«El pujolismo es hijo de la decadencia del tejido productivo catalán»

Entrevista a Pepe Ribas

Pepe Ribas

Agitador cultural, escritor y fundador de la revista Ajoblanco. Estudió Derecho en la Universidad de Barcelona y se congratula de haberse mantenido siempre independiente. Ha publicado dos novelas: “El rostro perdido” (Plaza y Janés), y “Encuentro en Berlín” (Ediciones Destino), que acaba en Ucrania. También es autor de la “Crónica del underground y la contracultura”. Ahora trabaja en la revisión de “Los 70 a destajo”, y en un libro, sobre el “Año en que cambió todo”.

El primer Ajoblanco se edita, digamos, avant la lettre de lo que estaba por venir en España ¿Qué aires os impulsaron a dar aquel paso?

En Barcelona y, en general, en Cataluña, el franquismo acabó antes. En primer lugar, porque había tejido productivo real, que estaba unido a Europa, y también porque, siendo un lugar de frontera, la gente viajaba. Yo fui a Londres en el 68. Tenía 16 años y me quedé atónito. Ibiza, las playas hippies… Empiezas a leer libros, unos que llegaban de Sudamérica, y otros que publicaba Kairós, una editorial muy prematura, que desde el 69 publicaba textos contraculturales. En la Universidad, fuimos una generación que rompimos con el comunismo, poque no queríamos que nadie nos dijera cómo teníamos que vivir, cómo teníamos que vestir o qué teníamos que leer. Nos hicimos independientes, hicimos una serie de reivindicaciones, no fueron asumidas, y salimos disparados de las aulas, para crear nuestros propios mundos. Porque lo que queríamos no era cambiar el poder, sino la vida cotidiana. Y eso fue lo que hicimos: vivir de otra manera. Romper con los padres autoritarios, lo fueran o no. Pero había ese tufo franquista de disciplina, jerarquía… Y todo esto lo rompimos. Estaban los primeros músicos progresivos de Sevilla (otra ciudad fronteriza con el Tánger de Paul Bowles y los beatniks), que conectaron con los catalanes de Máquina y Pau Riba. El primer festival de música progresiva al aire libre se celebró en el 71 en Granollers, asistieron 5.000 personas y cantó Family. Lo primero que pasó en España fue música, ácidos y hippies. 

En cualquier caso, este movimiento, al igual que ocurría por otras latitudes, parecía estar connotado más bien por una gran diversidad que por lo contrario…

No teníamos apellido. Nadie sabía de dónde salía, porque no nos unía la ascendencia social, sino la necesidad de vivir de otra manera, y encontrar la libertad. La libertad mental, la primera, y para que esto exista ha de haber experiencia. La contracultura es acción, no obra. Aquí hay una gran confusión, poque un poeta, cuando crea, puede ser undergroud, pero si lo hace solo no es contracultural. La contracultura necesita formas de vida alternativas al sistema: vivir en comuna, practicar el trueque, ser totalmente fraterno, no tener autoría, crear en grupo…

¿Fue la Barcelona de la época el gran caldo de cultivo del aquel alumbramiento contracultural?

En aquella Barcelona había guetos por todas partes que, en las Ramblas, el Barrio Chino y el Borne, era total. Era una zona liberada. En el 72, cada noche, te podías encontrar en las Ramblas a García Márquez, sentado en una silla, explicando que la creatividad sale de las barras de bar y de hacer periodismo. Y al otro lado, a Lluís Llach, que empezaba a cantar y te decía que se iba a París, porque en Barcelona le prohibían los recitales. Había personas, inquietudes. Barcelona era la capital cultural de España, porque allí estaban los hijos de esa clase social burguesa y artesana. Culta, en parte catalanista, que habían mantenido las bibliotecas en casa, pese a la guerra y el franquismo. Había un poso cultural. Se hacían festivales de cine en Perpiñán, Canet, Prada… Barcelona tenía editoriales como la de Carlos Barral. Habían venido los sudamericanos. Estaba la Nova Cançó, los freaks, los hippies, los que iban a Formentera, se paraban en la Plaza Real y conectaban con los pintores… Había muchísimo movimiento. Y era importante Montserrat, porque algunos monjes habían estudiado en universidades americanas, y la gente joven iba allí a encuentros de arte y cultura. Ahí surgió el movimiento esplai y compañías de teatro.

¿Quizás algunos años después tuvisteis alguna forma de conexión con lo se dio en llamar “movida madrileña”?

En Madrid, había focos muy prematuros, dispersos y peleados. Estaba el mundo del cine underground, y se hacían cosas como “Arrebato”, de Borau. En el 76, a partir de las páginas finales de Ajoblanco, nace Ediciones Antípodas, de las cuales sacarán MMM y Muá, revistas que recogen el cómic madrileño. Ceesepe, en el 74-75, vende en el Rastro, y editan los fanzines fotocopiados en Ediciones del Rollo, en Barcelona. Los de Antípodas crean el piso, la comuna, de Augusto Figueroa, donde nace Premamá y la Chochu. De repente, a finales del 77, después de las primeras elecciones, hay unas peleas terribles, porque se meten los de la extrema izquierda, los partidos dogmáticos, en ese mundo. De las escisiones, surgen Kaka de Luxe y los grupos de Alaska, y por otro Sierra monta, con los Auserón, que vienen de París, Radio Futura, y Bernardo Bonezzi Los Zombies. Todos estos se vuelven punkis porque la utopía libertaria ha fracasado, porque los partidos políticos se la cargan. Luego, los punkis madrileños se vuelven de hojalata y viven de las subvenciones que da Tierno Galván.

Ajoblanco culmina una primera etapa e inicia una segunda. La vida sigue, y Jordi Pujol marca la pauta en Cataluña y Barcelona ¿Cómo se llevó la adaptación a los nuevos tiempos?

Vi venir lo que venía y huí. Me fui a Madrid, donde estuve cuatro años, con Quico Rivas, Cecilia Roth… Me lo pasé bomba, pero era vivir en pleno carnaval. Muy superficial, divertido, una fiesta de disfraces.., pero no había un contenido de cambio social, y sí mucha droga mala. El pujolismo es hijo de la decadencia del tejido productivo catalán. La industria no supo regenerarse, porque los hijos no fueron preparados para competir con Europa. Pujol se aprovecha y convierte una sociedad productiva en una de funcionarios, obedientes y serviles. Algo que nunca había tenido Cataluña. Entonces se monta una especie de mafia, de voto cautivo. Y la Caixa juega también este juego. Con lo cual hay dos centros de poder que crean una Cataluña totalmente sumisa, muy poco creativa. Maragall, como alternativa, inventa las Olimpiadas, con Narcís Serra, que es un cerebro, y Samaranch, que es un poder fáctico. Todo lo que había sido ético se convierte en estético. Entonces sale Ajoblanco, en la segunda etapa, para contrarrestar todo esto. Para decir que España no es una democracia perfecta. Viene Cojo Manteca, el movimiento universitario contra el poder, en el 87-88, y Ajoblanco se pone a la cabeza de todo esto. Junta a la intelectualidad crítica, tras la división que hubo con “OTAN sí, OTAN no”. Hacemos un periodismo mundial. El pujolismo tiene una visión pequeña del país. 

¿Y la Barcelona de hoy, la de Ada Colau, mira a aquélla de los 70, zozobra con la marea endógena o ni lo uno, ni lo otro?

No reconozco Barcelona. No sé lo que es la Colau. Hay mucho resentimiento. El pujolismo era sectario y lo de Colau creo que también, porque solamente ve una parte, no el todo. De todas formas, Barcelona es una ciudad decadente. No tiene tejido productivo. Todo el mundo es servil y va a intentar salvarse. La Colau produjo ilusión… Pero en Barcelona no hay libertad mental. Está todo tomado, controlado… No hay una élite culta. Yo era anti-élites, pero me he dado cuenta que la falta de un cosmopolitismo real, basado en una productividad real, en una creatividad real, no existe. La sociedad crítica es la que crea. Está todo muy disperso. La gente ha dejado de creer.

¿En este estado de cosas, quizás tendría mucho que decir el “procés”?

Ha ganado la Cataluña que se mira a sí misma, endogámica. Algo fatal. Pero se deriva, básicamente, de que no hay riqueza real.  La industria crea libertades, poli-grupos, centros de poder distintos, y en la pluralidad se cuelan cosas, como nosotros lo hicimos al final del franquismo. Ahora, no hay por donde colarse porque, además, el dinero ha cambiado. Y sin dinero no haces nada. En cambio, en los 70 sin dinero hacías muchas cosas. Porque el dinero era otra cosa. En las jornadas libertarias del 77, se dijo “se ha acabado la cultura burguesa y se ha acabado la cultura obrera”. Ahora, tenemos la cultura de masas ¿Quién maneja la cultura de masas? Las multinacionales y los burócratas que controlan los impuestos. Y el valor del dinero ha cambiado. Antes, con el 12% de un sueldo medio, de un empleado de Correos, se podía alquilar un piso, y ahora ni siquiera se puede con un sueldo completo. La gente de las Ramblas, los underground, con un trabajillo de dos meses, o yendo a recoger la fruta a Francia, vivían todo el año. Ahora es imposible. El turismo ha destruido las diferencias, con lo cual no hay emociones. Y sin emociones y entusiasmo somos decadentes. 

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