El silencio de Piqué es una bomba de relojería que amenaza a Laporta y Xavi

Ahora está recibiendo de su propia medicina, acosado por la junta y el técnico para que con su rebaja de salario se pueda inscribir a Koundé, mientras el equipo no le encuentra un sustituto para la salida del balón

Gerard Piqué (Doha Stadium Plus Qatar, Flickr)
Gerard Piqué (Doha Stadium Plus Qatar, Flickr).

El silencio de Piqué se puede traducir demasiado pronto en un ensordecedor clamor si Xavi no consigue en pocos partidos dar con la tecla que permita esa salida de balón visionaria, táctica y estratégica que el equipo tanto necesita. Gerard Piqué ha ido perdiendo velocidad de acción en el uno contra uno, rapidez y reflejos en el repliegue defensivo y eficacia en el conjunto de sus prestaciones, pero incluso a su edad mantiene intacto ese talento que tan bien definió en su día Tito Vilanova cuando afirmó que “si se nos cae Piqué se nos cae el invento”. Una referencia a esa natural y perfeccionista capacidad suya para iniciar la jugada desde atrás por la zona menos defendida por el rival, anticipando el movimiento de sus compañeros y tantas y tantas veces conduciendo el balón más allá del centro del campo para generar esa superioridad en la zona ancha de la media, algo que el equipo no fue capaz de producir ni aprovechar en la segunda parte del partido de estreno ante el Rayo Vallecano.

Si Piqué no ha dado un paso atrás se debe a dos razones de peso, una deportiva y otra económica, ambas igual de determinantes. El central azulgrana, con cuatro Champions en un palmarés inigualable, firmó en su día un contrato excepcionalmente generoso por parte de Bartomeu con una retribución bruta de casi 40 millones esta temporada y también la siguiente, que debería ser la última de su carrera, aunque condicionada a jugar un porcentaje de partidos superior al 60%.

Este es el principal motivo por el cual, dentro de la estrategia de palancas de Laporta, su apreciado y estimado Gerard, el mismo que fue su confidente y héroe cuando necesitó un elemento traidor y desalmado que preparara y controlara el vestuario para la expulsión de Messi, ahora se ha convertido en una víctima, como Leo, de intereses puramente financieros.

Una situación forzada también por la compulsión de los grandes fichajes, acompañados también por comisiones millonarias, como el de Jules Koundé por 60 millones -ha costado lo mismo que Lewandowski– al que se espera inscribir precisamente a costa de la rebaja salarial de Piqué.

Sólo a Laporta, con el ingenuo y desatinado criterio de su entrenador, Xavi Hernández, se le podía ocurrir una jugada manifiestamente absurda y desafortunada, además de imposible. Lo mismo pasa con Sergio Busquets, al que se le pide que se rebaje el salario para poder entrar el último galáctico de Laporta, Bernardo Silva, en otra operación que huele que apesta, tanto como la de Ferran Torres, con el Manchester City, como si financiar el desequilibrio presupuestario del club de Guardiola, Begiristain y Soriano fuera uno de los propósitos del presidente azulgrana. Cuesta entender esa fiebre azulgrana por pagar a precio de oro por suplentes del City.

Volviendo a Piqué, su postura actual es tozuda y sencilla. Si alguien quiere su puesto, por ejemplo Koundé, que venga y se lo arrebate en los entrenamientos y en el campo, eso además de las propias necesidades de palancas personales que necesita para aliviar las pérdidas de sus poco acertados negocios, la mayoría de los cuales viene cerrando por resultar deficitarios. Medios solventes habían apuntado que la crisis con Shakira se había agudizado cuando Piqué le pidió socorro económico para sus sociedades.

También ha circulado estos días una información sobre el segundo asalto frustrado de Gerard Piqué por una parte del Barça Corporate, Barça Studios en concreto, rechazada por Laporta del mismo modo que en su día lo hizo Bartomeu, en su caso por la estricta y correcta aplicación del código ético del FC Barcelona, que impide a cualquier empleado vinculación empresarial alguna con el club. Laporta estaba encantado de saltarse la normativa, otra vez, igual que contratando toda la familia y amiguetes, pero ahora mismo no quería saber nada de Piqué que no fuera, por su parte, una rebaja salarial enorme para rematar esa locura en fichajes que no ha podido cubrir ni con 900 millones en palancas.

Piqué es ahora un apestado como De Jong, Memphis y Busquets, jugadores a los que la junta, mediante su ‘gestapo’ mediática, señala en público como los responsables de esa tensa situación económica con la que Laporta quiere justificar el desmantelamiento de los recursos de una entidad letalmente herida por sus despropósitos.

La respuesta es el silencio de Piqué, cobarde e innoble, cuando en otras circunstancias, con el viento mediático a su favor y con la complicidad del propio Laporta, sí se había atrevido a acusar a Messi, Koeman y Bartomeu de ser los verdaderos enemigos del Barça. Más o menos el mismo tipo de acusaciones, la mayoría infundadas, que ahora recaen sobre él por el simple hecho de haberse convertido en un estorbo con relación a los nuevos planes del presidente.

Su situación, con el paso del tiempo y la elaborada y perversa metodología del aparato mediático de la junta, se habría vuelto insostenible si no fuera porque Piqué ha acumulado, probablemente más que ningún otro futbolista del mundo, una capacidad única e insuperable para resistir y superar cualquier tormenta periodística, futbolística, familiar o barcelonista de cualquier dimensión o incluso de carácter desconocido.

A Gerard Piqué le toca ahora probar su propia medicina, la misma amarga dosis de rechazo y culpa que con su actitud y acciones promovió en contra de sus compañeros de vestuario, del anterior presidente y de su entrenador.

A Laporta le conviene deshacerse de Piqué lo antes posible o bien conseguir doblegarlo con un acto público de degradación de sus condiciones salariales y una sumisión a esa suplencia, aparentemente ordenada por Xavi, combinada con un acto imposible de solidaridad que permita la inscripción de Koundé a cambio de pasarle la guillotina a su nómina este año y de colgar las botas el 30 de junio próximo.

No parece el tipo de solución final en el que Piqué se sienta cómodo sino más bien un desafío en el que tiene las de ganar a poco que Xavi se vea obligado a alinearlo en el caso de persistir las dificultades para procurar al fútbol que propone esa personalidad que por ahora solo ha sido capaz de darle su excompañero de vestuario en los felices años de éxitos que compartieron juntos.

Xavi y Laporta se enfrentan a un serio problema de jerarquía y de descontrol del vestuario y de su entorno si los resultados y la integración de los nuevos al sistema no se produce de forma rápida y resolutiva como lo exige la enorme presión que el presidente le ha puesto al equipo. 

El silencio de Piqué, excepcionalmente largo, inquietante y desde luego inusual, pues forma parte de su equilibrio y de su naturaleza el gusto por polemizar y capitalizar los conflictos con normalidad y distancia, no puede durar mucho más. Será inevitable que tarde o temprano explote.

Si le da por romper su silencio donde sea, en la prensa o en las redes, la puede liar. Pero si le dan la oportunidad de hablar en el campo las consecuencias pueden ser imprevisibles. 

La historia interminable continúa. 

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