No, la pandemia no tendrá su Nühremberg

Recientemente se ha estrenado la quinta temporada de The Good Fight, una excelente serie que es como un gran fresco de la Norteamérica de hoy, a través de las historias que suceden en un bufete de abogados afroamericano. Creada por el matrimonio formado por Robert y Michelle King, se nota la mano del inefable Riddley Scott -en funciones de productor ejecutivo-, auténtico Rey Midas capaz de convertir en oro todo producto audiovisual que toca.

Pues bien, en su quinto capítulo se relata cómo durante la pandemia un hospital llega al extremo de aislar a enfermos de coronavirus en una sala sin el más mínimo equipamiento médico (significativamente llamada the pit, o sea, el pozo), a la espera de que se acaben muriendo, sin que sus familiares puedan acompañarles en sus últimos momentos. Como era de esperar, los enfermos son negros y latinos (negros y latinos pobres, claro). Es decir, Estados Unidos ya está haciendo autocrítica -siquiera a nivel de ficción televisiva- de su gestión de la enfermedad, abordando sus puntos más oscuros y escabrosos, aquellos que inevitablemente nos abocan a las partes más sórdidas del alma humana.

En España, sin embargo, estamos en plena euforia vacunal. La cantidad y celeridad de las vacunaciones ocupan gran parte del debate público sobre el coronavirus. No toca ser aguafiestas. Pero a uno, que es un metomentodo, la contemplación de ese capítulo de The Good Fight le provocó una insidiosa sensación de dejà vu. ¿Dónde y cuándo había oído hablar de algo semejante en España? ¿Qué oscuro vínculo unía a nuestro país con el episodio de una serie americana?

Debo a un periodista de El Triangle, Siscu Baiges, el haber encontrado la clave, la conexión. Concretamente a su magnífica entrevista a otro periodista, Manuel Rico (https://diaritreball.cat/manuel-rico-a-les-residencies-van-morir-milers-de-persones-que-no-havien-dhaver-mort/), director de Investigación de Infolibre y autor del monumental trabajo titulado “¡Vergüenza! El escándalo de las Residencias” (Planeta). A lo largo de sus 411 páginas, Rico analiza ese lado oscuro y escabroso de la gestión del coronavirus que fueron las residencias geriátricas. Entre otros temas, el autor denuncia cómo, para evitar el colapso del sistema sanitario en los primeros meses de pandemia, ciertos gobiernos autónomos (sin distinción de ideologías, pues acusa tanto a Díaz Ayuso como a Quim Torra) aplicaron criterios para impedir que los ancianos residentes con síntomas de covid fueran trasladados a los hospitales. Tampoco se intentó  implementar alternativa alguna (medicalización de los geriátricos, derivación a hospitales privados, habilitación de otros espacios, etc.) Simplemente les dejaron morir allí, contagiando y multiplicando la enfermedad, condenados a la peor de las muertes: sin atención médica decente y en soledad, privados por completo de la compañía de sus seres queridos. El Gobierno central, por su parte, no movió un dedo para evitarlo, pese a disponer de los poderes que le otorgaba el estado de alarma.

Esta política inhumana, bestial, provocó la escalofriante cifra oficial de 20.268 muertos en geriátricos durante la primera ola, aunque el autor cree posible que el número real ascienda a más de 35.000. En la segunda ola fallecieron otros 4.000 residentes. Hechos que en su opinión suponen, en el mejor de los casos, “un sistema que permaneció noqueado”. Y en el peor, “la mayor violación de derechos humanos de un colectivo en las últimas siete décadas de la historia de España”.

El caso es horripilante e inmoral, y retrata, en mi opinión, la psicopatía de cierta clase política. Pero también la de toda una sociedad: Como dijo en su día Miguel Ángel Vázquez, presidente de la Sociedade Galega de Xeriatría e Xerontoloxía, “los mayores se mueren y no pasa nada. Si muriesen niños habría caceroladas, la gente saldría a la calle. ¿Por qué no hay protestas?”. Y él mismo se contesta: “Pues porque son mayores y los mayores no importan. Porque esperamos que se mueran. Es duro, pero es así”. Por si fuera poco, Isabel Díaz Ayuso y Quim Torra no sólo no fueron penalizados políticamente por su gestión, sino que tanto la primera como JuntsxCat obtuvieron magníficos resultados en sus respectivas citas electorales.

No, estos crímenes no serán juzgados. No habrá un Nühremberg. Basta con ver al gobierno de Pedro Sánchez, que sigue negándose sistemáticamente a someter su gestión de la pandemia a una auditoría externa independiente. Lo único que importa es vacunarse: la campaña de vacunación va al ritmo previsto, alcanzaremos los objetivos previstos en el tiempo previsto.

¿Y las víctimas? ¡Bah, sólo eran viejos!

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2 comentarios en «No, la pandemia no tendrá su Nühremberg»

  1. No, no tendrá su «Nuremberg», lo está teniendo de hecho.
    Ya han sentado en el banquillo a varios miembros de la ONU y de la OMS, y hay varios procesados.
    Se estima que irán a las rejas bastantes.
    Tiempo al tiempo. 😉

    Pero claro, no sale en TV.

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