La transición energética y la Cataluña vaciada

Para alcanzar la meta que en 2050 Cataluña sea neutro en la emisión de gases de efecto invernadero; es decir, que no se utilicen los combustibles fósiles, es necesario incrementar hasta unos 50.000 MW la generación de energía renovable (fundamentalmente eólica y fotovoltaica). Esto supone quintuplicar, en pocos años, toda la potencia disponible actualmente. ¿Se puede conseguir? Hasta ahora Cataluña tiene un evidente retraso en la producción de energías renovables, ya que el Plan de la energía y cambio climático Cataluña 2012-2020 preveía para el año pasado disponer de 5.100 MW de eólica y 1.000 MW de fotovoltaica y sólo se ha instalado la mitad (según datos del Idescat). Es decir, entretenido como ha estado el Gobierno de la Generalidad en temas de afirmación nacional, no parece que hayan hecho los deberes que ellos mismos se impusieron en el campo de la transición energética; supongo que es una cuestión que han considerado menor.

Por si fuera poco, la proporción de energías renovables sobre el consumo final de energía en Cataluña (que no llega al 10%) es más o menos la mitad que en el conjunto de España. Se ha estimado que para llegar a instalar estos 50.000 MW a base de parques eólicos y huertos fotovoltaicos habrá que ocupar aproximadamente un 2% del territorio. Puede parecer una cifra baja, pero, para tener una referencia, todas las zonas urbanizadas de Cataluña suponen aproximadamente un 7% del espacio. Es decir, que si subimos al Tibidabo, más o menos un espacio equivalente a una tercera parte de lo que vemos se debería sacrificar para acoger las nuevas instalaciones de renovables.

Es evidente que el paisaje ha estado en continua transformación desde que el hombre dejó de ser sólo cazador y cosechador y comenzó a cultivar. Después vinieron los pueblos y las ciudades, y finalmente todo tipo de infraestructuras. Pero este no es un argumento sólido para aceptar sin más una nueva transformación drástica. En todo caso, hay que ser cuidadoso en la gestión de este cambio, y más cuando el sacrificio del paisaje será desigual.

Algunas comarcas no tendrán las condiciones adecuadas de recurso eólico, y en otras el precio del suelo será demasiado caro para hacer rentable el negocio. Y la mirada, inevitablemente, se dirigirá a la Cataluña vaciada. A menudo se olvida, pero también existe una Cataluña vaciada.

En la última década prácticamente la mitad de comarcas (20) han perdido población, un fenómeno especialmente acusado en las Terres de l‘Ebre, en buena parte de las comarcas del Pirineo y en determinadas zonas de Lleida y la Cataluña central. Curiosamente, una de las comarcas que más población ha perdido en la última década (Terra Alta) es la que concentra un 25% de la producción eólica de Cataluña, con sólo un 0,15% de la población.

Es evidente la desigualdad de la que hablábamos antes. Y Caseres, que es el municipio de la comarca que más población ha perdido (un 27% en diez años), es también el que más generadores eólicos por unidad de superficie tiene instalados en su término municipal.

De aquí no hay que deducir una relación de causa/efecto entre energías renovables y despoblación. Pero sí que estos datos me permiten contradecir el argumento de las compañías promotoras de que las energías renovables ayudan a fijar la población al territorio. No es cierto. Lo que ayudaría a evitar la Cataluña vaciada sería la generación de puestos de trabajo estables, y este tipo de megaproyectos necesitan mucha mano de obra durante la construcción (especializada y a menudo fuera del territorio) y ocupan a pocas personas (menos de 10, en función del número de generadores) durante los 30 años de funcionamiento.

Susana Alonso

Sólo una pequeña parte de los beneficios económicos de un parque eólico revierten en el territorio (del orden del 3% de la inversión): cantidades pequeñas para los que venden o ceden el terreno e ingresos a los ayuntamientos en forma de impuestos y tasas. Aparte, claro está, de estrambóticos convenios que rara vez se cumplen y que a menudo acaban en los tribunales. Pero ¿para qué le sirve a un ayuntamiento tener dinero para hacer una piscina cubierta si no hay nadie que la utilice, o una magnífica guardería sino hay niños?

Rellenar la Cataluña vaciada de aerogeneradores, que dañan el paisaje y comprometen otras actividades económicas alternativas y más sostenibles, no parece el camino.

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