Puigdemont hace el burro

La unificación de Italia -un proyecto modernizador, liberal y masónico- se consiguió en 1870, después de una larga guerra y mucha sangre derramada. Desde entonces, el Estado italiano ha afrontado algunos intentos de secesión interna (el Véneto, la Padania, Cerdeña, Sicilia, el Alto Adige/Tirol del Sur…) que han sido bloqueados constitucionalmente y, en alguna ocasión, reprimidos judicialmente.

Por eso, el deep state italiano –que es mucho más potente y serio que el español- está siempre muy atento a los movimientos y operaciones que buscan la destrucción de la unidad del Estado. En la actualidad, la isla de Cerdeña y la ciudad de Alguer están gobernadas por políticos de la formación nacionalista Partido Sardo de Acción (PSd’Az), que forma una coalición de derechas, entre otros, con la Lega de Matteo Salvini y los Fratelli de Italia (el equivalente de Vox). Hay que señalar que Matteo Salvini –al igual que Josep Lluís Alay, el jefe de la oficina de Carles Puigdemont- también está involucrado en extraños negocios petroleros con Rusia y que la Lega forma parte delmismo grupo que Marine Le Pen y Viktor Orbán en el Parlamento europeo.

El PSd’Az, que es un partido centenario, ha pasado por muchas etapas y liderazgos y se ha definido, según la época, como autonomista, federalista o independentista. Durante décadas mantuvo una sólida alianza con los socialistas y comunistas de Cerdeña, pero, últimamente, ha evolucionado mucho hacia la derecha, en sintonía con el populismo identitario que encarna Matteo Salvini.

Precisamente, por esta concomitancia con la Lega, el PSd’Az fue expulsado el año pasado del grupo de los Verdes/Alianza Libre Europea del Parlamento europeo, del cual era uno de los partidos fundadores. De este grupo forma parte Esquerra Republicana.

Como el PSd’Az, que ha basculado de la izquierda a la derecha, hay algunos movimientos nacionalistas de regiones europeas que han hecho el mismo tránsito. De hecho, el nacionalismo identitario –y más si se proclama secesionista- tiene un encaje imposible en el mainstream que vertebra la Unión Europea –socialistas, democristianos, verdes y liberales- que promueve la profundización del proceso de integración de los estados miembros y la compactación del espacio continental como gran actor geopolítico y geoeconómico internacional, junto a China y los Estados Unidos de América.

Por mucho que proclamen a pleno pulmón su europeismo, actores políticos como Carles Puigdemont son objetivamente unos antieuropeístas y unos títeres que pueden ser fácilmente manipulados por los enemigos del proyecto de construcción de los Estados Unidos de Europa, con el zar ruso, Vladímir Putin, como primer interesado. Por eso, con toda la buena educación que caracteriza el lenguaje comunitario, los nacionalismos identitarios merecen el rechazo y el desprecio de Bruselas. Tampoco ayuda el hecho que algunos de estos partidos y movimientos se pusieran al servicio de los nazis durante la II Guerra Mundial, como fue el caso de una facción del PSd’Az.

¿Quiere decir esto que Cataluña –o Flandes o el País Vasco o Cerdeña- tienen que renunciar y abandonar por siempre jamás su sueño independentista? No necesariamente. Una vez culminado el proceso de estructuración de los Estados Unidos de Europa –con la integración de Noruega, Islandia, Suiza, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Albania, Moldavia, Andorra…- habrá tiempo y oportunidad para debatir y decidir si hace falta que exista Dakota del norte y Dakota del sur, es decir, si tiene sentido fragmentar, en unidades más pequeñas, algunos estados miembros.

Pero este es un horizonte lejano, que hace falta no perder de vista, pero que tampoco hay que precipitar, de hoy para mañana. La Unión Europea tiene ahora entre manos tres retos fundamentales: la continuación del proceso de vertebración, la transición energética en la estrategia de la lucha contra el cambio climático y la recuperación económica después del descalabro de la pandemia.

En este cuadro macro, las obsesiones secesionistas de Carles Puigdemont y de los amigos que ha ido haciendo por Europa en los últimos cuatro años y que piensan como él son extemporáneas y solo se pueden interpretar como ganas de incordiar y de tocar aquello que no suena. Pero lo más preocupante es que en su inconsciencia y falta de visión puedan estar actuando como caballo de Troya de las potencias antieuropeístas, que existen y son muy activas.

Es en este contexto que se produce el aterrizaje, el pasado jueves, de Carles Puigdemont en la isla de Cerdeña, con una aprertada agenda de contactos con los líderes del PSd’Az y otros grupos independentistas locales, dispuesto a excitar y a intensificar la colaboración con el movimiento unilateral que él representa. Las autoridades italianas, a instancias del Tribunal Supremo español, lo detienen en el aeropuerto y, de entrada, le hacen pasar una noche en prisión, antes de dejarlo en libertad sin cargos.

Este próximo 4 de octubre, Carles Puigdemont ha sido convocado por el tribunal de Sassari para examinar su caso. Que tenga cuidado. Tiene que saber que para el Estado italiano se ha convertido en persona non grata, puesto que se dedica a alborotar el gallinero de Cerdeña en un sentido diametralmente opuesto a los intereses de Roma. De momento, el diario La Repubblica, el más influyente de Italia, ya ha explicado, en exclusiva, la presencia del general ruso Serguéi Fedotov –acusado de urdir el envenenamiento del agente doble Serguéi Skripal en Salisbury (Inglaterra)- en Barcelona, en los días previos al referéndum del 1-O.

Deseo, por su bien y el de su familia –que no tiene ninguna culpa-, que todo acabe en nada y que Carles Puigdemont pueda seguir viviendo en Bélgica. De todas formas, hay que advertirle que el deep state italiano, cuando hace falta, es muy contundente y gasta una mala hostia que asusta, eso sí, con clase. Que se lo pregunten a Umberto Bossi, el fundador de la Lega Norte, que pretendía separar la Padania de Italia… y que ha acabado condenado, marginado y olvidado.

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