«En el discurso político es inevitable construir la figura del antagonista»

Entrevista a Joan Burguera

Profesor de comunicación política y vicedecano de la Facultad de Filología y Comunicación de la UB. Lingüista y abogado, desarrolló una tesis doctoral sobre el discurso parlamentario, que es el epicentro de su investigación. Ha publicado, junto a otros especialistas, El relato público. Miradas transversales a la comunicación política (Edicions de la Universitat de Barcelona).


En relación con vuestro libro, ¿Podemos decir política al fenómeno comunicativo?

No se entiende la una sin la otra. La política como actuación, como gestión, como dirección de una colectividad no se entiende sin la explicación de esa dirección, de las propuestas para esa colectividad. Son intrínsecamente inseparables. No desde ahora, sino de antaño. Sobre todo, desde que la comunicación de masas está más o menos asentada, y tomando como referencia EE.UU., que es el punto de atención. Suelo explicar en mis clases la contienda entre Sam Powers y Stevenson, cuando Powers y su equipo generaron una serie de dinámicas en las que lo que era lucha ideológica se somete a unos dictámenes de publicidad, marketing, etc.,  hasta el punto de que, cuatro años después, Stevenson dice que acabar convirtiendo al candidato en un producto similar a un paquete de cereales es la última degradación de la política. De lo que no se da cuenta Stevenson es del cambio de paradigma, en el que política sin comunicación no se entiende. En cualquier caso, comunicación política y comunicación en torno a la política, son dos cosas diferentes.

¿Esto de lo que estamos hablando se ciñe a la política o tiene también que ver con cuestiones como, por ejemplo, la Religión?

Desarrolla parámetros similares a la Religión y, en general, al concepto de poder, entendido como control social. Si nos remontamos a la Antigüedad o la Edad Media, el relato sobre la figura del Monarca era el relato político que prevalecía. Todo ello, sin los medios de masas, sin las herramientas que la evolución tecnológica ha permitido. En torno al Monarca, al Rey absoluto, había un discurso que llegaba hasta el último campesino. Seguramente, éste nunca vería al Rey, pero sabía que era una figura jerárquicamente ubicada en una posición superior, que marcaba una estructura social determinada. El control social y la comunicación del poder no dejan de ser el paraguas de lo que hoy es la comunicación política. Las liturgias, los rituales tienen mucho que ver con esto ¿Qué hacen Putin o Sarkozy montándose a caballo, sino simular escenas propias de antaño, asociadas a líderes históricamente consolidados?  Se trata de una representación iconográfica del poder, de la autoridad.

¿El “Relato”, tan de moda, es resultado entonces del trabajo realizado con estos mimbres, y otros similares?

El Relato no deja de ser un concepto, una macro-categoría difusa, o utilizada muchas veces de manera llana, pero que nos sirve para que, globalmente, podamos entender que en términos políticos y de comunicación política es bueno construir los proyectos, propuestas, alternativas, actuaciones… recuperando estructuras narrativas que el ciudadano tiene ya muy asentadas cognitivamente. ¿Qué es lo primero que le explicas a un niño? Cuentos infantiles, donde aprenderá los conceptos de protagonista y antagonista, la idea de héroe, villano… También miedo, recompensa, objetivos, ciertos valores… En torno a eso, que forma parte de nuestro backgroud construyes propuestas para explicarte el momento. Hoy en día lo vemos claramente. En el relato, en el discurso político, parece casi inevitable construir la figura del antagonista. Se ha pasado, de un modo u otro, de construir la alternativa argumentativa a simplemente construir al adversario. Suelo hablar con mis alumnos sobre el debate que se produjo en la II República en torno al sufragio de las mujeres. Ahí, más allá de las simpatías de cada uno, se ve un sustento argumentativo. Sin embargo, el parlamentarismo actual es “adversor “, porque lo que importa es el garrotazo.

¿En la construcción del enemigo, que tan bien explica Humberto Eco, no resulta llamativo que Donald Trump, el Brexit, la Liga Norte y el nacionalismo catalán coincidan en el “nos roban”, como uno de los ejes significativos de sus discursos?

Volvemos a lo mismo. Es la victimización. Nos roban o nos invaden. Se define un ámbito colectivo, un sujeto social, geográfico…, que está siendo sometido a un ataque, humillación… Se es víctima y en la medida que lo eres, el representante público adquiere esa figura áurea del salvador, mesías… Este tipo de discurso, que está estudiado, permite generar no solo unos relatos en torno a la victimización del colectivo, sino asentar figuras de liderazgo individual. En todos los ejemplos que citas hay, de una manera u otra, un líder, una persona que acaba siendo el “Capitán del Ejército de Salvación”.

¿Cambridge Analytica se dedica a esto y algo más profesionalmente?

Si, correcto. Realiza análisis por procesamiento de datos… Algo que nos remite a un concepto relevante, que es la profesionalización de la comunicación política. Hoy, la política, más allá de disponer de buenos gestores e incluso tecnócratas, requiere equipos humanos de manejo de liderazgos de opinión pública, sondeos, etc. para calibrar decisiones. Y en un mundo digital esos datos se obtienen a través de vías como la explotación de datos. Actualmente, en un buen equipo de comunicación de un partido tendrás a ingenieros de datos, informáticos…, porque se necesita una gestión de bases de datos, con distintas intensidades, claro, según las circunstancias. El adecuar el mensaje al ciudadano de a pie, mandándole un wasap, donde se dice que tu candidato se va a preocupar mucho de lo que a ti te preocupa. Es impresionante y genera una falacia de la interacción. En realidad, no es el candidato quien se preocupa por ti, porque en realidad son dos máquinas, veinte millones de datos y tres informáticos que han conseguido canalizar el mensaje. Da verdadero pánico.

¿Se puede interpretar que la forma de difundir los mensajes puede influir en la naturaleza de este?

La figura del ideólogo (Dominic Cummings, en el Brexit), que se individualiza, pero que opera con los Think tank’s, conforma la fábrica de ideas y recursos. Ahí está construcción de los arquetipos, de las líneas argumentales. Luego viene la forma de trasladarlo, de expandirlo. Ahí, obviamente, entra toda la innovación tecnológica, que exige adaptar el mensaje a los nuevos recursos de comunicación masiva, atemporales, ubicuos, etc. Pero tampoco esto es ninguna novedad. Cuando Kennedy y Nixon se enfrentaron, el debate electoral cara a cara era algo nuevo, y se preparan para afrontarlo. Ya no es la lectura del discurso. Ahora estamos en lo mismo. Instagram no existía hace 15 años, y ahora no hay líder político que no utilice Instagram en los días internacionales de celebración de cualquier cosa, para hacer campañas dirigidas a sectores específicos. Cosa que nos lleva a que se emite contenido constantemente, en campaña permanente. Y si no estás, la ausencia también se calibra.

Todo esto relativiza muchas cosas sacralizadas, como la marca, los principios, la doctrina…

En ocasiones, el rédito electoral no gira necesariamente en torno a la marca, sino a la persona. La “República en marcha” de Macron es algo ex-novo y gana las presidenciales. Y aquí a ver qué sucede. Algunos partidos relativamente recientes se han vertebrado en torno a sus líderes. Veremos si su ausencia permite la pervivencia de la marca. Cae el líder y el partido quizás se diluye. Puede ser el caso de Ciudadanos, que pivotaba en torno a la figura de Albert Rivera. Quizás más que Podemos (está en el Gobierno y eso le ayuda) que está intentando una transición y que ha podido encontrar en Yolanda Díaz un referente de liderazgo alternativo.

¿En cualquier caso, el verdadero pánico estriba más bien en el uso de las nuevas herramientas de comunicación, en los mensajes que por ellas circulan, o en ambos?

El control ejercido por los medios de masas no es nuevo. La gran diferencia puede estar en el carácter global de la comunicación. La imprenta, la radio, la televisión no dejaban de tener un entorno acotado. Ahora es el mundo, la velocidad y, podríamos decir, que hasta la superficialidad ¿Cómo se van a sintetizar elementos de debate de altísima complejidad en unos cuantos caracteres? Así es Twitter, que no deja de ser un foro de grito, de ruido, de vuelco de emociones, donde todo el mundo emite, pero nadie escucha. Tampoco es nueva la “monstruosización” de los contenidos. La política acaba siendo algo emocional e identitario. Pero de ahí a que ciertos discursos calen sí que es preocupante.

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