«El miedo se ha convertido en un pilar del sistema»

Entrevista a Francisco Martorell Campos

Francisco Martorell Campos

Doctor en Filosofía por la Universidad de Valencia. En 2019 publicó Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué modo recuperarla (La Caja Books). Ahora, acaba de publicar Contra la distopía. La cara B de un género de masas (La Caja Books). En ambos libros, Martorell aborda el binomio utopía-distopía con multitud de referencias a la ciencia ficción, la cultura popular y la sociedad presente. Su objetivo es revelar los presupuestos del pensamiento catastrofista preponderante para revelar sus contradicciones y falsedades.

 

¿Dónde empieza y donde termina la distopía?

Al margen de la militancia ideológica de cada obra, la distopía designa al género narrativo fundado a mitad del siglo XIX que describe con intención crítica sociedades del futuro peores que la actual. Este es el significado original de la palabra “distopía”. Sin embargo, su uso se ha ampliado tanto últimamente que ya no está claro dónde termina. A lo largo del siglo XXI, la distopía ha desbordado la esfera literaria y cinematográfica. Se hospeda en el pensamiento social, el arte y el periodismo. Hasta la manera cotidiana de percibir la realidad se ha vuelto distópica. De ahí que creamos que el futuro será peor que el presente, que estamos condenados. Y de ahí, también, que los más heterogéneos individuos aseguren que vivimos en una distopía. Algunos pensarán que, dadas las circunstancias, lo riguroso es pensar así. Pero no es cierto: esa percepción es tan sesgada como la del fanático optimista. No hace faltar ser catedrático para saber que las sociedades pasadas sufrieron tantas calamidades como las que padecemos ahora. Sin embargo, fueron capaces de crear utopías, y ver las luces y sombras de la realidad a la vez.

¿Vende quizás más el miedo que la esperanza?

El miedo vende más que la esperanza social. La esperanza individualizada sigue inspirando relatos exitosos. El problema con el miedo es que ha mutado en la única emoción socialmente disponible. A principios de los 80, Ulrich Beck dijo en La sociedad del riesgo que Occidente había entrado en un estadio nuevo, caracterizado por la sensación de miedo permanente y global. El fenómeno ha alcanzado el máximo nivel de desarrollo. El terrorismo, la crisis económica y medioambiental, la pandemia, las tecnologías invasivas y el poder de las corporaciones alimentan la impresión de que va a suceder algo terrible. A los miedos que tienen bases materiales se les añaden otros inducidos (el miedo a los menas, al “gran apagón” y demás). El resultado es un totum revolutum de amenazas que ha colonizado el imaginario colectivo. Y ya conocemos los efectos del miedo: o paraliza, o instiga a huir a la desesperada o nos pone a la defensiva. En las sociedades pasadas el miedo ya cumplía roles importantes. Pero además de miedo, tenían esperanzas comunes. Hoy carecemos de eso. Justo en esta carencia arraiga el exceso de distopías y la carencia de utopías que nos distingue. Existen, sin embargo, distopías que van más allá del miedo. La parábola del sembrador, El cuento de la criada, Hijos de los hombres o V de Vendetta contienen impulsos esperanzadores. Pero como no trazan ninguna alternativa explícita al modelo económico vigente son inofensivos.

¿Es actualmente la distopía una especie de multi-producto que reporta pingües beneficios?

La distopía tuvo un auge significativo a mitad de los años 70, pero nada comparable al de ahora. No es solo que los blockbusters y best-sellers distópicos se sucedan, sino que la distopización en curso provoca que se cataloguen de distopías a relatos que no lo son, caso de El juego del calamar (un survival típico) y No mires arriba (perteneciente al subgénero catastrofista). La distopía es una marca altamente rentable, o mejor: una industria del sistema que a veces se permite el lujo de manufacturar obras supuestamente antisistema. Lo anti-establishment así entendido parece cool. La gente cree que la distopía es una herramienta valiosa para criticar nuestra sociedad, cuando en realidad es una herramienta ideológica que la conserva. Muchas distopías de moda satanizan el colectivismo y actúan como aparatos de propaganda del individualismo neoliberal. Las que critican regímenes semejantes al nuestro se limitan, por término medio, a reivindicar el capitalismo con rostro humano. Y luego están las que se muestran tan imprecisas que son capaces de inspirar a personas de todos los espectros ideológicos. Las más progresistas tampoco trascienden la candidez de la crítica sin alternativa. La intención de mi libro en este punto es la habitual en la teoría crítica: inspeccionar las creencias dominantes (la certeza de que la distopía cuestiona y desafía al poder establecido), desvelar desde diversos frentes los supuestos erróneos o sospechosos en los que se basan y determinar a quién benefician.

¿Existen vínculos familiares entre la marea negacionista, el populismo de extrema derecha, los antivacunas y la distopía?

La distopía es políticamente plural. Hay distopías feministas y antifeministas, socialistas y antisocialistas, ecologistas y lo contrario. Otra cosa son los efectos que producen y las funciones que desempeñan en conjunto. En abundantes aspectos resulta indiferente que una distopía oscile hacia la derecha o la izquierda, o que combine elementos de los dos polos. Salvo milagro, infundirá resignación o esperanza sin contenido, sentimientos que obstaculizan la confianza en el cambio. Y sí, se han visto varios encuentros recientes entre el mundo conspiranoico y el distópico, ligados al mantra de un poder omnipresente que controla la existencia. A principio del año 2000, Matrix entusiasmó a Zizek, que vio en la película un llamamiento a rebelarse contra el capitalismo. Ahora, Matrix fascina a QAnon y a la Alt-right. Por otra parte, la máscara de V de Vendeta (icono de Anonymous y de las manifestaciones alterglobalización) ha formado parte del atrezzo de algunas convocatorias negacionistas y de extrema derecha. También la iconografía de 1984. En mi opinión, una de las razones de este aparente sinsentido es que la defensa distópica de la libertad se efectúa en contraposición a un poder tan brutal que cualquiera puede apropiarse de ella. Pero el tema es más complejo. 

Si para las distopías el futuro es el infierno, el pasado sería algo parecido al cielo. Cosa que, evidentemente, no es verdad.

La glorificación distópica del pasado actúa en diferentes niveles. Uno de ellos depende de la categoría de “Naturaleza”, fetiche de la distopía estándar. Salvo el cyberpunk y títulos específicos, el grueso del género idealiza la naturaleza, entidad que actúa como una divinidad al uso, imponiendo normas y valores a los humanos. La premisa mayor es que debemos redimirnos de los artificios de la tecnología, el consumismo y el Estado para reconciliáramos con lo natural. Semejante veredicto va ligado a la utopización del pasado rural, un pasado que, a decir verdad, fue terriblemente duro y miserable. Grosso modo, la utopía oculta de muchas distopías ha sido, desde siempre, la de regresar a la vida sencilla de antaño y abandonar la existencia artificiosa, despersonalizada y alienada de las grandes metrópolis. Más que utópico, tal anhelo es retro-utópico. Apunta a una edad de oro campestre que nunca existió, lo cual no impide que sea agitada por grupos de todo signo contra el proceso de modernización.

Como pasa con la violencia en el cine, ¿la distopía no puede estar actuando como una especie de terapia, catarsis o meta-fantasmas?

Las distopías no pueden evitar blanquear el presente. Muchas pretenden cuestionarlo, pero terminan legitimándolo. A fin de cuentas, por muy desastroso que sea el presente siempre será preferible al futuro mostrado en la novela o película. El espectador medio siente alivio por no vivir en el porvenir que acaba de ver. Las distopías de izquierdas subrayan que sus futuros horrorosos proceden del sistema capitalista. Esta variación no impide que en la comparativa que elaboran siga ganando el presente. Además de esta incidencia, hay que tener en cuenta que las advertencias basadas en amenazas futuras corren el riesgo de fomentar lo opuesto de lo que quieren: la pasividad y la indiferencia. La gente solo se activa si la amenaza es inmediata. En caso contrario, la mayoría sigue su vida con normalidad, sin alterar sus hábitos. A mi juicio, la movilización ciudadana por un mundo mejor no va a verse beneficiada por las imágenes agoreras del porvenir. Estamos saturados de ellas y ya no nos conmueven. Sería interesante ver qué sucede si en lugar de pintar el enésimo averno venidero los escritores, artistas e intelectuales pintaran cuadros inspiradores del futuro y criticaran el presente en función de estos. Gracias a la distopía conocemos lo que tememos. No hace falta insistir más. Es hora de saber lo que queremos y de cavilar formas de alcanzarlo.

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