Una normalidad que no debería ser normal

Dicen que hemos vuelto a la normalidad. Se refieren, nos referimos, a que hemos vuelto a estar, como sociedad, en el mismo lugar donde estábamos antes de que en marzo de 2020 se decretara el estado de emergencia en España por la epidemia de la Covid-19. Ya no es obligatorio llevar mascarilla en la gran mayoría de recintos interiores, los espectáculos deportivos y culturales ya no cuentan con aforos limitados, en las unidades de cuidados intensivos del hospital se ha reducido mucho el número de pacientes afectados por la pandemia, los trabajadores vuelven a sus oficinas y fábricas, vuelven las clases presenciales y los turistas y las calles de las ciudades se llenan de gente por Sant Jordi…

Todo muy bonito pese al temor de que el relajamiento de las medidas de seguridad sanitarias no nos haga dar marcha atrás en el reencuentro con la forma como funcionábamos hace dos años largos.

Pero volver al pasado, recuperar esa normalidad es darnos de bruces con una realidad que no debería ser normal. Es la normalidad de los cientos de miles de catalanes que viven en situación de pobreza o en riesgo de caer en ella, de los cientos de miles de niños que necesitan las comidas gratuitas de los comedores escolares para no pasar hambre, de los desahucios por impago de alquileres o hipotecas que no cesan, de los miles de personas que duermen en la calle, de las peleas por la lengua que hablamos unos u otros (¡peor aún! Estas peleas se han agravado), de la gran diferencia entre la esperanza de vida en unos barrios y otros, de las colas de espera en la sanidad pública, de la violencia de género (que no se detuvo durante la pandemia, más bien al contrario), del racismo institucional y el particular, de la discriminación de las personas con discapacidad, de la explotación de las personas (sobre todo mujeres) que limpian los hoteles, nuestras casas o cuidan a nuestros ancianos,…

Y si subimos un escalón y miramos al mundo más allá de nuestra comunidad, la nueva normalidad es la vieja normalidad de los desequilibrios brutales entre la riqueza y la calidad de vida entre el Nord i el Sud, de guerras como la de Ucrania y de tantas como estos días hemos olvidado zarandeados por la terrible invasión rusa, de dictaduras que prohíben todo tipo de libertades, que encarcelan, torturan y matan a los disidentes, de tantos países donde todavía está vigente la pena de muerte, de los estados que penalizan, en ocasiones hasta la pena capital, las prácticas homosexuales y de quienes no combaten las ablaciones genitales de las chicas, de los beneficios económicos espectaculares de empresas que juegan con nuestra salud, como las farmacéuticas o las extractivas, de los evasores y de los paraísos fiscales, de los dirigentes políticos que cierran los ojos a la emergencia climática y de los…

Podría seguir. Podríamos seguir.

La normalidad previa en marzo del 2020 no era justa. No debería ser normal.

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