El día después, Laporta sigue atrapado en su propia trampa

Ahora mismo, tampoco tiene margen salarial para inscribir los nuevos fichajes de la temporada

El presidente del Barça, Joan Laporta
El presidente del Barça, Joan Laporta

La legión de periodistas que, escribiendo a la carta, se había creído que la renovación de Messi «progresaba adecuadamente» es la misma que continúa utilizando Twitter de la manera más agresiva y convulsa posible para atacar el pasado (sólo de la etapa Bartomeu ). No para recuperar la información histórica que, en ocasiones, puede dar las claves del futuro.

Tres años atrás, Joan Laporta, por ejemplo, afirmaba que «si queremos que Messi siga a gusto en el Barça, tenemos que hacer fuera a Bartomeu inmediatamente», añadiendo #ViaForaBartomeu. No hace tanto, cuando se produjo la baja de Luis Suárez, también aprovechó sus dotes de pitonisa para dejar por escrito su pronóstico: «(…) me hacen sospechar que quieren vender a Messi, lo que sería un error histórico». Claro que encontrar un acierto o un indicio de verdad en el discurso de Laporta, en cualquier momento de su historial barcelonista, como opositor o como presidente, resulta complicado.

La jugada está  más clara cada minuto que pasa. Laporta ha sido víctima de su propia soberbia personal y peligrosa, y de este laberinto en el que ahora se ha metido, acostumbrado como estaba a quemar el dinero fácil que el Barça producía cuando no había pandemia. Sin haber movido un dedo, sin preocuparse realmente de si Messi podría ser inscrito, sin preocuparse de cómo hacerlo, Laporta se puso a dormir creyendo que Javier Tebas se lo arreglaría, o tal vez la Superliga, o que siempre tendría como excusa la herencia financiera, la deuda y esta auditoría que ni aparece, pero que se usa para asustar a todo el mundo amenazando que viene el lobo.

Al final, ha resultado que él ha sido la víctima de esta fiera, de su propia monstruosidad como gestor, inútil no sólo para encajar a Messi -tan fácil como renovarlo antes del 30 de junio-, sino también al resto de los fichajes. Porque hoy, al día siguiente, el Barça está en la misma situación, y el presidente se encuentra atrapado en esta imagen de mentiroso y engaña-vestuarios que le complicará, y mucho, cerrar la plantilla. Con Messi fuera de la ecuación el problema se reduce sólo un pelo. Queda el más fuerte: reducir al menos 120 o 125 millones de euros para poder inscribir a los futbolistas recién llegados.

¿Cómo lo hará? El tiempo es su peor enemigo y la economía que ha descuidado se ha convertido en la red donde ha caído por no hacer caso de los que le dijeron, empezando por la Comisión Gestora, que activara el recurso del Barça Corporate. Una actuación que habría sido suficiente para, al menos, hacer frente a una situación irremediablemente complicada.

Messi puede afirmar, a su manera, que se rebajaba el salario a la mitad, lo que era cierto sólo desde el punto de vista del cobro: ganaría 40 millones en cinco años, jugando sólo dos temporadas. Lo que no dice Messi ni el resto de los jugadores es que, en realidad, el club ha dejado de ingresar más del 40% de lo previsto. Diferir los pagos es una solución para la tesorería, pero no arregla el verdadero problema de fondo, que es pandémico. Bartomeu tenía una plantilla cara, carísima, contra 1.000 millones de ingresos que ahora no pueden materializarse. Un argumento sólido y explicable a los jugadores si el presidente es el primero en ajustarse el cinturón, que ya no da más si -excessos en Botafumeiro-, y no le regala a Neymar más de 20 millones que son del club, defendidos por los servicios jurídicos.

Así no se convence a nadie. Todos los futbolistas a los que Bartomeu aplicó una rebaja del 12% en la temporada 2019-20, sobre todo las vacas sagradas, no se lo han perdonado. En la temporada siguiente, 2020-21 sólo aceptaron cobrar más tarde siempre que lo hicieran con intereses. En estas está el club. Inmóvil y con un presidente desacreditado, glotón y en lo futbolístico servil con Florentino Pérez, que es quien le marca la línea de actuación. Se lo ha dejado muy claro el mismo Javier Tebas en un tuit: «Corrección. Cenamos con Joan Laporta el 14 de julio, se habló y se entregó documentación del tema de CVC a los ejecutivos del FC Barcelona, explicaron el acuerdo alcanzado con Messi … ‘entusiasmo a raudales'».

También había engañado a sus propios ejecutivos y directivos, porque desde el primer momento Florentino le había ordenado que este acuerdo con CVC no era aceptable. Parece evidente que estos mismos derechos que la Liga quiere explotar con un socio inversor están comprometidos y firmados por el Barça y el Real Madrid con la Superliga. Tal es la situación que, este fin de semana, Florentino y el presidente de la Juventus, Andrea Agnelli, han venido a Barcelona a refrescarle la memoria a Joan Laporta, que no es un presidente libre de sus actos. Está atado de pies y manos también porque Florentino hizo posible la pancarta del Bernabéu, preludio del adiós de Messi y de no se sabe cuántas catástrofes más.

Le quedan muy pocos días para actuar, regalar jugadores, rezar para que los clubes amigos se queden unos cuantos futbolistas -con sus fichas- y porque el Kun Agüero no quiera salir corriendo a otro lugar. Lo tiene mal, cada día peor porque entre los suyos -directivos, ejecutivos, pero sobre todos los avaladores- también empieza a correr el pánico y visualizarse una tragedia anunciada.

Si Joan Laporta ya fue un gestor calamitoso cuando no había pandemia y entraba dinero a raudales -llegó a situar en el 77% de los ingresos, un récord absoluto, la masa salarial- es fácil imaginar hasta qué punto, incalculable, puede llegar el destrozo que viene. Ya no servirá el Barça Corporate. Quizás hay que hablar ya del Barça SA. En el club ya se vislumbra como la única solución posible.

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