Laporta sueña con un Barça sin avales y sin control económico

La ‘segunda’ asamblea es una pesadilla para sus planes de un Espai Barça para él solo y de suprimir el artículo 67 de los Estatutos

Contra lo que cualquier barcelonista pueda imaginar, el Espai Barça, ese reto patrimonial ilusionante y tan seductor como clave para el futuro del club azulgrana, no es precisamente un sueño para Joan Laporta, sino su peor pesadilla en estos momentos.

El presidente permanece intranquilo de cara al sábado en la segunda parte de la asamblea, que arrancará en frío, a las tres de la tarde, con una demografía social quién sabe si alterada y con un comportamiento que hoy por hoy encierra dudas e incógnitas.

El domingo pasado los socios compromisarios se fueron con el ‘no’ al Espai Barça muy metido en la cabeza por varias razones, la principal por el exceso de frivolidad en el formato propuesto por Laporta, con los cambios arquitectónicos improvisados deprisa y corriendo, sólo 24 horas antes, mal explicados y sin justificar esa elevación de 800 millones a 1.500 millones de euros que los socios consideraron, como propuesta, envueltos en una precipitación innecesaria.

Además, al margen de los tecnicismos, los compromisarios están lejos de entender que se proponga el referéndum unas horas después sin que sea retirada del orden del día la propuesta de obtención del permiso para negociar y cerrar la financiación.  Como toda improvisación, como lo fue la imprevisión del horario de la asamblea y luego el dribling con el video anunciando un referéndum, la reacción ha sido la contraria de  la deseada pues los grupos de opinión ya han pedido directamente el ‘no’ para esa propuesta que, como la reforma de los Estatutos, exige dos tercios de los votos favorables para salir adelante. Se trata, en definitiva, de un permiso para aumentar el endeudamiento.

Así, el Barça con el que sí sueña Joan Laporta es un club en el que, como hizo el domingo, se puedan suspender las asambleas si se tuercen o pintan mal. Ideal, sin embargo, que no hubiera que reanudarla, pues cuando menos participen y opinen los socios mucho mejor, menos complicaciones.

Ya lo dijo su especie de amigo e indirecto avalista, José Elías, quien también está de gira mediática, en su caso no para ayudar al presidente en su encrucijada asamblearia, sino para mejorar la imagen de Audax, su comercializadora eléctrica que, como el precio de las tarifas también bate récords, pero de pérdidas en bolsa. Elías no disimuló, en una entrevista en la SER, su visión totalitaria y empresarial, tan alejada de la sensibilidad barcelonista: “Este club -dijo- no se puede llevar como una comunidad de vecinos, hay que profesionalizarlo y que tomen las decisiones los que saben de qué va esto”.

Suerte que no es directivo sino avalador pues José Elias ya hubiera dado el paso al Barça SA sin pensárselo dos veces. De momento le deja las decisiones a su representante en la junta, Eduard Romeu, al que calificó de “mago de las finanzas”. 

Ya se sabe lo que hacen los magos, usar trucos para ‘engañar’ al público y  que no perciban la realidad. Ilusionistas extraordinarios para los espectáculos, aunque peligrosos cuando se trata de jugar a las finanzas con el dinero de los demás, de los socios del Barça en este caso.  Elías, por ejemplo, calificó de tontería lo ocurrido con Messi: “Lo teníamos que haber vendido un año antes y haber obtenido algún beneficio. Al final nos hemos quedado sin Messi y sin el dinero”, dijo.

En ese escenario idóneo con el que Laporta, su junta y parece también que sus avaladores, además de evitar perder el tiempo en contentar a los socios, ahora ha trascendido que le ha pedido al gobierno de Pedro Sánchez que derogue la Ley del Deporte y deje de exigir los avales a los clubs. Tampoco es una iniciativa propia, se trata de una exigencia del PNV para que el Athletic reduzca el porcentaje del aval, un asunto que parece clave para la aprobación de los presupuestos con los votos vascos.  

El Real Madrid, consultado por agentes del CSD, se niega en redondo a retirar los avales. Tampoco le afecta demasiado porque modificó y reforzó este requisito mediante una reforma estatutaria que, además, ha validado del Tribunal Supremo. Osasuna no pinta nada en todo este asunto porque sus estatutos y la Ley del Deporte van cada uno por su lado sin ninguna solución aparente para el búnker donde el presidente Luis Sabalza vive encerrado desde hace años.

Cuando a Laporta le avisaron de todo este movimiento, su reacción fue la de un niño al que le tiran caramelos en la cabalgata, los quería todos para él. Por pedir, pidió la retirada del aval, a cero, propuesta que desde luego no será tenida en cuenta aunque es probable que, para complacer a la directiva del Athletic, se establezcan nuevos parámetros para fijar el aval en función de tramos de riesgo e indicadores económicos.

Tampoco quiere Joan Laporta que los Estatutos del club le impongan ningún control ni de ratio de deuda/Ebitda ni tampoco de la obligación para recuperar pérdidas que, como las aprobadas el domingo, de 481 millones, él no asume como suyas, sino como una secuela natural de su llegada al cargo en circunstancias complicadas para el club. Lo son para el Barça; no para él, que ha devaluado jugadores y exagerado esos trucos contables con la finalidad de gobernar con mucho dinero disponible, sin austeridad y sin estar pendiente de los Estatutos. Por eso prefiere suspender el artículo 67, para que nada ni nadie pueda cambiar sus planes.

Por ejemplo, renovar con generosidad a Ansu Fati, una urgencia pactada con Jorge Mendes, el agente de un futbolista verdaderamente prometedor que hasta ayer ya tenía una cláusula de 400 millones y unas condiciones excepcionales sujetas a un contrato todavía con tres temporadas por delante. La comisión derivada de una negociación sobre la que se ha generado una urgencia mediática será generosa para Mendes, beneficiado por la sobredosis asamblearia, nada casual, que primero sirvió para ampliar el contrato de Pedri y ahora el de Ansu Fati.

En cambio, en ese Barça de los sueños de Laporta, en el que Messi también sobraba, no hay patrocinadores que llamen a la puerta de un club del cual su presidente sólo sabe amenazar a la anterior directiva, no tiene entrenador propio, quiere apadrinar la herencia de oro del fútbol base de Bartomeu, apropiarse del éxito del Femení, de la excelencia de las secciones profesionales y, en definitiva, mantener vivo ese único argumento sobre el que ha basado su asalto al poder, la política de castigo contra Bartomeu con la ayuda del aparato político del independentismo. Detrás, por desgracia para el Barça, no hay mucho más.

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