Disolver el miedo en purpurina

Una joven de 19 años fue víctima la madrugada del jueves al viernes de una violación. Dos chicas la encontraron en la zona de la Mar Bella de Barcelona, en las proximidades de donde se celebra el Primavera Sound, sin ropa interior, con la camiseta llena de sangre, la nariz y la mandíbula rotas y señales de haber sufrido una agresión sexual. A esta chica, que espero que se recupere pronto de las heridas físicas, unos energúmenos le han destrozado la vida. Le han causado daños que serían evitables si la sociedad fuera por el camino que debe ir y no por los umbrales de la degradación moral, del individualismo y la frivolidad.

¿Por qué lo digo esto? Porque este no es un caso aislado. Sus victimarios no son monstruos que se ha encontrado por el camino de noche. Forman parte del cada vez mayor grupo de hombres y chicos que no ven problema al actuar de esta manera. Incluso lo encuentran divertido. Han mamado la violencia y sumisión del porno -que nos intentan vender como empoderante para la mujer-, que han visto y quizás, casi seguro según las encuestas, han comprado sexo como quien compra un bocadillo. Que han vivido con los mensajes contradictorios de la sociedad en la que vivimos actualmente, que nos sexualiza, que nos convierte en objetos a comprar con una simple transacción económica, que frivoliza las relaciones sexuales y las afectivas, que tilda a los críticos de puritanos.

Un punto lila es un punto de información, sensibilización y asesoramiento sobre las agresiones sexuales en espacios de ocio nocturno, y en caso de que exista alguna, acompañamiento para las posibles víctimas. En el Primavera Sound lo había, como es obligado en entornos de ocio nocturno, o así se hacían llamar. Porque si nos fijamos en el stand veremos que lo que se encontraba eran unas luces de colores que nos decían que «Nobody is normal» y varias perlas: «Libertad sexual, disidencia sexual o somos los raritxs, somos las maricas, somos las putas, el consentimiento es sexy». Este stand lo que es, es un punto de publicidad narcisista, con eslóganes de autoayuda barata, frívola y bien rellena de purpurina, que no responde a las necesidades por las que nacieron los puntos lilas, que no se adapta a la realidad de los problemas reales actuales y que no hace ni la función de punto contra los delitos de odio, que también existen.

Imaginémonos por un momento que somos una mujer que ha sufrido una agresión sexual. ¿En serio deberíamos ir a un stand de luces de neón que va dirigido a «las putas» a explicar qué nos ha pasado? ¿Nos sentiríamos seguras? La respuesta es no. No porque lo que hace este stand es frivolizar la cruda realidad de lo que sufren muchas, la gran mayoría, de mujeres, que todavía seguimos temiendo ir solas por la calle sin que se ponga solución.

Nos llenamos la boca de la palabra «derecho». Es mi derecho, es nuestro derecho. Son los derechos humanos. Y yo me pregunto, ¿y dónde están nuestros deberes? ¿Han desaparecido, como lo hicieron en muchas escuelas, no fuera que enseñáramos a nuestros hijos e hijas la importancia de ser responsables? ¿Por qué somos tan narcisistas como para hablar de derechos humanos? Si lo que estamos demostrando es que los humanos llevamos en realidad en nuestro interior la creencia de la ley del más fuerte y que la «civilización» se dirige al futuro siguiendo la ley de la jungla.

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