¿Seremos lo suficientemente valientes para hacer lo que hace falta?

Susana Alonso

Pocos meses antes de llegar a los dos años de pandemia, y con la perspectiva del paso del tiempo, es una evidencia muy clara que los efectos de la covid-19, aún por ver totalmente, se han multiplicado gracias a un entorno global de desigualdades amplias y profundas dentro de los países y entre ellos. Las políticas de austeridad de la última década han debilitado estructuras y sistemas de salud públicos, y un liderazgo internacional débil e interesado, si no directamente negligente, ha impactado de lleno en una gestión global de la pandemia muy lamentable, que no ha hecho sino empeorar la situación.

Son tiempos excepcionales. Pero, ¿estamos a la altura del desafío que se nos plantea? Si algo ha hecho la pandemia, es poner al descubierto las devastadoras consecuencias de un abuso estructural e histórico del poder. La pandemia tal vez no defina quiénes somos, pero sin duda sí ha puesto en evidencia lo que no debemos ser.

Inmersos en la sexta ola y la expansión de nuevas variantes de la covid, el mayor escándalo es el que tiene que ver con la vacunación. Los países ricos, de la mano de las grandes empresas farmacéuticas, están ejerciendo casi un monopolio del suministro mundial de vacunas, dejando que los países con menos recursos se enfrenten casi a pelo a las peores consecuencias para la salud y los derechos humanos.

¿Por qué no llegan las vacunas a los países de renta baja o media-baja? La causa es estructural: mientras millones de personas mueren y pierden sus medios básicos de subsistencia, se multiplican los ingresos de las grandes farmacéuticas que fabrican y distribuyen las vacunas, también de los gigantes tecnológicos y de las bolsas mundiales.

¿Cuál es la propuesta de estos actores para asumir la parte que les toca del coste de la pandemia para garantizar salvar vidas y una recuperación justa y equitativa? Tras la sacudida de la crisis de 2008 y ahora de la pandemia, ¿cómo es posible que la economía global todavía tenga como fundamentos que quien más tiene es quien menos da?

La cooperación internacional sigue frágil. Tenemos un sistema multilateral débil (la eterna crisis de Naciones Unidas, que pide una reforma a gritos), un sistema condescendiente con los poderosos y que apenas protege a los débiles; un sistema incapaz de potenciar la solidaridad mundial.

Si todavía no lo sabíamos, la pandemia confirmó que las instituciones políticas internacionales no están a la altura del reto ni del propósito global al que dicen servir. El mundo, por ahora, es incapaz de cooperar eficaz y equitativamente ante una gran emergencia global como la que vivimos. Así es difícil evitar la sensación de peligro permanente cuando miramos hacia delante y contemplamos una crisis de una magnitud muy superior para la que no hay vacuna posible: la crisis climática.

¿Qué hacer, pues, para revertir esta situación tan crítica? Es necesario favorecer la rendición de cuentas por los abusos de derechos humanos y replantear de arriba abajo la relación con nuestro hábitat, el medio ambiente, la economía. Las autoridades deben acelerar la producción y distribución de vacunas en todo el mundo para frenar la aparición de nuevas variantes más contagiosas.

O salimos todos juntos de ésta, o no saldremos de ningún modo. Es necesario que los gobiernos pongan fin a una agenda enfocada a aumentar la «seguridad», que defiende como falsa normalidad unos poderes ejecutivos y policiales excepcionales que podrían convertirse en permanentes: hay que desmantelarlos. Una recuperación justa y sostenible pide reajustar los regímenes de fiscalidad pública en todo el mundo: es necesario movilizar los recursos públicos necesarios para hacer efectivos los derechos económicos y sociales (educación, salud, trabajo).

Es necesario reformar la gobernanza global y redefinir el propósito de las instituciones internacionales. No podemos aceptar el enfoque selectivo de algunos estados, que cogen la guinda del pastel, lo que más les interesa de la gobernanza global (globalización económica, crecimiento) y dejan de lado los ingredientes más incómodos, como los derechos humanos, la rendición de cuentas y la transparencia.

La pandemia nos da muchas lecciones, pero también nos señala el camino de lo que hay que hacer y lo que no, para hacer posible el disfrute de los derechos humanos.

¿Tendremos la valentía suficiente para verlo y hacerlo a gran escala y a buen ritmo?

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