Réquiem por Barcelona

Susana Alonso

Isabel II estuvo en Barcelona en octubre de 1988. Se entrevistó con el alcalde, Pasqual Maragall, con el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol y visitó el Museu Picasso. No era algo extraordinario. La nominación olímpica sirvió para visualizar una doble capitalidad de España, por lo que todos los jefes de Estado y de gobierno que venían de visita tenían incluida en su programa una estancia en la capital de Cataluña. Por ahí pasaban líderes mundiales como Mijaíl Gorbachov o François Mitterrand. Aquí se celebraban destacadas reuniones de la Unión Europea y se celebraban encuentros para intentar encontrar salidas a situaciones desesperadas, como la que vivió Sarajevo.

Las visitas siguieron después de los Juegos. En octubre de 1994 llegaban los emperadores Akihito y Michiko de Japón, y en abril de ese mismo año había estado en Barcelona el presidente ruso Boris Yeltsin. Venían atraídos por el dinamismo de una ciudad que quería jugar un papel en el mundo, que reclamaba su protagonismo y tenía un proyecto de transformación. Venían porque en Barcelona pasaban cosas y estaba presente en cualquier foro que diera pistas sobre hacia dónde iría el futuro. Sus alcaldes eran escuchados en Davos y Naciones Unidas.

Era una ciudad orgullosa. Que tenía ambición. Que sabía que se había hecho a sí misma a base de acoger grandes acontecimientos. Que quiso repetir la jugada de los Juegos con el criticado Fórum Universal de las Culturas, gracias al cual se pudieron dignificar barrios como el Maresme, recuperar el río Besòs y acabar con los malos olores que habitaban su desembocadura.

De esa Barcelona ya no queda nada. Empezó a morir con la llegada de José María Aznar al Gobierno. Fue su obsesión por recentralizar España la que acabó con las visitas de Estado. Fue la misma obsesión que le llevó a construir, con la connivencia del nacionalismo catalán, una red de tren de alta velocidad que convertía a Madrid en la única alma posible de España y el resto de ciudades españolas en poco más que calles de la capital. La ambición y las ideas las perdió Barcelona sola.

El sueño metropolitano se fue disolviendo en la nada justo cuando las ciudades necesitan más que nunca tener masa crítica y músculo para poder jugar un papel en el mundo. Cuesta entender que el actual gobierno municipal todavía no sea capaz de entender que temas como la vivienda o la mejora de la conectividad urbana no tienen solución fuera del área metropolitana.

Los grandes proyectos se disiparon junto al orgullo que los barceloneses sentían por su ciudad. Hoy, la gran estrella de la obra pública municipal es la conexión del tranvía por la Diagonal, ese pensamiento que le costó el cargo a Jordi Hereu. Los grandes proyectos del Estado para Barcelona son la estación de La Sagrera, que el recientemente fallecido Oriol Bohigas ya incluyó entre las áreas de nueva centralidad que debían ser el motor de la ciudad de los primeros 90, mientras la promesa de la Biblioteca Estatal hecha por el ministro de Cultura, Miquel Iceta, no es más que quitarle el polvo a un proyecto que lleva veinte años escondido en un cajón. De las propuestas de la Generalitat para la capital de Cataluña no se sabe nada desde que Quim Torra encabezó una marcha de aires mussolinianos contra la ciudad colapsando sus accesos.

Se han abandonado antiguas ideas, como aquella de la mixtura de usos para hacer convivir diversas actividades económicas en los barrios: hoy podemos ver sus consecuencias paseando por una Ciutat Vella que languidece a pasos de gigante tras ser sacrificada al turismo. Y no se han aportado otras de nuevas. Cualquier iniciativa es recibida con un no. Ada Colau dice no a la ampliación del aeropuerto o al Museo del Hermitage, pone palos en las ruedas de la candidatura de los Juegos Olímpicos de invierno. Ya se estrenó dando la espalda a los esfuerzos por acoger a la Agencia Europea del Medicamento. De la vivienda, el gran tema que la llevó a la alcaldía, nada se sabe. Los diez años de procés han hecho el resto. Muchas empresas se han ido. Quedan calles y barrios que se degradan con la ayuda de un urbanismo indigno.

Lo triste es que la ciudad tiene los elementos necesarios para trenzar un futuro brillante, pero nadie tiene el más mínimo interés en conducirla o sabe cómo hacerlo. ¡Quién te ha visto y quién te ve, Barcelona!

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