¿Quosque tandem, Colau?

En 2002 se estrenó L’Auberge espagnol, película que en España recibió el nombre de “Casa de locos” y que alcanzó cierto éxito. El filme no era más que una comedieta amable, intrascendente, que mostraba las aventuras de un grupo de  universitarios europeos que pasa su Erasmus en Barcelona. Y sin embargo, pese a su futilidad, había una escena que resultaba reveladora: el protagonista, un estudiante francés llamado Xavier, camina por Ciutat Vella junto a su amante, una mujer también francesa, pero casada y mayor que él. En un momento dado, ella exclama: “¡Qué olor horrible!”. Y un poco más tarde, tras pasar al lado de un contenedor rebosante de basura y desperdicios, comenta: “Qué lástima que Barcelona sea tan sucia”. “No más que París, creo”, le espeta Xavier. “¿Ah, sí?” -contesta- “muchos rincones aquí parecen ser del Tercer Mundo”.

En 2002 apenas había pasado una década desde esa gigantesca operación político-inmobiliaria llamada Olimpiadas de 1992, que cambió para siempre el destino y la fisonomía de la ciudad. Y pese a esa transformación, una francesa de clase media encontraba a Barcelona “sucia” y  “tercermundista” en muchos de sus rincones. Hoy, veinte años después del estreno de L’Auberge espagnol, aquella dama probablemente tendría que volver a repetir la misma frase. Probablemente tendría que leer artículos como el publicado el pasado 14 de agosto por Adrià Casinos en Economía Digital (“El aeropuerto y su culebrón”) donde, a propósito de la polémica sobre la ampliación de El Prat, afirma: “por supuesto que lo dicho con respecto a la movilidad no tiene nada que ver con lo que está sucediendo en Barcelona, que se ha convertido en el destino de la chusma de beodos de media Europa, gracias a la inoperancia, cuando no tolerancia, de la administración colauista”.Y remata: “conozco muchas ciudades que son destino turístico y en las que no existe un barrio como la Barceloneta, convertido en un infierno para sus habitantes” 

Es posible que entre esos beodos encontráramos a los mismos protagonistas de  L’Auberge espagnol. El debate sobre la degradación de la ciudad, especialmente de su parte antigua, es recurrente, y viene de lejos. Pero sí que es cierto que la gestión de Ada Colau ha favorecido esa degradación “por inoperancia, cuando no tolerancia”, como dice Casinos. Un ejemplo, que no tiene que ver estrictamente con el tema de la suciedad, pero sí con la dejación de funciones: “a mí me exigen que cierre mi negocio por el tema del covid” -me comentaba hace meses, hastiado, el propietario de un bar- “y en cambio, yo, que soy de Gracia, tengo que ver cómo cada noche se reúnen en masa los jóvenes para beber en las plazas del barrio. Llamamos y llamamos a la Guardia Urbana, y ni aparece”.

Tampoco aparece cuando muchos dueños de perro alfombran las calles con los excrementos de su mascota. Ni cuando los patinetes eléctricos zumban por en medio de las aceras, a riesgo de llevarse por delante a algún peatón, pese a que hace tiempo estos vehículos tienen expresamente prohibido circular por ellas. Ni tampoco cuando los coches hacen caso omiso de los pasos de cebra, poniendo en grave peligro al ingenuo que todavía cree que tiene prioridad de paso. Ni, por supuesto, cuando un turista se comporta en la Barceloneta igual que los norteamericanos que cruzan la frontera de México en busca de diversión y alcohol barato.

El problema es de educación, es cierto, pero en tanto la educación no llega, la función coercitiva, sancionadora, de las administraciones es imprescindible. ¿Cómo se explica esta dejación? ¿Hay falta de medios, de voluntad política o de ambos?

Sospecho que, en el fondo, el problema es que existe el temor, por parte del Ayuntamiento, de aparecer con un ente antipático, meramente represor, poco progre. Ada Colau se presenta a las elecciones, como es lógico, para ganarlas, para alcanzar el Poder. Pero el Poder tiene sus servidumbres: significa ser autoridad. Significa mandar, lo cual supone no contentar a todo el mundo. ¿Cómo se conjuga esto con la imagen supuestamente buenista, activista, que la alcaldesa ha fabricado de sí misma? Algunos, en el ejercicio del Poder, se pasan de la raya. Colau simplemente no llega.

El Poder es un animal peligroso, que hay que embridar periódicamente porque sus excesos son siempre terribles. Pero no es menos cierto que, sin una mínima autoridad -legítima y democrática- que haga respetar la Ley, lo que se impone es la ley del más fuerte o, simplemente, del más jeta.Y en ésas estamos: A la deriva, a merced de los prepotentes y los jetas.

¿Quosque tandem, Colau?

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