Carmen Molas y otros trampantojos

Un trampantojo es una trampa, una ilusión con la que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es. Nació como técnica pictórica, pronto traspasó a la arquitectura y más contemporáneamente se popularizó en el cine y en la fotografía -¿quién no se ha fotografiado alguna vez ‘sujetando’ la torre inclinada de Pisa?-. En 1994, el maestro Ferran Adrià preparó una menestra de verdura con forma de helado. Ahora, el trampantojo ha llegado también a los premios Planeta. España ha convulsionado estos días al descubrir que la celebrada escritora Carmen Molas, ganadora del millonario premio literario -este año ha alcanzado el kilo de euros-, son en realidad tres varones: Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero (el último, hijo del célebre autor de La cabina). La sacudida me recuerda a cuando se descubrió que Elena Francis -la del consultorio radiofónico y sentimental del franquismo- era un ser ficticio y que en realidad las cartas las contestaba un equipo eminentemente masculino, entre los que había un cura y un psicólogo. Aquella España se alborotó como lo hace ésta. Librerías feministas, en los estantes de las cuales sólo se exhiben libros escritos por mujeres, han mandado retirar la obra de Molas. Desconozco si la gente se ha enfadado más por la trampa en sí o por el hecho de haber caído en ella. A toro pasado, dicen algunas y algunos que ya se veía venir que aquello sólo lo podían escribir unos hombretones. Por otra parte, no es la primera vez que un autor o autora escribe bajo seudónimo. Lo que pasa es que generalmente han sido las mujeres las que lo han hecho para evitar prejuicios, como por ejemplo Caterina Albert (Víctor Català) o María Lejárraga (Gregorio Martínez Sierra, su marido); por otra parte, el primer Frankenstein se publicó en 1818 de forma anónima, y no fue hasta la segunda edición que se supo el nombre de la autora, Mary Shelley. Los Carmen Molas se excusan diciendo que nunca quisieron esconderse detrás una mujer, sólo querían hacerlo detrás un nombre, y salió el de Carmen, «muy español», y que «molaba». En Twitter alguien lo resumía con acierto diciendo que se necesitan tres hombres para reunir el talento de una mujer.

Cualidades literarias al margen, los Planeta se han convertido en una máquina de vender libros. ¿Cuántos de estos se leen? Una ínfima parte, seguro. En la biografía de Juan Marsé, firmada por Josep Maria Cuenca, se explican bastante y bien las tramas del Planeta. El autor de Últimas tardes con Teresa formó parte del jurado hasta que, en 2005 y después de intentar sin éxito cambiar las reglas de juego de unos premios muy enfocados a que se los lleven los escritores más mediáticos y no los de más valora literario, presentó su dimisión. Dice la biografía que los miembros del jurado reciben cada año un informe de lectura de los libros finalistas con dos puntuaciones del 1 al 10 en que por un lado se evalúa literariamente el manuscrito y por otro su carácter comercial, que es lo que en realidad les interesa. Justo antes de dimitir, respondiendo a preguntas periodísticas sobre el nivel de las obras presentadas, Marsé afirmó: «Bajo y en algún caso subterráneo». Lo que no quiere decir que siempre sea así, también se da el caso que el autor mediático de turno escribe bien.

Por ejemplo, sepultada por la avalancha de la polémica, la finalista de este año, Paloma Sánchez-Garnica, que concurrió al Planeta con el seudónimo de Yuri Zhivago -nombre del doctor de la novela de Boris Pasternak-, escribe muy bien. De ella, sin embargo, casi nadie habla.

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