Laporta le da a Xavi todo lo que le ha negado a Koeman

La fiesta del relevo no oculta la pésima gestión de un banquillo donde también le han impuesto un entrenador que no quería

La llegada de Xavi Hernández fue orquestada con tal dosis de frenesí y locura que, en un momento dado, Barça TV, arrastrada por ese entusiasmo, llegó a afirmar y a propalar al mundo entero que 25.000 personas se habían dado cita en el Camp Nou para dar la bienvenida al nuevo entrenador. Se les fue la mano por más del doble sobre el cálculo del número probable de personas que se habían dado cita, unas espontáneamente, otras movilizadas por la directiva, en la tribuna principal del estadio. Para ser exactos, si la tribuna puede dar cabida realmente a 12.000 espectadores, la asistencia registrada fue de unos 10.000 aficionados afinando la cifra con generosidad. 

Sin duda, un éxito, aunque no un récord. La presentación de Louis van Gaal en el verano de 1997 reunió a casi 60.000 barcelonistas que quisieron darle la bienvenida y su aliento al holandés, un técnico con escasa visión de conjunto, incompatible con jugadores ‘peloteros’ como Rivaldo o Riquelme, pero sin demasiados complejos a la hora a darle oportunidades a jóvenes como Víctor Valdés, Carles Puyol o Xavi Hernández.

Lo innecesario radica en la exageración, el papanatismo y el exceso que ha rodeado la expectación de un fichaje al que, por suerte, parece que la directiva sí pretende otorgar la máxima confianza y apoyo que no tuvo Ronald Koeman a la hora de la verdad. Ayer más que nunca pudo visualizarse esa diferencia entre el trato frío, el permanente recelo y la escasa autoridad recibidos por el antecesor de Xavi, señalado por el lado más oscuro del barcelonismo y siempre bajo la sospecha de haber sido un fichaje de Josep Maria Bartomeu. 

Siempre se percibió esa repulsión y distancia hacia un entrenador que, más allá de su indudable honestidad y sinceridad, habrá dejado una generación de jóvenes con un extraordinario futuro gracias a que tuvo el valor y el sentido de club de aprovechar el trabajo del fútbol base y también de aceptar, dadas las circunstancias, los traspasos de jugadores como Ilaix Moribar o Konrad de la Fuente. Y eso después de haber enfrentado en dos años las ausencias de Luis Suárez, Rakitic, David Vidal, Leo Messi y Griezman, prácticamente la mitad del último equipo de ganó la Liga. 

Mirada con la perspectiva del tiempo, hoy casi parece un milagro la Copa del Rey conquistada la temporada anterior por un equipo que, además de levantar partidos con arrebatos y entusiasmo contra el Granada y Sevilla a punto estuvo de decantar la Liga a su favor.

Desde esa misma óptica parece claro y demostrado que Joan Laporta, ese personaje envenenado por la demonización de la figura de Bartomeu, un día se acostaba pensando en destituir a Koeman y al día siguiente se levantaba convencido de que lo mejor era renovarlo. Lo que no podía esperar del holandés, que vivió el burofax de Leo, la salida tensa de Suárez, el malhumor del propio Messi por quedarse a la fuerza, la dimisión de la junta, el agitado y solitario periodo electoral y la llegada de Laporta, dudoso sobre su continuidad por no decir que contrario a mantenerlo en el banquillo, era un hombre animado, feliz, seguro del entorno y con la sensación de ser verdaderamente el entrenador de todos.

 

Laporta, equivocadamente como se ha demostrado, procuró o no impidió la transmisión de esa soledad y tristeza en torno a su figura, sobre todo porque hasta la semana pasada no tuvo el valor de afrontar, como presidente, una apuesta propia y prescindir de ese escudo que era Koeman. La excusa perfecta fue la peor de las soluciones. Por un lado, no quería cesar a un entrenador, pero tampoco admitir que no lo soportaba. No se atrevió a realizar su propia apuesta porque sencillamente no tenía ninguna y mucho menos Xavi. De haber sido así ya lo haría cerrado en la campaña electoral cuando Xavi, otro pusilánime, dejó de hacerse el simpático con Víctor Font en el momento que detectó la victoria electoral de Laporta.

El presidente Laporta, ciertamente, no ha podido gestionar peor la situación en parte también por el respeto profesado por Jordi Cruyff a Koeman, por amistad y porque él mismo se sentía, como entrenador, muy identificado con el abandono y aislamiento vividos por Ronald hasta que felizmente para él fue sustituido.

Laporta no ha visto la luz -su luz- hasta que las circunstancias lo han obligado a jugarse el todo por el todo, es decir a apostar por un entrenador después de haberse declarado el estado de excepción. Tan imprevisto, que su propia decisión de echar a Koeman lo sorprendió sin recambio y sin ninguna otra opción que no fuera Xavi. No sólo porque en el mercado no hay ADN azulgrana en los banquillos, también porque el lobby mediático de Xavi Hernández llevaba meses trabajando por diferentes caminos en la misma dirección,  erosionando y afilando los cuchillos contra Koeman y preparando su regreso en el entorno del presidente, como si no hubiera en el mundo otro entrenador ni alternativa.

En consecuencia, Laporta cuelga ahora del futuro de Xavi, de su éxito más allá de la goleada de esa presentación excesivamente eufórica en contraste con la realidad de un vestuario que ha consumido entrenadores con cierta facilidad desde que le amargó la vida a Luis Enrique, demasiado emocional, luego a Valverde, superado por el abuso de poder de los jugadores, y sin el menor esfuerzo a Quique Setien. 

Koeman consiguió aguantar carros y carretas él solo, sin la ayuda de la directiva ni de la afición, puesta en su contra desde todos los frentes.  Es un vestuario que le borra la sonrisa al más risueño, feliz e ilusionado de los entrenadores como es el caso de Xavi. Si cumple lo que ha prometido, darles responsabilidad a los mayores y poner normas no habrá hecho otra cosa que caer en los mismos errores de los anteriores incluido Sergi Barjuan, que además se quiso hacer el simpático con el presidente dándole galones a Riqui Puig en Balaídos. Lo único positivo de su breve reinado ha sido que, sin su participación, el filial ha hecho pleno de victorias y de puntos, 2 y 6.

Puede que Xavi sea más listo de lo que ha parecido en la presentación y entre con el látigo, sin sentimientos y sin coleguismos. Los lesionados seguirán estando lesionados y los mayores serán un día más viejos cada día que pasa. Cuando menos exagere el discurso, las formas y las expectativas mejor le irá. La llegada de Xavi ha sido un fiestón, una celebración sin precedentes, no se sabe si porque ya no está Koeman o porque Xavi representa el inicio de una nueva era. Se verá.

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