Piqué hace exhibición de su estatus de consentido del presidente

Aunque lesionado para Kiev, viajó a Madrid para promocionar la Copa Davis saltándose todos los protocolos

Mientras el Barça sudaba sangre para ganar en Kiev el central azulgrana Gerard Piqué preparaba su primer viaje a Madrid para salvar el negocio, el mal negocio mejor dicho, de la Copa Davis. Ese era su plan para el día después de la pequeña proeza alcanzada en Kiev por el equipo de Sergi Barjuan, se supone que con el permiso del entrenador ya que muy raramente por no decir nunca, un jugador en proceso de recuperar una lesión obtiene permiso para viajar, para modificar los horarios de trabajo o realizar ningún desplazamiento aunque se pueda permitir, como es el caso de Piqué, un vuelo privado hasta Madrid.

Por lo tanto, o Gerard Piqué se fue a Madrid sin permiso, puede que con el del presidente sea suficiente, o Sergi Barjuan no se ha querido meter en camisas de once varas dando por hecho que en la provisionalidad de su cargo no caben más dolores de cabeza que los estrictamente necesarios. El caso es que si Piqué, lesionado, se ausenta o se salta la recuperación del soleo por motivos estrictamente comerciales de su empresa Kosmos parece que forme parte de una cierta normalidad.

Un mal síntoma pero no el único de un club donde la responsabilidad, la ética y el sentido común saltaron por los aires desde mucho antes de que Joan Laporta llegara a la presidencia con sus falsas promesas de restaurar el orden, la disciplina y el rigor. La completa ausencia de tales atributos, lamentablemente nunca exhibidos por la junta y ni por sus equipos económico, social y deportivo, se refleja exactamente en la actitud de Gerard Piqué cuyas actuaciones en la defensa del Barça no resistirían tampoco un vídeo examen. Poco importa cuando más allá de la meritocracia futbolística se ha ganado el estatus de intocable incluida la licencia otorgada por el propio Laporta para actuar, por acción u omisión, por encima de los intereses del club.

El central no dudó, por ejemplo, en subir fotos de su espectacular fiesta de Halloween junto a Shakira, solo veinticuatro horas después de empatar contra el Alavés y de caer lesionado causando baja para el partido de Kiev como mínimo. Estando en su derecho de celebrar con su familia una fiesta tan señalada, la ostentación y la exhibición no encajan demasiado bien en la secuencia de una lesión que le aparta del partido más importante de la temporada pero no de sus obligaciones para con la Copa Davis, exactamente en la semana y el mes clave de esta competición.

Las responsabilidades de Piqué como capitán, no como primer capitán, parece que se centran específicamente en el acompañamiento cómplice de determinadas actuaciones impulsadas desde la directiva aunque no hayan servido de demasiada ayuda a sus compañeros, al equipo en general y en particular al destituido Ronald Koeman. Sobre Koeman, por su inducción compulsiva contra todo lo que pueda etiquetarse como herencia de Bartomeu, Piqué procuró avivar y mantener la sensación de crispación y de dudas en torno al técnico sin duda alineado con esa postura también ambigua y de doble moral del propio presidente Joan Laporta. El silencio de Piqué sobre el final del entrenador holandés ha sido revelador estas dos últimas semanas.

Tampoco ayudó a los tres capitanes que, al menos de cara a la galería, se rebajase el sueldo para hacer sitio a los fichados Memphis y Éric Garcia en una decisión que sorprendió a Sergio Busquets y a Jordi Alba con el pie cambiado. A Sergi Roberto lo condenó directamente a ser silbado por el público del Camp Nou y a una situación de la que definitivamente no saldrá adelante pues su renovación se ha vuelto del todo imposible en las actuales circunstancias.

Además de promocionar un mundial de globos, trasnochar con Ibai Llanos, comprar los derechos de la Ligue1, esa competición en la que Messi es la estrella y hacer amistades muy peligrosas con el presidente Joan Laporta, Piqué ha rematado esta semana tan especial con una frase que tampoco dejará indiferente a la mayoría de los barceloneses. “Ya me gustaría que la ciudad de Barcelona estuviera a la altura de Madrid. Siento envidia”, dijo en plena euforia comunicativa durante la presentación del proyecto social de la Copa Davis. Solo le faltó, igual que su CEO Ferran Reverter y el vicepresidente económico, Eduard Romeu, declararse también fan de Florentino para completar ese síndrome de Estocolmo blanco que padece una parte de la elite del alto mando barcelonista.

Una andanada contra su propia ciudad de la que cuál hace tiempo que huyó para instalarse en Esplugues de Llobregat, fuera de sus límites y cerca de su lugar de trabajo habitual, la Ciutat Esportiva Joan Gamper en Sant Joan Despí.

En esa charla, por cierto, aprovechó para invitar a Xavi a la Copa Davis, iniciativa que no parece indicada ni oportuna ni mucho menos seria dada la situación del equipo en la Liga y la necesidad de una remontada para recuperar posiciones de Champions.

Para quien no sepa de las andanzas de Piqué es preciso destacar que desde hace unos meses es el confidente del vestuario y asesor de Laporta, una especie de influencer de la política deportiva del club, tan errante de un tiempo a esta parte y para nada inocente de la empanada de un equipo indudablemente dominado por los intereses, necesidades y limitaciones de los veteranos del mejor equipo de la historia del fútbol.

La transición imposible hacia un Barça que nunca recuperará el nivel conquistado a lo largo de la última década se está haciendo aún más complicada y desesperante a causa de esa longevidad de jugadores como Gerard Piqué, cuya verdadera aportación cuesta de evaluar si es del todo positiva, por la experiencia que pueden aportar, o negativa por su incapacidad para seguir el ritmo del resto retrasando esta evolución.

De momento, Piqué va a lo suyo esta semana centrado en la Copa Davis. El Barça puede esperar.

 

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