Echar a Messi también tiene consecuencias

Además del descalabro futbolístico el club se queda sin patrocinadores que puedan garantizar el futuro económico del Barça

Leo Messi, a París
Leo Messi, en París

Las flácidas sonrisas, precipitadas e ingenuas de los recién llegados como Ferran Reverter o Eduard Romeu, que estuvieron de acuerdo en protagonizar su personal do de pecho echando a Leo Messi del FC Barcelona, hoy se esconden y tratan de no estirar el cuello señalados como los principales responsables del mayor error de los últimos tiempos. Una culpabilidad a la que no es ajena, al contrario, el presidente Joan Laporta, el embustero electo que también participó en la gran farsa confirmada por el propio jugador desde París, engatusando al delantero argentino hacia una renovación imposible. Si el CEO y el avalador presumieron de autoridad y se pusieron la medalla cuando descartaron correr el riesgo de luchar por Messi, el presidente Laporta aún tuvo un peso mayor, decisivo e incomprensible en tres de las claves de la pérdida del mayor tesoro barcelonista de todos los tiempos.


Uno, por no renovar a Leo antes del 30 de junio, circunstancia que hubiera cambiado los cálculos del control financiero. Dos, por renunciar al dinero de CVC, 270 millones procurados por LaLiga en una maniobra de Javier Tebas que dejó en fuera de juego y en una posición ridícula al presidente azulgrana. Y tres, la genuflexión incomprensible ante Florentino Pérez, obligado a seguir la quimera de la Superliga, una postura quijotesca con doble carambola: Messi al PSG y Mbappé de camino al Bernabéu, libre y gratis a partir de la próxima temporada.


El descarte, inicialmente eufórico, empieza ahora a provocar lágrimas de desolación y desespero en los ámbitos del club más afectados. La media de espectadores baja a niveles que por poco no rozan los de la gripe española de 1918, el rendimiento del primer equipo ya ha triturado a un entrenador como Ronald Koeman y los patrocinios se han desplomado con la agravante de un sobre coste por la estampación de las camisetas de la temporada 2022-23 si en unas semanas, muy pocas, la directiva no le comunica a Nike el sustituto, si lo hay, de Rakuten.


En resumen, parafraseando a Joan Laporta cuando dijo que en el Barça “perder tiene consecuencias” hoy es posible afirmar que prescindir de Messi ya está provocando un impacto mesurable. Ayer mismo, diferentes medios no solo corroboraron algo evidente, que no hay cola de sponsor en la puerta del Camp Nou ni tampoco ninguna subasta por la publicidad de la camiseta. También publicaron los nombres y potencial oferta de marcas de diferentes sectores que hubieran apostado por el FC Barcelona, pero que se han echado atrás cuando han detectado una caída excepcional de su valor de mercado tras la patada a Leo Messi. Porque no solo es perderlo, la forma cuenta y mucho por lo que significa de imprevisión, fallo estratégico, negligencia, cobardía y escasa visión y conocimiento del mercado.


Ofertas, presuntamente altas, de 55 millones por la camiseta se han quedado en el camino a causa de esa falta de estímulo mientras que otras, procedentes del mercado de criptomonedas, no han cuajado porque el mercado de fondos de inversión, bancario y crediticio ya controla la mitad del FC Barcelona a través de un préstamo de 590 millones más los 1.500 del Espai Barça. Y, claro, ese capital no está dispuesto a tolerar que la competencia al mercado del dinero tradicional saque provecho publicitario de su esfuerzo financiero por mantener la entidad a flote en circunstancias complicadas.


En cambio, el PSG aprovechó el subidón del valor de su criptomoneda tras fichar a Messi para recoger beneficios gracias a los cuales prácticamente amortizó buena parte de la inversión.


La pérdida inevitable del caché futbolístico debida a la ausencia de Messi se ha visto perjudicada, además, por la crisis del propio equipo, desastre en el que también, y principalmente, Joan Laporta ha tenido mucho que ver.


Koeman fue el único que se atrevió a entrenar a un equipo con Messi y sin Messi, por eso el presidente lo acabó manteniendo gracias a una decisión que no habría tenido el efecto perverso y tan contraproducente en el equipo y en el entorno si Laporta no hubiera admitido en público que, aun así, su desconfianza era superior al propio convencimiento de esa decisión, duda existencial que además ratificó en diferentes momentos y situaciones. El final de Koeman, despedido, era tan inevitable como el bajo rendimiento de un equipo que sin Messi no puede seguir jugando como siempre y mucho menos dominar los partidos.


Lo peor de prescindir de Leo ha sido no querer darle importancia, ignorar premeditadamente su efecto, no haber admitido el posible shock del juego del equipo y no haber desplegado una pedagogía dirigida a los aficionados previendo dificultades, problemas en la dinámica de los partidos, cambio de diseño táctico, reducción de los espacios, más que probable descenso de la marca de goles y, como así ha sido, una versión completamente distinta de un equipo acostumbrado a la capacidad de resolución de Messi, extraordinaria y única en la historia del FC Barcelona.


Fue, como es demostrable, una decisión mal calculada, adoptada en un despacho sin nadie del fútbol, con la calculadora del avalador en la mano y el pánico al límite salarial dando por hecho que eliminando a Messi de la ecuación se extirpaba de raíz esa gestión al límite de la que hablaba Josep Maria Bartomeu, a quien tanto le costó retener en su momento a Leo incluso contra su voluntad.


Echar a Messi fue un error de inexperiencia como resultado del cambio de paradigma como resultado de la exigencia del aval. Ya no priman los intereses del club, sino los de los avalistas como Eduard Romeu o el de Ferran Reverter, que dicen que son del Barça.

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