Lo nunca visto, Koeman dirigirá su último partido destituido

El clamor mediático en su contra, por ser el entrenador de Bartomeu, lo ha castigado más que su gestión del equipo

Ronald Koeman
Ronald Koeman

El clamor en las redes sociales y las conclusiones periodísticas indican que la situación de Ronald Koeman es insostenible, rota, definitiva y con la caducidad fijada para después del partido contra el Atlético de Madrid. Una situación irreversible que, sin embargo, contrasta con el ambiente social festivo, tan distinto e identificado con el equipo que se vivió en el Camp Nou el domingo pasado, es decir sólo tres días antes de la llamada pesadilla de Lisboa, segunda parte.

Existe, quizá, un diferencial entre la grada de a pie, menos pendiente de lo que pasa en el terrible entorno, y el marcado nerviosismo de una directiva enredada en un peligroso laberinto. El clima festivo del domingo dejaba entrever, como en el resto de los partidos en los que se ha recuperado el público, que la afición, al menos la representada allí, comprende la necesidad de darle tiempo al equipo, confianza a los nuevos jugadores, a un proyecto a medio plazo y que parece especialmente predispuesta a ser comprensiva y paciente con los más jóvenes.

No así a los futbolistas señalados por otros motivos como le ha sucedido a Sergi Roberto, a Coutinho o Umtiti. Las señales de esta diferente actitud para con unos y otros resultó claramente perceptible.

La reflexión sobre ese estado de ánimo, positivista, del domingo pasado frente al Levante lleva a pensar si la potencia mediática del Barça ha superado a la propia realidad de ese otro Barça, que son los 25.000 socios que siguen yendo al Camp Nou, poco menos de la mitad de los abonados actuales. Es como si esa minoría, la que realmente vive para el fútbol y para el equipo, se viera superada por ese otro barcelonismo que habita en los medios, en las tertulias, en los círculos del poder y sobre todo en las redes sociales.

El huracán desatado en contra de Koeman, con epicentro en el propio palco del club, arrastra al periodismo, en su totalidad, a exigir la inmediata y urgente destitución del entrenador como un gesto que no va tan en contra de su gestión del equipo como de lo que su figura representa por seguir siendo el entrenador de Josep Maria Bartomeu. La agresividad del discurso mediático en su contra parece querer castigarlo muy por encima de los pecados que pueda haber cometido en el ámbito técnico, como si en ese papel de los medios, exagerado en el fin prioritario de defensar al laportismo por encima de sus muchas deficiencias, hubiera que vengar sobre todo las afrentas que el técnico holandés le ha causado al presidente cuando ha respondido a sus críticas o a los ataques de sus sicarios mediáticos o ha dicho, con honestidad, que no se sentía respaldado por la junta.

El domingo ante el Levante, en un ambiente extraordinario, aunque selectivo con relación a determinados futbolistas, no se detectó ese mismo grado de antipatía o rechazo hacia el entrenador. En cambio, sí hubo pancartas contra Bartomeu y contra Sandro Rosell.

Igualmente, lo mejor para Koeman es hacer pronto las maletas y agradecerle, como lo piensan miles de barcelonistas, no sólo su gol en Wembley, una y mil veces, también haber dado paso a los más jóvenes durante la temporada y unos pocos meses que ha estado en banquillo conviviendo con un entorno de locos. Con Bartomeu haciendo frente al burofax de Messi y el traspaso de Suárez, con la tensión social del voto de censura, en la soledad de la Comisión Gestora, soportando los prejuicios de los candidatos y finalmente obligado a trabajar bajo la autoridad de un nuevo presidente.

Con Joan Laporta no ha sido menos emocionante, desde ganar una Copa del Rey a sentir que ganar la Liga no era la prioridad de la nueva junta, luego sentirse prácticamente cesado y al poco ratificado porque no había ningún valiente para la silla eléctrica, eso sin contar la planificación de un equipo con Messi que ha acabado sin Leo y con Luuk de Jong en la punta de ataque. De manicomio, aunque ilustrativo de la agitación que se vive en el club y sobre todo de la falta de guión y de personalidad de una junta que, lo nunca visto, filtra la muerte anunciada del entrenador tras el partido de este sábado.

Como el impulso y las ganas de echarlo van por delante de su propia capacidad de gestión, Laporta no puede despedirlo aún porque necesita echar mano de recursos que no tiene y encontrar un entrenador que pueda llegar, cambiar el equipo de arriba abajo y obrar el milagro de que los veteranos recuperen su estado de juventud y los jóvenes adquieran de pronto la experiencia y el oficio que aún no tienen.

Si Laporta no fue capaz de encontrarle un sustituto en todo el verano, con tiempo de sobras, lo normal es que ahora acabe poniendo en su lugar al entrenador equivocado. Sobre todo, porque, cuando se haga cargo dentro de una o dos semanas, los Piqué, Alba, Busquets o Sergi Roberto seguirá siendo los mismos, solo que dos semanas más viejos.

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