La divinidad del algoritmo

Cuando nuestro cerebro empezó a discernir, en los albores de la humanidad, determinados acontecimientos carecían de explicación. La enfermedad o la muerte del ser querido, el fuego, la ocultación del sol por la noche. Imaginamos que debía de existir una causa benéfica para aquello que favorecía y algún culpable para lo que perjudicaba. Descubrimos a Dios y al Diablo, en sus diferentes acepciones.

Después surgió la apropiación privada de bienes públicos. Algunas personas decidieron que una parte de lo común (la tierra, el agua) era solo suyo y, solo ellas, sus allegados y herederos, las podían disfrutar en exclusiva. Los demás lo aceptaron, forzados por la mayor fuerza bruta, o inteligencia, de los apropiadores. Se indujo la creencia de que la soberanía, en el poder y la propiedad atribuida, era otorgada por la gracia de Dios. De la desgracia, la culpa sería del Diablo y de la condición pecadora de los desposeídos. El abuso y la depredación de recursos, que originó la avaricia y la codicia, está acabando con la faz del planeta tal como lo conocemos.

La revolución industrial convirtió al artesano en obrero, al tener que vender el trabajo en vez de vender la producción. Idearon la organización científica, para que dejasen de trabajar lo suficiente para vivir cada vez mejor y pasasen, sin oposición, a trabajar lo máximo para enriquecer más a los dueños de los medios de producción.

La fuerza bruta no basta para que la mayoría acepte trabajar y vivir en la escasez y la penuria mientras otros disfrutan de una vida regalada. Es necesaria la persuasión y la propaganda. La Patria, la Etnia, el Mérito. Los intereses, aspiraciones y expectativas del alma humana hay que manipularlas y redirigirlas. De gran utilidad ha sido la confesión de los pecados. Algunas empresas, para con sus cuadros y mandos intermedios, aún utilizan la evaluación del desempeño.

Ahora, intervenimos voluntaria y gratuitamente en las redes sociales, usamos medios electrónicos de compra-venta y elegimos, en las plataformas de transmisión por tv, series, películas y documentales. Eso nos retrata y clasifica. Listos para ser manipulados y remodelados en función de nuestros deseos, tendencias y preferencias. La presidenta madrileña ha repudiado a quien pone medios, incómodos, para combatir la pandemia, ofrece libertad para disfrutar del botellón que facilita y arrasa en las elecciones.

La vigilancia de personas sospechosas precisa autorización judicial, si vulnera algún derecho. En Internet estamos sometidos a investigación masiva sin permiso judicial. Se acepta mansamente sin darle importancia. Podemos acceder a la información que obtienen, solicitar el borrado y denunciar prácticas abusivas, pero son procedimientos complejos, que casi nadie usa.

Se precisan máquinas electrónicas muy complejas y programas informáticos muy sofisticados, al alcance de pocos, para extraer conocimiento e información utilizable de la inmensidad de datos que suministramos (del adolescente al científico, asociaciones, empresas y corporaciones, públicas y privadas). El gran negocio, junto al financiero, es la compraventa de perfiles. Con el ordenador cuántico las posibilidades serán inauditas.

Los objetivos se alcanzan siempre a través de procesos. Formales e informales. La máxima eficacia y eficiencia precisa asignar competencias a las personas y tareas a las máquinas. Desde Euclides hasta los que guían un artefacto por el espacio interestelar y nos reenvía información, los algoritmos son procesos. Conjunto ordenado de operaciones e instrucciones sucesivas, predeterminadas, que permiten la solución de un problema o realizar una acción, que la tecnología optimiza.

Los robots actúan del modo previsto. Supongamos que a un coche sin conductor le fallan los frenos. Si sigue su trayectoria puede atropellar a una joven blanca embarazada, si gira a la izquierda cae por un barranco y si gira a la derecha arremete contra un pordiosero subsahariano. ¿Qué habrán inscrito en el algoritmo?

El uso de algoritmos logra mejor los objetivos. Decidir cuáles y cambiarlos según conveniencia y oportunidad es función humana. La exaltación del algoritmo y el sometimiento a la inteligencia artificial es la nueva mano invisible del mercado.

Ni en rey, tribuno o algoritmo divino está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor.

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