El Espai Barça provoca un trastorno bipolar en Laporta

Ha pasado de considerarlo “una astracanada, una farsa, un engaño y una gran mentira” a ser el proyecto clave y estratégico de su mandato

La cuestión que hoy aterra a Joan Laporta, de momento incluso más que los avales, pasa por obtener la luz verde al Espai Barça, como sea, un proyecto al que se ha aferrado casi de una forma desesperada y compulsiva en las últimas semanas. 

No siempre ha sido así, ni mucho menos. Durante la larga campaña electoral, el hoy presidente del FC Barcelona se mostró radicalmente en contra de dar el menor margen de ejecución a este proyecyo. Planteó una y cien veces que ni le gustaba ni era bueno para el club, apostando por desecharlo frontalmente y, como ocurrencia, levantar un estadio en cualquier otro sitio.

Laporta se atrevió a ubicarlo en Sant Joan Despí, dejando abierta la posibilidad de un replanteamiento total y absoluto de un nuevo estadio con tal de deshacer el camino andado y de no admitir no sólo el proyecto en su conjunto sino también de rechazar de plano la voluntad del resto de los socios que aprobaron mediante un referéndum la luz verde a la directiva para tramitar la necesaria modificación del Plan General Metropolitano (MPGM), en Barcelona y en Sant Joan Despí, además de aplicar un presupuesto cerrado, un modelo de financiación concreto y la celebración de un concurso arquitectónico internacional.

Reacción lógica de alguien que tras su accidentada presidencia entre 2003 y 2010 vio cómo acababa en la basura su proyecto de Norman Foster, que no tenía ningún futuro pese a que Laporta consiguió poner de acuerdo al alcalde del PSC, Jordi Hereu, y al líder de la oposición, Xavier Trias, para aprobar la MPGM y dejarla incluso lista y a punto por parte del área de Urbanismo de la Generalitat.

La casa por el tejado, nunca mejor dicho, puesto que el llamado proyecto Foster no pasó por la asamblea, mucho menos fue sometido a un referéndum y ni siquiera se dejó comentar en el seno de la propia junta directiva. La barbarie urbanística producía de entrada un gasto para el FC Barcelona de 80 millones de euros para generar los espacios donde poder construir viviendas para 5.000 nuevas familias aumentando la demografía, el tráfico, la necesidad de más servicios en un barrio como Les Corts, frontalmente en contra de una tomadura de pelo sin precedentes en la historia. Laporta, además, cambió el veredicto del jurado que aprobó la propuesta ganadora del arquitecto catalán Carles Ferrater a favor de su arquitecto de cámara, Norman Foster, al que ya le había pagado un millón de euros por un dibujo y una maqueta donde sólo se veía un ‘rosco’ gigantesco de colores. No había presupuesto ni un plan arquitectónico, sólo la certeza de que Norman Foster acostumbraba a multiplicar por cuatro el precio final de sus construcciones.

Para ganar dinero con el MGPM el Barça debía esperar a obtener la recalificación del Miniestadi como zona residencial y vender el terreno a una constructora o bien actuar de promotor, es decir invertir aún más para imitar los ‘pelotazos’ tan comunes en aquella época. Las perspectivas del proyecto Foster eran inciertas y ruinosas además de verse involucrado en una indigna e indecente operación urbanística basada en la especulación.

La recién llegada junta de Sandro Rosell se apresuró a retirar el proyecto lo más rápidamente que pudo. Luego realizó la prospección para construir un nuevo estadio en las instalaciones deportivas universitarias del mismo distrito, una idea que debió ser rápidamente desechada por la imposibilidad de establecer unos mínimos de movilidad aceptables. Donde terminaba la Diagonal, junto a la salida a la autopista no era posible construir un estadio que ofreciera soluciones ni comodidades. Más bien era lo contrario, razón por la que se estudió a fondo darle aún más valor al mayor complejo deportivo urbano de Europa con una remodelación moderna, valiente y revolucionaria del antiguo estadio del Camp Nou, conservando esa joya que es la Segunda Gradería, el anillo perfecto, insuperado y reconocido como una de las maravillas de la arquitectura deportiva mundial.

Así tomó forma lo que hoy conocemos como Espai Barça, la remodelación integral e histórica de la totalidad de las instalaciones y el barrio, incluido el nuevo estadio Johan Cruyff de Sant Joan Despí, un proyecto global que fue sometido a referéndum en abril de 2014 luego que la asamblea aprobara este tipo de consulta vinculante.

En las elecciones de 2015, cuando el entonces candidato Joan Laporta fue interrogado repetidamente por el Espai Barça, la respuesta fue invariablemente negativa, casi insultante. “El ‘Espai Barça’ es una astracanada, una farsa y un engaño. Una gran mentira. Hicieron un referéndum sabiendo que no se podía hacer, porque ni está acabado ni tramitado. Nos han vendido humo con unas fotos y unas expectativas que no se cumplirán. Tiene una enorme complejidad”. Su alternativa era clara: “Pensar en una remodelación profunda, que era nuestro ‘proyecto Foster’, o incluso hacer un nuevo Camp Nou en otra ubicación. Es un reto que se tiene que afrontar en los próximos años desde la realidad, negociando con el Ayuntamiento”, dijo.

Mantuvo este mismo criterio en las elecciones y lo cambió al poco de llegar a la presidencia por varios motivos. El principal que Goldman Sachs, principal fuente crediticia del Barça, que ya le ha prestado 590 millones a Laporta y ya tiene preparado el Espai Barça tal y como lo dejó Bartomeu, permitiéndole apenas unos retoques arquitectónicos siempre y cuando no altere los planes de financiación más que para pedir más crédito y pagar más intereses durante más años, hasta 35. 

Laporta no se ve capaz de salir del laberinto, situación de estrés y de agobio que lo está volviendo loco. Un día quiere ampliar el Johan Cruyff, ocurrencia disparatada que ya le han quitado de la cabeza los arquitectos, sus compañeros de junta y ahora también la alcaldesa de Sant Joan Despí que lo ha calificado de “inviable”.

De pronto vuelve a la idea de jugar un año en Montjuïc, donde Ada Colau le espera con unas exigencias casi tan caras como el propio Espai Barça y, como anunció ayer, quizá deba apostar por jugar en el Camp Nou mientras se realizan las obras, o sea volver a la idea y el proyecto originales. 

Es por todas estas razones, por la personalidad inestable y caprichosa del presidente Laporta, que de la noche a la mañana cambia de opinión, que de pronto rebate el referéndum y de pronto lo promete a medias, que aún no tiene claro un plan constructivo capaz de competir con el de Florentino Pérez y que pasa de considerarlo una “astracanada”, “farsa”, “engaño” y “una gran mentira” al gran plan estratégico clave de su mandato el motivo por el cual socios no ven claro precipitarse. 

A todo esto, desde el club llamaron la anterior semana a los compromisarios para preguntarles si pensaban acudir a la asamblea. “Si usted no puede venir no pasa nada, no se preocupe”, decía una voz fría y desapasionada desde el club. Esta semana, de cara al segundo asalto, ni siquiera han llamado a los compromisarios. Verdaderamente, a la junta le da igual y, en todo caso, con un presidente claramente bipolar en sus declaraciones nadie sabe cómo actuar. Y así, con esta improvisación basada en las propias dudas, mañana cualquier cosa puede suceder.

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