Dos años sin abrazos

31En uno de los últimos viajes a la Valencia de mi buen amigo Josep Antoni, mientras paseábamos por la plaza del Ayuntamiento, nos detuvieron –a nosotros y a los otros peatones que circulaban por esa plaza– un grupo de chicas que, pese a no conocernos, nos dijeron que, si no nos importaba, querían abrazarnos. No nos importó lo más mínimo, y con su abrazo, pudimos experimentar un sentimiento de fraternidad hacia aquellas chicas que habían sabido romper la etérea barrera que habitualmente nos separa de nuestro prójimo. Estoy hablando, por supuesto, de antes de la pandemia.

Se dice que los abrazos nos liberan de nuestras tensiones, incrementan nuestra autoestima y, al elevar la serotonina y la llamada hormona del amor (oxitocina), estimulan el nivel de oxígeno en la sangre y mejoran nuestra salud física y emocional. Ciertamente no todos los abrazos producen estos efectos benéficos –hay algunos que son bastante maléficos, como los que se hacen las personas que no se aman–, pero los que se parecen a los que nos hicieron en Valencia, son muy benéficos.

Hace poco he sabido que en algunas ciudades, cada 21 de enero se celebra el día internacional del abrazo, como si fuera necesario señalar un día determinado para abrazarse. Un abrazo programado no debe liberar demasiada serotonina.

En 1976 el pintor valenciano Joan Genovés representó, en una pintura justamente famosa y que hoy se encuentra en el Museo Reina Sofía, un abrazo múltiple, que quería simbolizar la reconciliación de los españoles. Sin embargo, poco antes de morir el propio Genovés decía que, aunque siempre es tiempo para los abrazos, “no me parece que ahora la gente esté tanto por abrazarse”.

El representado por el pintor Genovés era un abrazo colectivo, grupal, público, a diferencia de otros abrazos más privados, más íntimos, quizás más tristes, como los que pintó Picasso, alguno de los cuales se exhibe en el museo barcelonés que lleva su nombre. Pienso que a estos abrazos picassianos se puede referir el poeta Ángel González cuando escribe “pero nos amamos de dos en dos y nos odiamos de mil en mil”. Por su parte, el escritor uruguayo Eduardo Galeano considera que los franceses se equivocan cuando llaman “la pequeña muerte” a la culminación de un abrazo íntimo, que rompiéndonos, nos une, y al terminarnos, nos comienza. Para él esta culminación del abrazo es un renacimiento.

Hace ya más de dos años que nos vimos obligados a reprimir nuestros abrazos en público; incluso hubo momentos en los que no se abrazaban ni a los futbolistas ni a los políticos de turno, que son las personas más dadas al abrazo público que conozco. En privado, no osábamos abrazar ni a nuestros propios hijos, si ya estaban fuera del hogar paterno, y si lo hacíamos era de forma fugaz, guardando una prudente distancia, como en el llamado abrazo del puente de Londres, o como el que hacemos a algunas señoras que no quieren que las despeinemos ni desmaquillemos con nuestro contacto: abrazos al aire.

Es posible que el aumento de las depresiones ligadas a la pandemia tenga mucho que ver con esta prolongada carencia de abrazos. “Abrazo al mundo y quédome vacía”, decía la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, en un verso pensado para describir el vacío que provoca un desengaño amoroso, que es otro tipo de pandemia que recorre el mundo.

En cambio, en otras épocas menos apocalípticas, algún poeta, como Neruda, cantó el abrazo como una forma de abarcar el mundo, la naturaleza: “En tu abrazo, abrazo lo que existe […] y todo vive para que yo viva”, mientras que César Vallejo, en su poema Masa, imaginó un abrazo mundial, de todos los hombres, susceptible de provocar una resurrección, casi como en la película Ordet, la obra maestra de Dreyer: “Los vio el cadáver triste, emocionado/ incorporóse lentamente/ abrazó al primer hombre, echóse a andar”.

Otros poetas hablan de un abrazo hasta el final, que nunca afloje, o piden que el abrazo les llegue a apretar más y que les proteja. No otra cosa decía la primera estrofa de la canción que Nino Rotta compuso para la película El Padrino: “Speak softly love and hold me warm againts your heart” (Háblame bajito y abrazame contra tu corazón ).

No sé si hay muchas maneras de recuperar todo este tiempo perdido para los abrazos, pero hay uno que no falla: abrazamos a toda la gente que amamos.

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