Marruecos, un vecino incómodo

El martes, mientras un Barça renqueante medio se aseguraba el subcampeonato de la liga española, el ministro de Asuntos Exteriores de España, José Manuel Albares, cenaba en Marrakech con su homólogo marroquí, Nasser Bourita. Se desconoce el menú, si tomaron tajín o se decantaron por un manjar más occidental. Salvo los entrantes -el acuerdo de apertura de fronteras en Ceuta y Melilla-, poco más se conoce del menú de la conversación, hablarían de espionaje o del festival de Eurovisión -Marruecos no participa, aunque podría-. Mucho se habla del espionaje a los independentistas, que habría autorizado -al menos en parte- un juez, y poco del vínculo marroquí de los espiados del gobierno español -se espió al presidente Pedro Sánchez y a los ministros Margarita Robles (Defensa) y Fernando Grande-Marlaska (Interior) y al menos lo intentaron con Luis Planas (Agricultura y exembajador en Marruecos)-.

Las intrusiones a los dispositivos de Sánchez y compañía se produjeron en plena crisis diplomática con el reino alauí tras la hospitalización del líder del Polisario en España y la posterior entrada masiva de inmigrantes por Melilla. Por otra parte, cuando el ministro de Presidencia, Félix Bolaños, compareció para anunciar que los teléfonos de Sánchez y Robles también habían sido espiados, habló de ataque «externo», sin precisar más. Existe un informe sobre el programa de espionaje Pegasus, que ha publicado el diario The Guardian, que apunta a Marruecos. También existe una denuncia en el juzgado, interpuesta por el gobierno español. Nada más. Todo ello, coincidiendo con el volantazo que el gobierno de Sánchez hizo recientemente sobre el tema del Sáhara Occidental, plegándose a las tesis autonomistas de Marruecos. No es baladí que el líder de la oposición española, Alberto Núñez Feijóo, preguntará el miércoles a Sánchez si su independencia está comprometida por la información robada.

En clave local, Sánchez ha servido en bandeja de plata a Esquerra la cabeza de la directora del CNI, Paz Esteban. Previsible. Quiere así aplacar a los republicanos y recuperar la estabilidad para acabar la legislatura en paz. ERC, quiere y duele. Aunque han dejado de decirlo en voz alta, los republicanos ambicionan una pieza de caza mayor, Robles. Las elecciones andaluzas lo hacen inviable; después, cuando amaine la tormenta, todo es posible. Por otro lado, mientras Sánchez dedica tiempo y esfuerzo a contentar a la periferia, suenan tambores de guerra dentro de casa. Podemos, socio de los socialistas en el gobierno español, comienza a mostrar síntomas de agotamiento y requiere atención. Con el agua al cuello, Sánchez no da abasto; mientras saca agua a proa, se le inunda popa. Y ya se sabe que, en política, después de la tormenta… llega otra.

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