Metaverso Puigdemont

¿Qué quieren que les diga? Sinceramente, creo que la idea del metaverso es Puigdemont quien se la ha dado a Mark Zuckerberg. Harto el primero en darse cuenta de que está más solo que la una, que ya no pinta nada, ha decidido contactar con el creador de Facebook para manifestarle que ya no aguanta más, que hace falta una solución «realista» a la su situación, que tenía una idea de «república digital» y que esta debe materializarse de alguna manera. Como pueden imaginar, Zuckerberg no le ha hecho ni caso. Se habrá preguntado quién es este que clama en el desierto, que se autodefine como presidente y que juega al ratón y al gato con la justicia. Bien, considero que ni eso.

Puigdemont y sus acólitos han abierto los ojos al conocer las posibilidades del metaverso. La tan deseada república sería una realidad que ellos no verían como virtual, está claro, sino que abarcaría todas las aspiraciones de una parte de la sociedad catalana que lleva años deseando separarse de todos y de todo. La creación de este universo no sería asamblearia; esto sería parecerse demasiado a la CUP. Pero todo el mundo estaría de acuerdo. Esto ya lo ha hecho muy bien Puigdemont, rodearse de gente fiel y sin dudas. Los inseguros y escépticos están ya todos fuera. Así que sería fácil crear un metaverso de la república catalana.

Opino que, ante este hecho histórico, necesitarían gente calificada y bien pagada en la Cataluña real para montar la nueva Cataluña, la real para ellos y ellas. Naturalmente, no habría que buscar demasiado entre los miembros del Consejo de la República, sino que sería suficiente con pedirles que hicieran un proyecto como dios manda de la nueva nación. Viendo sus currículums se vislumbra el éxito de la tarea. Hay especialistas en la lengua (catalana, por supuesto), economistas, historiadores y Lluís Llach. También algunas personas que solo tienen currículum político, cargos institucionales que llenan la página sin estudios conocidos, pero que seguro que aportarán su granito de arena con el fin de conseguir el objetivo de una «Cataluña de todos y todas». Entre ellos, una sabadellense (perdonen que mire hacia casa), Carme García y Suàrez (con acento abierto en la letra a, que esto es sinónimo de buen catalán). Una política que ha dado más vueltas que una peonza, aunque seguro que dejará una huella muy valiosa. Me siento tan orgulloso… Yo añadiría a Pilar Rahola. No se entendería un nuevo país sin Rahola porque ella sí daría ese empuje, esa visceralidad, que hace fuerte a una nación.

Y bueno, lo demás sería muy fácil. Una constitución a medida, donde el catalán sería la única lengua, donde la ratafía sería la bebida oficial, donde no existirían los Mossos, donde no habría empresas contaminantes, donde el presupuesto íntegro sería destinado a abrir embajadas en todos los países del mundo, donde se intentarían solucionar los problemas de los barracones, de la sanidad, del cambio climático, pero donde no faltarían las misas, el Virolai y Els Segadors en todos los actos institucionales. La estelada ondearía en todos los ayuntamientos, a las entradas y salidas de las ciudades, en el Liceu y en el Palau Sant Jordi y no existirían las fronteras. De hecho, en el metaverso, estoy convencido de que se obviarían las fronteras con España. ¿Qué he dicho? ¿España? No, no. España ya no estaría dentro de esta realidad. Aquí no caben ni ñordos ni democracias fallidas. Puigdemont también renegaría de Europa y, por tanto, podría poner a Catalunya junto a países amigos, Rusia, Bélgica, Eslovenia o Kosovo. Ahora bien, más al norte, que el sur tiene ese tufillo de vagancia y de ociosidad que echa para atrás.

Y no olvidemos que los urbanistas de la nueva catalanidad podrían contemplar la posibilidad de eliminar ciudades como Badalona, Hospitalet, Sant Adrià del Besòs, Santa Coloma de Gramenet o Sabadell, aunque aquí sí, Carme García se indignaría y no lo permitiría. Y los 11 de septiembre ya no serían un día reivindicativo. Como buenos catalanes, todos participarían en el desfile sin tanques, porque es sabido que somos un pueblo pacífico. Invitarían a estadistas de todo el mundo que aplaudirían el nacimiento de esta nación.

Susana Alonso

Los más contentos de todos serían los miembros del Institut Nova Història.

Por fin podrían decir que Colón, Beethoven y Santa Teresa de Jesús son catalanes sin que nadie los tachara de chiflados.

¡Qué ganas que tengo de verlo todo!

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