Uno de los míos

No me gusta la expresión «uno de los nuestros». Demuestra una complicidad ambigua, donde suele caber gente con ideas diferentes pero a las que une un motivo o un talante a menudo fanático y excluyente. Si hay alguien con quien tengo una sintonía especial, la etiqueto como «uno de los míos» sin que ello comporte que, al mismo tiempo, él me tenga que considerar «uno de los suyos».

No sé si Antonio Franco me consideraba «uno de los suyos» pero me hubiera gustado que fuese así. Lo parecía cuando en las pocas veces en que hemos coincidido cara a cara me saludaba con una violencia cariñosa que así me lo hacía pensar. Todavía me duele en el recuerdo el golpe en la nuca que me dio cuando nos saludamos en la presentación del último libro de Ramon Miravitllas.

Nunca trabajé en las redacciones que dirigió pero imagino que habría sido una experiencia divertida. Estos diarios mantenían una línea editorial que me gustaba. También me gustaban los artículos de opinión que escribía y las reflexiones que hacía en las tertulias de televisión en las que participaba. De hecho, le he echado de menos últimamente en unas mesas de análisis convertidas en trincheras ideológicas donde muchos van no porque tengan cosas interesantes que decir sino porque trabajan en este digital o en aquel otro.

En los últimos años había venido alguna vez a la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona y siempre que hablaba en el Aula Magna yo intentaba ir a escucharlo. Pienso que muchos de los jóvenes periodistas en formación que asistían a estas charlas salían amando un poco más la profesión a la que se querían dedicar.

Para mí representaba la idea de que se puede ser periodista y ‘progre’ sin que el ejercicio profesional salga perjudicado.

Me hubiera gustado ser «uno de los suyos». Quizás lo fui.

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