El hundimiento del Moskva enfrenta a Putin con la realidad

En las últimas semanas las olas han ido llevando hasta las playas de Odessa las gorras de los marineros del Moskva, el buque insignia de la flota rusa del mar Negro. Una de las joyas de la corona de la armada de Putin. El 14 de abril se hundió después de recibir el impacto de dos misiles neptuno. Solo una cincuentena de los 510 miembros de la tripulación pudo ser rescatada por un barco turco; que les trasladó a Sebastopol. Del resto no se sabe nada. Oficialmente Rusia sólo reconoce a un muerto, el alférez Ivan Leonidovich Vakhrushev y 27 desaparecidos. Del resto ninguna noticia.

A las pocas horas de conocerse el naufragio la página VKontakte, el equivalente ruso en Facebook, se llenó de mensajes de familiares de los tripulantes preguntando por su destino. Muchos de ellos también escribieron a las oficinas locales de reclutamiento y a la comisaría militar de Simferopol, en Crimea, sin obtener ninguna respuesta convincente. Una respuesta difícil de dar cuando buena parte de la tripulación estaba formada por soldados de reemplazo que, según la normativa del ejército ruso, nunca deberían entrar en combate ni estar en un crucero que cuando recibió el impacto de los misiles neptuno se dirigía a Odessa para dar cobertura a una operación de desembarco de paracaidistas para capturar la ciudad.

Son bajas difíciles de esconder. La ocultación de los fallecidos ha sido una de las obsesiones del sátrapa del Kremlin y sus secuaces, hasta el punto de llevar al frente crematorios móviles para deshacerse de los cadáveres. Recuerdan que las madres rusas terminaron siendo determinantes en la retirada de la URSS de Afganistán. Ahora, cuando todo parece indicar que ya se llevan más muertos que en aquella guerra, estas madres comienzan a preguntarse de nuevo.

La revista Meduza, calificada por el gobierno de Putin como una «entidad rusa que actúa como agente extranjero» recoge las declaraciones de algunas de ellas como Iulia Tsyvova, madre de Andreu Tsyvov, de sólo 19 años, quien asegura que no puede obtener ninguna información sobre su hijo: “nadie dice nada, todo el mundo se calla. Pedí que me explicaran qué significa ‘desaparecido’; me dijeron que, simplemente no estaba en el servicio ni en el hospital”. Tsyvova asegura que en el Moskva había entre 200 y 300 reclutas. También dice que sabía que su hijo participaba en operaciones militares, pero nunca se atrevió a presentar ninguna queja “temía que fuera torturado allí o algo así; por lo tanto, me callé”.

Las preguntas de las madres que han perdido a sus hijos no es la única realidad incómoda a la que debe hacer frente Putin. El Moskva era un buque antiguo, que había entrado en funcionamiento hace ya más de 40 años, en 1978, y que en 2018 tuvo que ser sometido a una reparación profunda, que quizás no ha sido tanto. Según fuentes ucranianas, el dinero que quedó después de hacer frente a los gastos que genera la endémica corrupción rusa permitió repintar el barco, pero no llegó para mejorar mucho su sistema de radar ni sus defensas antimisil.

Esto explicaría la detención a los pocos días del hundimiento del almirante Ígor Ossipov, comandante de la flota del mar Negro. Según medios rusos, un grupo de hombres vestidos de civil se presentaron en su casa y se lo llevaron. Unos días antes del inicio de las hostilidades Ossipov aseguraba haber comprobado personalmente la eficacia en combate del crucero Moskva e informó de su capacidad para repeler cualquier ataque con misiles.

El hundimiento del Moskva ha dejado en punto muerto las frágiles conversaciones entre Rusia y Ucrania. Para Putin es imposible aceptar una paz que no pueda venderse como una victoria. La ofensiva en el Dombass avanza, pero no a la velocidad que desearía y el ejército ucraniano hace lo impensable, que es golpear en territorio ruso, en Belgorod y otras ciudades, donde bombardea depósitos de combustible y de municiones para cortar la cadena de suministro de los ocupantes. Su sueño de destruir el puente de Kersch que une la península de Crimea con el Cáucaso no parece un quimera. Mariúpol aguanta de forma agónica.

El 9 de mayo se acerca y Putin no tiene ninguna victoria que proclamar. La rumorología especula, cada vez con mayor fuerza, con la posibilidad de que aproveche la conmemoración de la victoria soviética contra el nazismo para anunciar una movilización general.

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