El Prat 2100

Siempre va bien que, de vez en cuando, aparezca un personaje esperpéntico, alejado de los cánones políticos establecidos, políticamente incorrecto, diciendo tonterías a troche y moche, completamente convencido de lo que proclama. Joan Canadell forma parte de aquella saga de «buenos catalanes» que se atreven con todo sin tener ni idea, obviando las palabras de los expertos. Podríamos decir que es un negacionista, pero tampoco cuadra en un ámbito tan negro, donde todo es un desastre. Él se mueve en un terreno propio, y eso significa apoyar según qué tesis y, si es necesario, la contraria. Típico de los procesistas de Junts, que tienen esta habilidad de moverse en aguas movedizas sin acabar de hundirse totalmente.

El verano ha estado repleto de noticias diversas, pero Joan Canadell la ha clavado con su afirmación (contundente como siempre) de que hay que hacer la ampliación del aeropuerto del Prat porque, según cálculos que él mismo ha hecho, las pistas y todo el recinto quedarán inundados alrededor del 2100 y esto ya es extraordinariamente importante, porque, como dice, la obra quedará amortizada unos años antes.

Es increíble este talante visionario de Canadell, una característica, un don, que lo puede convertir en un gran estadista, si no lo es ya… Pienso que es una apuesta atrevida, pero que traerá, sin duda, importantes inversiones a Barcelona.

Ni él ni yo lo veremos, pero seguro que Canadell (yo no, seguro) dejará el tema atado y bien atado para que sus descendientes, su familia (típico también de la burguesía catalana el hecho de gobernar siempre los mismos), pueda hacer posible el sueño de un tal Canadell, que fue consejero allí hacia el 2021.

Hay que decir que todo ello no es un chiste; hay una firmeza en sus palabras que no deja lugar a dudas de que estaba bien sobrio cuando las dijo. Imagino a Canadell haciendo números de vuelos, de las entradas y salidas de turistas, del dinero que dejan en Cataluña, en definitiva, toda una contabilidad que reafirmaría su decisión.

Como es natural, sus hijos, nietos y biznietos deberían hacerse cargo de llevar las cuentas cuando él faltara, y la tercera generación, tal vez la segunda también, vería, por fin, el aeropuerto convertido en un gran lago.

Ya no sorprende el hecho de darse cuenta de que la inteligencia no es precisamente una característica de esta gente que, en vez de aprovechar las embajadas repartidas por todo el mundo (y que cuestan una pasta) para luchar contra el cambio climático y hacer ver que somos un país de buena ley (lo cual podría ser un escaparate de cara al mundo y ayudar a «internacionalizarnos»), pues no, Canadell es amante de la pela y ya se sabe que la pela es la pela.

Yo, desde mi modestia y siendo consciente de que nunca superaré la capacidad idealista y emprendedora de Canadell, me atrevo a sugerirle que, ya ahora mismo, se pongan las bases para la creación del gran parque natural del Prat. Su destrucción puede revertirse dentro de ochenta años con especies diversas, que ya pueden quedar alojadas en el Zoo de Barcelona o en el Aquàrium. Canadell no ha pensado que el aumento del nivel del mar no se producirá de repente, sino de forma progresiva, pero eso no me preocupa, porque seguro que dispone de asesores bien preparados que le dirán el momento perfecto para la integración de la variada fauna en la zona.

Susana Alonso

El ex presidente de la Cámara de Comercio, incluso podría hacer la buena acción del siglo recuperando los caballitos de mar que agonizan en el Mar Menor y darles una nueva vida en Cataluña, en este espacio del aeropuerto. Es probable que por ser murciano, dicho caballito de mar, es decir, español, le produzca rechazo. Laura Borràs pondrá el grito en el cielo, así como todos sus descendientes. Entonces no tendrá más remedio que ir a parar a la fauna del delta del Ebro que, por aquella época ya no existirá.

Qué suerte tenemos de tipos como Joan Canadell. A veces no somos conscientes, de estas cosas, y no nos damos cuenta de que gracias a estas personas el país funciona. ¿Se lo imaginan? 2100 puede ser el año de Cataluña, con una reserva animal de primer orden, con piscinas de agua salada y la torre de control del aeropuerto convertida en una atalaya para socorristas. El mundo nos mirará.

Gracias, Juan, eres un crack.

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