m² por persona, habrá que limitar el uso de energía y agua: nos acercaremos a lo que nuestros abuelos conocieron como cartilla de racionamiento. .

Habrá que hacer nuestra aquella actitud hippie hacia la autosuficiencia, tanto a escala personal como colectiva, poniendo al día dicha soberanía alimentaria y energética, sin menospreciar las oportunidades de racionalización y solidaridad que conllevan los vínculos que tenemos en un mundo interconectado.

Hay mucho camino por recorrer en la mitigación de los efectos del cambio climático, y lo primero es la reducción radical de nuestras actividades no necesarias (aquí habrá que hacer un esfuerzo colectivo para consensuarlas, con todas las resistencias bajo el mantra de la libertad, ¿verdad Sra. Ayuso?)

Hay que trabajar en serio (esto significa también legislar: ¿dónde están los ecologistas en nuestros parlamentos?) para mejorar la eficiencia energética que, como dice el gran experto Amory Lovins, «es la forma más grande, más barata, más segura y más limpia de abordar la crisis».

Mi abuela utilizaba muy a menudo una palabra del bable o asturianu que es muy pertinente: «aducir«. Me decía: “Has de estender bien la manteca nel pan, pa que aduzca, pa que supla munchu«. Debemos hacer que los materiales, los objetos, la energía, el agua «aduzan munchu«, no podemos derrochar nada (recordemos que este 2022, el 28 de julio superamos la capacidad de la Tierra para sostenernos, lo que se llama «día de sobre capacidad»). Y lo que sobra o se tira en una parte del planeta, falta en otra parte: hagamos el ejercicio en el desayuno, visualizemos que el croissant que nos comemos, en Etiopía se lo reparten entre 30 personas. Y el cambio climático que sufren es, en un altísimo porcentaje, nuestra responsabilidad.

Hay la posibilidad de que la Tierra «aduzca«, que cunda, que dé para vivir para todos. Habrá que «savoir revivre» de una manera diferente, autosuficiente, austera, solidaria, fraterna. Debemos ser capaces de sobrevivir entre todos.

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