El laurismo, la fase terminal del pujolismo

Karl Marx tenía razón cuando, en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, sentencia: “La historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa”. Hemos tenido, una vez más, prueba de ello en los sucesos que han rodeado esta pasada semana la destitución de Laura Borràs, presidenta de JxCat, de su cargo de presidenta del Parlamento de Cataluña.

Hay un paralelismo evidente entre la imputación de Laura Borràs por un caso de presunta corrupción con dinero público cuando era presidenta de la Institución de las Letras Catalanas (ILC) y la del ex-presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, por su responsabilidad en la quiebra del grupo Banca Catalana (1984). En ambos casos, estos políticos se envolvieron en la “senyera” cuadribarrada para intentar convertir la acción judicial en contra suya en un “ataque contra Cataluña” y, de este modo, intentar escabullirse de sus responsabilidades penales.

También en ambos casos se organizaron manifestaciones de adhesión ante el Parlamento de Cataluña y se intentó que los medios de comunicación se convirtieran en altavoces de la “indignación popular” contra la actuación de la justicia española. Pero las diferencias entre una y otra situación son abismales.

El año 1984, miles de seguidores de Jordi Pujol se concentraron a las puertas del Parlamento e insultaron e intentaron agredir a Raimon Obiols y a otros diputados socialistas. El pasado jueves, solo 300 “hiperventilados” se acercaron hasta el cordón de seguridad del Parlamento. En este caso, fueron la diputada de ERC Najat Driouech y un fotógrafo de prensa quienes recibieron los insultos de la concurrencia.

Desde que llegó a la presidencia de la Generalitat, en 1980, una de las obsesiones de Jordi Pujol fue el control de los medios de comunicación privados –con subvenciones, publicidad, concesiones y préstamos- y la creación de un potente aparato de medios públicos a su servicio (TV3 y Catalunya Ràdio). Los dos principales editores de aquella época, Javier de Godó y Antonio Asensio, estaban directamente comprados.

Por eso, la reacción de la prensa catalana ante el escándalo de la quiebra de Banca Catalana y la subsiguiente querella de la Fiscalía contra sus responsables, con Jordi Pujol al frente, fue de absoluta sumisión a los dictados que emanaban del Palacio de la plaza de Sant Jaume. El periodista que, de manera más incisiva, denunció las irregularidades de Banca Catalana, Alfons Quintà, entonces corresponsal de El País, fue sobornado nombrándolo director de TV3.

Los trapicheos de Laura Borràs para favorecer a su amigo Isaías Herrero, condenado posteriormente por tráfico de estupefacientes y de moneda falsa, han sido ampliamente recogidos y explicados por los medios de comunicación catalanes, sin censuras ni presiones. La única presión de la cual ha quedado constancia es la que, de manera histérica, ejerció el diputado Francesc de Dalmases –uno de los “lauristas” más acérrimos- contra la periodista del programa FAQS de TV3 que gestionó la entrevista que se le hizo a la ex-presidenta del Parlamento el pasado 9 de julio.

Hablo por experiencia propia: los pocos periodistas que osamos poner la nariz en las cloacas de Banca Catalana y que intentamos explicar este fiasco financiero, que provocó grandes pérdidas económicas a miles de pequeños accionistas, fuimos condenados al ostracismo más absoluto. Esto, sin duda, ha marcado nuestras vidas profesionales.

Afortunadamente, ahora hemos conseguido dar la vuelta a la tortilla. La actitud impropia de Francesc de Dalmases contra la periodista Mònica Hernández ha merecido la repulsa más absoluta de la profesión periodística catalana y de la práctica totalidad de los diputados del Parlamento. Incluso el Grupo Ramon Barnils, formado por periodistas independentistas, lo ha expulsado de sus filas.

Hay un hilo conductor evidente que conecta a Jordi Pujol con Laura Borràs. Se trata de dos personas con voluntad de liderazgo, hipernacionalistas y que han creado a su entorno un movimiento populista fanatizado. Es más: como presidenta de JxCat, Laura Borràs es la heredera política de la extinta CDC, el partido fundado por Jordi Pujol en 1974 y que fue liquidado tras los numerosos escándalos de corrupción que lo carcomieron y destruyeron.

Jordi Pujol supo ganar –gracias a los grandes recursos económicos que gestionaba como presidente de la Generalitat y a la sólida alianza que mantenía con el rey Juan Carlos I- la “guerra” política, mediática y judicial que se desató a raíz de su imputación por la quiebra de Banca Catalana. Laura Borràs, en espera de la sentencia que acabe dictando el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) por su caso de corrupción en la ILC, ya ha perdido las batallas política y mediática.

Jordi Pujol aprovechó su “martirologio” por el “affaire” de Banca Catalana para cohesionar y fortalecer su autoridad. En cambio, la imputación de Laura Borràs y la inminente celebración del juicio oral, han debilitado su liderazgo en JxCat, donde ha quedado en franca minoría. Más allá de la solidaridad formal que recibe de los dirigentes de la formación que preside, ya ha quedado claro que JxCat no romperá el gobierno con ERC y que su sobreactuación impostada no merece ningún tipo de credibilidad.

No es lo mismo el discurso que pronunció Jordi Pujol el 30 de mayo del 1984 desde el balcón del Palau de la Generalitat ante miles de enfervorizados seguidores (“El gobierno central ha hecho una jugada indigna. Y a partir de ahora, cuando alguien hable de ética, de moral y de fair play, hablaremos nosotros, no ellos”) que el que hizo el pasado jueves Laura Borràs ante los periodistas, en su despedida del Parlamento, cuando acusó a los miembros de la Mesa del PSC, ERC y CUP de haber “venido vestidos de jueces hipócritas”.

Laura Borràs, la más independentista de los independentistas, ha hecho un daño irreparable al independentismo. La corrupción, siempre la corrupción. Este es el estigma que determina y embarra el movimiento que, desde 1980 hasta nuestros días, entronca al pujolismo con el laurismo, ahora definitivamente residual.

 

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