«En Cataluña hay un particular miedo a discrepar»

Entrevista a Ricardo García Manrique

Catedrático de Filosofía del Derecho, en la Universidad de Barcelona. Escritor. Especialmente interesado en la teoría y la historia de los Derechos Humanos.  Entre sus libros, los ensayos La libertad de todos (El Viejo Topo) y Se vende cuerpo (Herder), y las novelas Un día sin Teresa y La mujer dormida (Piel de zapa). Forma parte de Universitaris per la convivència y de Impulso ciudadano.

¿Qué se siente cuando, en un Claustro, se es insultado, los compañeros se callan, y el Rector da a entender que comprende más al insultador que al insultado?

La reunión era telemática y yo estaba en mi casa. Aun así, sentí soledad por la falta de apoyo de mis colegas y del Rector (como presidente del Claustro), y también tristeza. Hay que decir que no era un insulto directo (tú eres un tal…), sino indirecto, lo cual lo hacía más insidioso. Se describía lo que yo había hecho (cuestionar la legitimidad del Claustro para emitir declaraciones partidistas) y se tachaba esa actitud mía y de algunos compañeros como “fascista”. Era una forma de descalificar al que piensa de otra manera. No me lo tomo como un insulto personal, sino como un acto antidemocrático y degradante para la universidad.

Cosa que, claro, se deriva de un caldo de cultivo totalitario, propio de los nacionalismos…

Se puede explicar de este modo: él, o ellos, se sienten tan cerca de la verdad y te perciben a ti tan lejos de ella que consideran que no mereces ningún respeto. El insultante y los que piensan como él están completamente convencidos de la justicia de su causa y del error y la mala intención de quien no la comparte, puesto que no les cabe en la cabeza que una posición distinta de la suya pueda defenderse de buena fe. Esto sucede con frecuencia en el ambiente de polarización política en que vivimos, todavía más acentuado en Cataluña por obra de la dialéctica amigo/enemigo que impone el nacionalismo.

¿Resulta una agravante que esto ocurra en un contexto universitario?

Sí, porque siempre se ha considerado que la universidad es una sede privilegiada del foro público, donde han de reinar, más que en ninguna otra parte, la razón y los argumentos, y donde no cabe ni el insulto ni mucho menos la coacción. Es un síntoma de que la intolerancia está contaminando también los campus, y no se trata de un fenómeno aislado. En la Universidad de Barcelona se ha boicoteado un acto de homenaje a Cervantes al grito de feixistes fora de la universitat. En la Autónoma, hace unos días, se ha impedido por la fuerza que unos estudiantes expresen públicamente sus ideas, y no es la primera vez ni la segunda. Todo esto supone despreciar los valores y la forma de trabajar y relacionarse que son propios de la universidad, aunque a los rectores catalanes parece no preocuparles mucho, porque siempre se quejan de otras cosas, nunca de esto.

¿Y por qué el silencio?

Una pulsión humana, universal, es la del gregarismo. Estar en minoría es arriesgado o cuando menos incómodo. Lo específico de Cataluña es que cuestionar el discurso político dominante se entiende como una negación de la identidad catalana. Cuando la identidad es protagonista en política, las personas se vuelven más agresivas frente al que no piensa como ellas, y por eso discrepar es más difícil. No todos los que guardaron silencio en aquel episodio del Claustro, o los que lo guardan en muchos otros ámbitos, están de acuerdo con el que se supone que es el pensamiento mayoritario, pero tienen miedo y por eso callan.

El silencio en la Universidad, donde parece que menos debería existir…

Es cierto, pero también hay que tener en cuenta que la actitud crítica no se fomenta, ni compensa, porque el acceso al profesorado y el progreso en la carrera académica puede depender de la conformidad con las ideas de los que ya están dentro y más arriba. En contra de lo que sería deseable, el profesorado universitario no es un gremio donde prevalezca la independencia de criterio.

¿También en la Universidad se detecta lo que Cristian Segura denomina “Mandarinato” catalán?

Siempre ha habido mandarinatos académicos, aquí y en todas partes. No es raro que un catedrático prefiera promover a un joven mediocre, pero dócil, en vez de a uno valioso, pero díscolo. El actual sistema de acreditaciones quizá ha debilitado el poder de los mandarines, pero, a cambio, la opción por figuras laborales en vez de funcionariales, que es la tendencia de los últimos años, mina la libertad de los profesores. El contratado laboral tiene una posición menos sólida que el funcionario, sobre todo cuando ese contrato es precario, como lo suele ser hasta bien entrada la treintena. En Cataluña, a esto se suma que el poder nacionalista pretende dominar todos los ámbitos de la vida institucional, también el universitario. Entre una cosa y otra, expresar ideas minoritarias resulta más difícil porque puede tener consecuencias desagradables, sobre todo para los más jóvenes.

Durante un tiempo, el nacionalismo vasco alineó para su causa ámbitos académicos significativos ¿Ocurre algo de esto en Cataluña? 

El profesorado de las universidades catalanas sigue siendo muy plural en todos los sentidos y aquí a nadie se le amenaza con pistolas. Lo que pasa es que el acceso a ciertas posiciones privilegiadas dentro y fuera de la universidad pasa por la adhesión a los postulados del nacionalismo o, por lo menos, requiere no cuestionarlos en público. Esto viene de atrás, pero la cosa ha ido a peor, porque hay en marcha una operación apenas disimulada de toma de control de los órganos de gobierno de las universidades por parte de los nacionalistas. Por supuesto, es legítimo que profesores de cualquier orientación quieran ejercer cargos de responsabilidad. En cambio, no lo es aprovechar el cargo para poner la universidad al servicio de una causa partidista. No es legítima, por ejemplo, la catarata de declaraciones institucionales con la que nuestros rectores vienen dando apoyo incondicional a quienes violaron las reglas de la democracia en 2017. Con ello, se aspira a que la universidad sea un soldado más del ejército de liberación de Cataluña, pero lo nuestro no es guerrear, sino pensar y enseñar a pensar.

¿Resulta extensible esta situación a la enseñanza primaria y secundaria?

Sí, pero diría que la extensión va en sentido contrario. Es decir, se intenta extender a la universidad la función ideológica que en alguna medida ha asumido ya la enseñanza primaria y secundaria, por ejemplo subrayando lo que nos separa del resto de los españoles y no lo que nos une, o transmitiendo la impresión de que el catalán es una lengua más nuestra que el español, como si lo que es común a todos no fuera también nuestro. No es ningún secreto la pretensión de muchos de que la escuela esté al servicio de la construcción nacional. En la universidad, esto es más difícil, por la propia naturaleza de su actividad, pero también por la ya mencionada pluralidad del profesorado, por lo que sé mucho mayor que la del profesorado de primaria y secundaria. En la universidad, los alumnos reciben informaciones, orientaciones y perspectivas muy diversas y así debe seguir siendo.

¿Qué papel juega el catalán en todo esto?

Es evidente que la lengua se usa en ocasiones para discriminar, y de ahí viene la idea de que en los medios de comunicación públicos o en las instituciones debe hablarse en catalán, como si uno fuera peor ciudadano por hablar en español. La inmersión lingüística tiene, a mi juicio, esta misma intención discriminatoria y no solo, como sostienen sus partidarios, una función educativa. Todo esto es insensato y antidemocrático en una sociedad bilingüe, en la que, además, el español es mayoritario, sobre todo entre las clases populares. Por suerte, en la universidad, la cuestión de la lengua ha sido bastante pacífica hasta ahora. Cada uno, profesor o alumno, se expresa en la lengua de su elección y, por supuesto, todos nos entendemos perfectamente. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se detecta el intento de abrir el frente universitario de la batalla lingüística, tratando de crear un problema donde no lo hay, quizá porque el nacionalismo siempre necesita eso, nuevos conflictos con los que mantener viva la tensión social de la que se alimenta, nuevos frentes en los que seguir afianzando su dominación ideológica. Si la universidad catalana quiere seguir siendo atractiva para los alumnos de fuera de Cataluña y no devenir provinciana, tendrá que resistir el intento de hacer prevalecer el catalán sobre el castellano.

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