Kansas vuelve a Canet de Mar

Susana Alonso

Hubo un tiempo en que decir Canet de Mar era decir libertad. El Festival Canet Rock, que se inauguró en 1975 y se prolongó durante los tres años siguientes, se caracterizó por esa ansia infinita de vida que trajeron los últimos estertores del franquismo y los comienzos de una tímida democracia. Aires libertarios que le llevaron, en algún momento, a chocar con la Autoridad: en 1978 la organización tuvo que pagar una multa de 500.000 pesetas de aquel entonces por “agravio contra las creencias religiosas”. ¿El motivo? El cartel, juzgado blasfemo, que diseñó Pau Riba  para el evento. En 2014 se reflotó el festival, pero todos sabemos que nunca pasa la misma agua bajo el puente, y que cada cosa es hija de su tiempo. Canet Rock tuvo su época y ahora es otra historia.

Hoy, sin embargo, en Canet de Mar está en peligro la libertad. Es más: aunque puedan acusarme de “banalizar” el término, hoy en Canet anida la sucia serpiente del fascismo. La cosa se resume así: la familia de un niño de cinco años pide un 50% de las horas lectivas en castellano y el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) dicta, como medida cautelar, que se imparta el 25% de la enseñanza en esa lengua. La Generalitat recurre la decisión y el Supremo desestima el recurso. Nótese que ese 25%  es un porcentaje casi tímido dada la enorme importancia del castellano en Cataluña (es la lengua materna de más de la mitad de la población y las leyes lo proclaman cooficial), pero tanto da: el universo nacional-secesionista se rasga farisaicamente las vestiduras y lanza su Anatema contra la familia. Y es que detentar el 75% de las horas lectivas nunca es suficiente, es que los niños castellanohablantes no pueden (¡no deben!) tener derecho ni siquiera a ese pírrico 25 por ciento, que apenas sumará unas pocas horas a las ya pocas que reciben en su idioma materno. La intolerancia se suma así a la más absoluta mezquindad.

El Anatema, claro está, se ejecuta puntualmente mediante la correspondiente lapidación digital: en Twitter, Albert Donaire -portavoz de Mossos per la Independència, que llegó a ser candidato en una lista de JuntsxCat- propone: “este niño se ha de encontrar absolutamente solo en clase. Las horas que se hacen en castellano, los otros niños habrían de salir de clase”. En la misma red @maitelago va más allá y pide “apartheid a la familia que quiere destruir nuestra escuela y nuestro modelo. No son bienvenidos, dado que no estiman a CAT. Ya pueden irse por donde hayan venido”. Pero el clímax se alcanza con el tuit de Jaume Fàbrega quien, lejos de ser un iletrado, es escritor y consultor gastronómico: “Me apunto a ir a apedrear la casa de este niño! Que se vayan fuera de Cataluña. No queremos supremacistas castellanos que nos odian”. Y la guinda la pone el digital independentista Llibertat.cat, que difunde la identidad del padre.

Esto, señores, es fascismo. Lo extraño es que no estamos en la atrasada Kansas de los años cincuenta, donde la familia de una niña –Linda Brown– fue también señalada por desafiar al sistema educativo, al querer escolarizar a su hija negra en un colegio segregado, de niños blancos. No. Estamos en el siglo XXI, el siglo de la Inteligencia Artificial (AI), de la última gran revolución feminista. Y en uno de los territorios más prósperos y con mayor nivel de autonomía de España. Y sin embargo, Kansas parece querer regresar. En Canet de Mar, la misma agua de la intolerancia vuelve a pasar bajo el puente.

Quiero creer que no toda la comunidad nacional-secesionista es así, pero en todo caso es culpable por no condenar y desautorizar a sus miembros más miserables y exaltados. Por no querer ceder ni un ápice de su monopolio educativo. Y culpable de cinismo infinito es el gobierno catalán, que se postula como defensor de la “convivencia” al tiempo que incita a desobedecer la Sentencia y evita condenar esta campaña y reunirse con la familia víctima de ella. Ah, pero su consejero de Educación sí puede llevar a sus hijas a un colegio donde se imparte el 25% de clases en castellano.

El Roto dibujó hace tiempo una viñeta que retrata perfectamente esta trama, digna de figurar en la Historia Universal de la Infamia, de Borges. Un talibán de barba prominente, con un telón de montañas detrás, proclama: “A vuestros talibanes no les reconocéis porque no llevan turbante”. Pero poco a poco se nos van cayendo las vendas: quienes estos días denigran la iniciativa de la familia de Canet suelen decir que desde el año 2004, únicamente 80 familias sobre más de un millón y medio de estudiantes anuales han pedido la escolarización en castellano”.

Ahora ya sabemos por qué.

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