Chile reconoce la tortura sexual

*Por primera vez desde el fin de la dictadura, Chile recuerda el golpe de Estado de 1973 y a sus víctimas habiendo reconocido que las vejaciones que sufrieron las mujeres violadas por perros o con ratas en los centros de detención de la DINA representan un delito específico que no puede volver a repetirse.

“Si una sociedad sabe que torturó, lo pensará dos veces antes de volver a hacerlo. Si sabe cómo torturó, es probable que abomine de la sola idea de pensarlo”. Es lo que dice el periodista Daniel Hopenhayn, autor del libro Así se torturó en Chile (1973-1990). La obra rescata pasajes del voluminoso Informe Valech que elaboró la Comisión sobre Prisión Política y Tortura entre los años 2003 y 2004 entrevistando a sobrevivientes. Los relatos de las mujeres son especialmente escalofriantes. Electricidad en los genitales, ratas vivas en la vagina y perros amaestrados para cometer violaciones de las que a veces se hacía partícipe a padres o hermanos eran algunas de las prácticas habituales que se cometían en los centros de detención clandestinos de la DINA, la policía secreta de Augusto Pinochet.

Chile recuerda un año más el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 y lo hace por primera vez habiendo reconocido que esta violencia extrema y sofisticada que sufrieron las presas políticas adquirió una modalidad propia y focalizada que se materializó en un delito específico: la tortura sexual. La sentencia, dictada en noviembre pasado, ha servido para sentar jurisprudencia en un terreno en el que no existían hasta ahora condenas específicas. Mario Carroza, el juez responsable, constata en su escrito que este tipo de torturas representaron una forma específica de violencia de género y que, por su naturaleza y gravedad, tendrán en Chile un tipo penal diferente por los daños irreversibles que provocan en las víctimas. La resolución se refiere a seis casos concretos que se produjeron en Venda sexy, un centro especializado en torturas sexuales por el que pasaron 90 personas. Deja, sin embargo, sin sentencia miles y miles de casos que no han llegado nunca a los tribunales. Porque, tal y como constata el Informe Valech, estas prácticas estaban extendidas a todos los centros de detención de la dictadura y todas las prisioneras sufrieron en mayor o menor medida tortura sexual.

En sus 537 páginas, el Informe Valech recoge 3.399 testimonios de mujeres, pero también de niñas y adolescentes de 13, 14 y 15 años, que sufrieron violaciones y agresiones de todo tipo entre 1973 y 1990. También de las que quedaron embarazadas y dieron a luz. En la página 253 es posible leer el testimonio de una mujer detenida en 1974 y que describe varios de los tormentos que aplicaban los agentes de la DINA. “Por violación de los torturadores quedé embarazada y aborté en la cárcel. Sufrí shocks eléctricos, colgamientos, pau de arara, submarinos, simulacros de fusilamiento, quemaduras con cigarros. Me obligaron a tomar drogas, sufrí violación y acoso sexual con perros, la introducción de ratas vivas por la vagina y todo el cuerpo. Me obligaron a tener relaciones sexuales con mi padre y hermano que estaban detenidos. También a ver y escuchar las torturas de mi hermano y padre. Me hicieron el teléfono, me pusieron en la parrilla, me hicieron cortes con yatagán en mi estómago. Sólo tenía 25 años”, dice el testimonio de esta mujer que pasó dos años detenida y cuyo caso nunca ha sido juzgado.

Cuando se publicó el Informe Valech, pero también ahora, la pregunta que nos hacemos los chilenos y las chilenas es cómo fue posible tanto horror en una sociedad que hasta 1973 era una de las más democráticas y pacíficas del continente. También cómo se generó un aparato de represión y violencia de esta envergadura en pocos días y de dónde salieron los verdugos. En la introducción del Informe, el expresidente chileno Ricardo Lagos reconoce que le resulta imposible encontrar una respuesta y plantea también otra interrogante importante: cómo fue posible mantener el silencio y la indiferencia ante estas atrocidades durante tantos años.

Las asociaciones feministas y de defensa de los derechos humanos cuestionan ahora los largos años de impunidad que se han traducido no sólo en consecuencias irreparables en las vidas de las supervivientes sino también en la instalación de la violencia político sexual como práctica permitida y tolerada en tiempos de normalidad institucional. Una violencia que se ha intensificado en el marco del estallido social que vive Chile desde 2019 y en el que se han registrado centenares de denuncias por agresiones cometidas por policías y militares contra manifestantes. Tocamientos, amenazas sexuales, humillaciones, e incluso violaciones no han parado de sucederse en algo que la plataforma chilena Memorias de Rebeldías Feministas interpreta como un reflejo y una consecuencia de la violencia político sexual vivida durante la dictadura y de la impunidad que la amparó y la normalizó.

“La violencia político sexual no es sólo un método para aterrorizar a una persona en particular, la que se está torturando, sino a toda la población, especialmente a las mujeres, lanzando el mensaje de que el cuerpo es un territorio a ocupar y conquistar. Es algo que no tiene que ver con el deseo sexual de alguien sino con el modo de ejercer una soberanía sobre el cuerpo del otro”, dice Svenka Arensburg del Observatorio de la Dirección de Igualdad de Género de la Universidad de Chile.

Este grito de protesta fue recogido el pasado 8 de marzo en el manifiesto ‘Quemar el miedo’ del colectivo feminista chileno Las Tesis (creador del himno ‘Un violador en tu camino’). “Nos roban todo menos la rabia”, decía el texto publicado en forma de libro que denunciaba, entre muchas otras cosas, la violencia político sexual perpetrada por los agentes del Estado: “Tenemos rabia. Rabia ante la invisibilización constante de nuestros abusos. Rabia contra la opresión milenaria. Rabia contra la impunidad histórica. Nuestro testimonio siempre está en tela de juicio, siempre es cuestionable, dudoso, nunca es suficiente. La presunción de inocencia arrasa con nuestra verdad. La impunidad del abuso, de la violación, está normalizada”.

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